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domingo, 29 de abril de 2012

Ojos que no ven






En tres oportunidades me fueron infiel o, al menos, esas fueron las veces que pude confirmar el engaño.
Basándome en mi propia historia, podría decir entonces que la infidelidad es circunstancial. Que la traición no es traición hasta que no se descubre.


La infidelidad se puede sospechar, pero las suposiciones no son suficiente argumento como para condenar al infiel si se carece de pruebas. El infiel goza del "beneficio de la duda", aunque parezca injusto (y lo sea).
En algunos casos, convivir con la duda puede ser un escenario amable, de negación asumida y falsa armonía. En otros, puede resultar un pequeño infierno lleno de conjeturas, pesquisas y Rivotril.


Descubrirse traicionado se percibe como un acto de vandalismo. Un quiebre absoluto, el momento que divide nuestra historia de pareja en un antes, pero sin después.
Una muchedumbre de preguntas agolpadas en la garganta, que jamás obtendrán la respuesta que nos gustaría oír.
La incertidumbre y la angustia, atadas a un rosario sin cuentas que no nos permite volver a creer en la santísima trinidad de la confianza, el respeto y el amor.


Y la encrucijada.
El dilema entre el perdón y el castigo.
El primero, con la tácita posibilidad de que resulte un acto egoísta, basado en la propia falta de capacidad para sobrellevar un distanciamiento digno y la posterior soledad; o el argumento que justifique con liviandad que una debilidad del cuerpo no es lo mismo que una traición desde el alma. 
O la opción del castigo, arrastrándonos a la condena de un olvido forzado, cargando un manojo de dudas.




Ojos que no ven, corazón que no siente, parece ser una benévola posibilidad para evitar la estocada.
El ciego difícilmente se cuestione el azul del mar o cuán oscura sea la noche. Quien elija vivir en la ceguera, tampoco tendrá que atravesar por el largo camino de la decepción, los reproches y el recuento de los días perdidos en una relación sin futuro.




Descubrir una infidelidad es casi una pequeña muerte donde se estrellan los colores, desaparecen las esquinas y agoniza la presunta felicidad.
Es la pena envuelta sobre los hombros.
El barro en la suela del zapato.
La basura amontonada debajo de la alfombra.
El par de comillas encerrando al amor en una frase sin contexto, y la excusa impuesta que obligue a empezar otra vez.

viernes, 7 de enero de 2011

Sin muertos en el placard




Hay personas que parecen no ocultar ninguna mancha en su historial.
Exentas de pasado, o carentes de memoria, que jamás tuvieron que sacudirse una pelusa de la solapa.

Sin pecado concebidas. Inmaculadas.

Yo conozco gente así.
Les encanta poner el mejor gesto de asombro cuando les cuento mis últimos intentos fallidos en el amor y les insinúo que la tendencia del "mercado" está en baja.
Parecen desconocer el idioma. Sus miradas sugieren la necesidad de un traductor simultáneo que les pase en limpio la realidad de los que andamos solos.

Y no les estoy diciendo (ni a ellos, ni a ustedes) que esté difícil conseguir un pellizco de algo parecido a un flechazo adolescente o una noche de idilio que se evapore y se haga nube al llegar la noche.
Les estoy diciendo que lo complejo no es el amor sino las partes activas del encuentro. Lograr que la oxitocina perdure y que transmute. Que las vivencias, las pretensiones y los apetitos de uno, coincidan con los del otro. Que mi carencia encastre con su sobrante. Que entre los dos podamos improvisar las ganas de un intento más allá del resultado.


Ellos están felizmente en-parejados.
Casados, de novios, enredados con alguien.
No se acuerdan qué hubo antes y son incapaces de imaginar un después solitario.
Se convierten en pequeños monstruos traidores de sus orígenes que ahora disfrutan de los beneficios del barrio cerrado en que los confinó la relación. Fuera del territorio de su nidito de amor no hay solteros, ni corazones escurridos. Sólo hay más como ellos.
Se transforman en seres insensibles a una realidad distinta. En algo parecido al ex fumador que se desarma en señas para pedir que le alejen el humo que antes disfrutó que lo enviciara.
El romance los dejó sordos y ciegos, pero no mudos. Dicen que "estoy cerrada", blindada a conocer el hombre de mis sueños (que sin duda se habrá dormido en el primer motel que encontró disponible), que tengo que "estar atenta al próximo tren" (que a esta altura debe venir con gente colgada del estribo como el Sarmiento en hora pico). Me tildan de inflexible si descarto a un potencial candidato que omitió llamarme durante tres semanas, y de complicada, cuando es sabido que piensan que soy jodida.


Me rendí ante los ejemplares de esta índole, sin muertos en el placard ni piedritas en los zapatos. Me limito a contemplar anestesiada el mundo de hipnosis en el que viven y a pasarle el plumero a la osamenta que cuelga entre mis perchas.


Y Dios no permita que algún día se vuelvan a parar en esta vereda.

martes, 16 de noviembre de 2010

Despedidas y encuentros


Nunca me gustaron las despedidas. Me incomodan, me corroen. Me obligan a pensar en el tiempo de ausencia que seguirá a ese abrazo o a ese adiós.
Detesto tener que asimilar una pérdida, acostumbrarme a que quien estaba en mi vida ya no está, o al menos no de la misma manera.
Adoro las presencias, la cotidianeidad de los vínculos, su mutación, su crecimiento paulatino y la transformación que nos genera en nuestro propio ser a través del tiempo.
Cada persona que pasó por mi vida dejó su marca. Algunas casi imperceptibles. Otras sin convertirse en inolvidables. Pero algunas me marcaron con su tinta indeleble y me regalaron el disfrute de evocarlas en formato de postal en blanco y negro en esas pausas que me regala el día.


Definitivamente, me sientan mejor los encuentros.
Ese pase mágico que hace la vida para ponernos frente a alguien nuevo, con todo por descubrir.
Una posibilidad de inventar una historia distinta, breve o duradera, intensa o con liviandad, pero que antes no existía en nuestro espacio.

Los encuentros, esos pequeños hallazgos de personas con la capacidad de conmovernos, de hacernos más felices, de moldear lo que éramos hasta ese momento, son pequeños milagros que viajan hasta nuestra ventana desde ese lugar sin nombre en el que se almacenan las concesiones que la vida nos tiene preparadas.

Hay una ofrenda que espera ser entregada sobre el felpudo de mi puerta.
Tengo la posibilidad de ver a mi amiga que vive en Italia. De pasear juntas, de reírnos en vivo y no a través de un ícono del chat.
Para eso necesito la colaboración de ustedes. Porque eso va a ser posible si votan a mi amiga en el concurso de Ilolay para repatriar a alguien que queremos. Falta poco, y mañana es el día en que cada voto vale por diez si subimos una foto con un pote de dulce de leche de la marca o con un dibujito del envase. ¡Ni hace falta comprarlo!

Para que no tengan que perder tiempo, les propongo que si no quieren subir la foto, me las envíen a mi correo: solteriaanunciada@gmail.com y yo me ocupo. Pueden sacarse 50 si quieren, que serán bienvenidas.

Los que quieran hacerlo directamente, pueden entrar a http://www.repatrialo.com/ y poner en el buscador STRANO (que es el apellido de mi amiga) y ahí votar.
Mañana es el día en que se permiten subir las fotos, y estamos a 14 puestos de lograr la meta.

A cambio, entre aquellos de Capital que colaboren con su foto y que me avisen, voy a sortear dos entradas para el teatro para este viernes.


Estoy segura que como ustedes también prefieren los encuentros antes que los adioses, me van a dar una mano.




Casualmente, la obra se llama Despedida. Esas paradojas de la vida...
Es sobre una despedida de soltera, muy divertida, así que les garantizo un buen momento.

Los resultados del sorteo, acá mismo el jueves.


¡Gracias!














viernes, 16 de julio de 2010

Cita a ciegas



Bastó que hiciera públicas mis ganas de mantenerme soltera, para que mis amigas del alma se pusieran en campaña...¿Campaña para qué? Para conseguirme un novio, o algo así.

Supongo que como ellas ya se casaron, se descasaron y se volvieron a casar (algunas), creen que esto de encajar con alguien a los treinta y pico es tarea fácil.Se niegan a imaginarme como la tía solterona del grupo, haciendo trámites de adopción pasados los 50 o en la fila de un banco de semen antes de que el reloj biológico se detenga.
Así fue que empezaron a caer mails a mi casilla bajo el asunto: "Candidato", o bien, mensajes en mi contestador del estilo: - Llamame, es urgente, Juan tiene un amigo para presentarte que no se te puede escapar.


Al principio lo dudé. ¿Por qué costaba entender que estuviera bien así, "solterita y sin apuro"?
¿Qué las hacía pensar que el tipo perfecto que yo no había sido capaz de encontrar en 36 años de vida podían encontrarlo ellas con sólo revolver la agenda de sus maridos?
Estuve a punto de decir no y pensar un plan para solteras para el fin de semana, pero al final dije que sí, sólo a una.

- Está bien, salgamos.

- Ay, ¡genial! Gustavo te va a encantar.

- No creo, pero bueno...

- Si, es muy lindo...rubio...

- No me gustan los rubios, nunca me gustaron.

- Dale, che, que te conocí uno rubión rubión.

- Uno solo, y yo tenía 16 años.

- Vas a ver que te va a gustar. Es bohemio.

- ¿Dejado, querés decir?

- No, bohemio....hmm....artista.

- Ah, artista es otra cosa. ¿Es actor? ¿Pintor?

- Escribe, me pareció que te iba a gustar ese dato.

- Si, hasta ahora es lo más interesante que tiene. ¿Es divertido?

- No sé...

- ...

- Pero hay algo que te va a atraer...


Acá vino la parte más jugosa de la descripción del pobre Gustavo. Me imaginé que iba a decir que era un tipo inteligente, dueño de una personalidad avasallante, atractivo, ultra simpático...pero no, parece que Gustavo tenía una cualidad mucho mejor.


- Es enamoradizo- dijo

- ¿Patológico?

- ¡No!...(pausa)...bah, no sé, dice que siempre se enamora y que lo terminan haciendo pelota.

- Primera coincidencia.

- Claro, por eso.

- ¿Claro?

- Bueno, es una forma de decir. Gustavo dice que está cansado de estar a la espera de un mensajito, de que las minas den vuelta, que está harto del "ni".

- ¿Qué edad tiene?

- Treinta y siete. Vive con los padres...

- ¿Qué? ¿Todavía?

- No, hace poco. Después de que dejara de convivir con una se volvió a la casa de los viejos porque se sentía menos solo.

- Ay, Dios...

- Mirá que ya arreglé para el domingo, eh.

- Y bueh, andá avisándole que yo no busco nada, pero nada de nada. Decile que ronco de noche, que tengo los pies fríos en invierno y transpirados en verano. Inventale que además soy sonámbula, que tengo un tic en un ojo y que si me río mucho me hago pis encima, sin importar en qué lugar esté...

- No seas tarada, ya le dije que sos divina y que no entiendo como todavía estás sola.

- Se nota que sos mi amiga, tonta.

- Claro, tonta.


El domingo vamos los cuatro a tomar el té (?) a la casa de mi amiga.
El pronóstico anuncia lluvias y un frío espantoso que me darán más ganas de quedarme en casa viendo una película que de compartir una pastafrola con Gustavo.
Pero dije que sí, que iba.
El lunes les cuento como me fue.




lunes, 12 de julio de 2010

Hablemos de amor



Hablemos de amor. De lo inexplicablemente difícil que es el amor.

Parece lejano el tiempo en que creía que encontrar a alguien compatible era tarea fácil. Ese lapso de la adolescencia en que podía salir de un noviazgo y meterme en otro con total comodidad.
Hoy ya hace seis años que no pronuncio la palabra novio, ni pareja, ni cualquier sinónimo de relación estable. Parece demasiado... y tal vez lo sea, aunque setenta y dos meses de ausencia de un cómplice para la vida cotidiana dejaron su enseñanza.

Hoy creo que la soledad está subestimada. Cuando visualizo las miles de veces en que me sentí al borde de perder la cordura ante la mínima sospecha de que una relación iba camino a oxidarse, o esos cientos de momentos en que malgasté energías frente a un teléfono que no sonaba, o esos instantes en que puse pausa a mi vida para colocarme en el umbral de la espera de una señal de un otro que no quería dármela ( o no podía, o no debía, o...), ahí me dejo caer plácidamente en el bienestar que me provoca estar sola.

Sola, me adueño de mis horas y las reparto entre las cosas que me hacen feliz sin rendir cuentas a nadie.
Sola, voy y vengo sin llevar activo un GPS para que puedan localizarme y reclamarme que regrese.
Sola, atiendo el teléfono cuando quiero. Me visto como quiero, como si tengo hambre, duermo si tengo sueño.

Claro que tampoco me engaño... De vez en cuando me gustaría que él se recostara sobre mis rodillas a mirar televisión, que me regalara un poema arrancado de un libro de Girondo o un paseo por una calle desierta donde nada pudiera distraernos.
Pero esos "de vez en cuando" son pocos. Supongo que se volvieron más aislados desde la última vez que pensé que era capaz de enamorarme otra vez... Sospecho, entonces, que esta serenidad de hoy te la debo a vos, aunque aún no sea capaz de agradecerte tus silencios. Confirmo, entonces, que esta soledad de uno es mucho mejor que esa soledad de a dos a la que me hubiera sometido involuntariamente si me hubieras llamado, si te hubiera visto, si nos hubiéramos mirado a los ojos, si ...


Hablemos de amor, de ese amor que nos cuesta tanto. De ese amor que estamos cansados de mendigar y que hoy queremos merecer.
Hablemos de los miedos que nos paralizan frente a la posibilidad de que algo bueno nos suceda, de que la felicidad nos explote en las manos como una granada, de que un otro quiera pensarnos bien, querernos bien, cuidarnos bien.

Mientras eso no llega, y las caricias me esquivan, y las noches de a dos las postergo para algún verano, digo a viva voz, entusiasmada, que esto de estar conmigo y a salvo de tus promesas incumplidas...es una bendición divina.

viernes, 30 de abril de 2010

Mi gran amor

Desde que supe que existías tu recuerdo acapara mi mente a cada hora. Se hace más intenso al atardecer, cuando acomodo el escritorio y apago las luces de la oficina contando los minutos que faltan para verte. Se vuelve insoportable en verano, cuando el calor del ambiente me hace imaginar tu rubia desnudez.

Creo el clima justo. Preparo la escena con los accesorios que me permitan deleitarme con vos... Apenas abro la puerta, y sin que medien las palabras, te entregás a mí por completo. Yo me brindo entera a tu presencia, olvidándome del mundo y de lo larga que ha sido la espera...

Vuelvo a sentirme tu única dueña, aunque no lo sea...

Agradezco tu eterno silencio y que me permitas disfrutarte sorbo a sorbo sin cuestionamientos.

Me deleito con la transpiración de tu contorno antes de llegar a tu misterio, al secreto inigualable que encierra el sabor de tus besos.

Brindo extasiada por el mágico encuentro y me embriago como un loca enamorada. Quiero más... aunque sepa que por el momento es suficiente.

Una vez concluida nuestra cita, comienzo a inventar nuevas excusas para tenerte cerca. Planeo una reunión en casa o algún encuentro casual con amigos en común. Cualquier pretexto es bueno.

Cuando nos volvemos a ver, aprovecho para contarte lo difícil que se me hace sobrevivir a tu ausencia. Las vueltas que doy por la casa en busca de tu rastro, abriendo armarios y alacenas con la esperanza de hallarte. Hurgando en escondites secretos que sólo vos y yo conocemos.

Una vez más, volvés a irte. Te convertís en el fugaz recuerdo de un feliz momento.

Y yo me duermo añorando otro poco de vos.

Un vaso más de tu incomparable cerveza.




Tanto tiempo de llevarla a cuestas a todas las fiestas, de enfriarla como ella se merece, de cortar la lima con dedicación, ...meritaba que le dedicara un post.

¡Salú!




Corona poker night del 16 de abril

domingo, 11 de abril de 2010

Contradicción


Haceme reír, que hoy justo amanecí con ganas de llorar.
Me di cuenta cuando miré la taza de café y repentinamente me encontré cebando unos mates.
Eso fue antes de que soñara un rato despierta con viajar a la montaña en el invierno. Sentada junto al fuego de un hogar encendido, en una cabaña con cristales empañados y sillones mullidos.
Un frío helado se coló por debajo de mi camisa y volé a refugiarme junto al mar. Me salpiqué con el agua que rozaba la orilla, me até el pelo en una trenza y me dejé caer sobre la arena con la cara al sol y el alma al cielo.


Ese fue antes de que me sentara a escribirte una carta en la que te confesaba: " tengo tantas ganas de verte que prefiero no hacerlo".
Como era demasiado confuso lo que tenía para decirte, tomé una hoja en blanco y así, sin firmarla siquiera, la metí dentro de un sobre con un cartel que decía urgente para que al recibirla te apuraras a contestarme.

Eso fue antes de que me ubicara junto a la puerta a esperar tu respuesta.
Aproveché el tiempo para recordar tus gestos. La promesa que no hubo, lo que quise decir y me callé, lo que compré de lo que tenías para darme sin que estuviera a la venta.
Como la hora pasaba y tu carta no volvía, junté ganas de andar sola para sentirme nuevamente acompañada.
Al rato, ya no sabía qué era lo que esperaba...

Eso fue antes de que me acordara que es peligroso que me gustes tanto.
Y fue justo en el segundo anterior a que me olvidara que prometí no volver a enamorarme para estar a salvo.


Claro que eso fue después, mucho después, de que le rezara a la luna pidiéndole que me olvidaras.
Y antes, mucho antes, de que cruzara los dedos con la esperanza de que no me hubiera escuchado.



miércoles, 7 de abril de 2010

Pecado original



Hermosa Eva:

Sé que estás molesta conmigo porque desarmé tu mueble minimalista para usar la madera en el armado de la canoa.
Cuando te pregunté si podía usarla me dijiste que sí y por eso la tomé. Jamás me hubiera imaginado que ese fuera uno de tus rebuscados métodos para comprobar si respeto tus espacios y si conozco esos SI que en realidad encierran un NO.
De paso aprovecho para disculparme por olvidar nuestro aniversario (creo que eso es lo que más te hizo enojar). A modo de perdón te diseñé un trench con las hojas de la higuera porque se viene el invierno y no quiero que sigas andando en taparrabo.
Por último, quiero decirte que más allá de nuestras pequeñas diferencias, me di cuenta que no es lo mismo el Edén sumergido en este enorme silencio al que me condenaste con tu enojo. Extraño tu presencia y ese perfume tan especial que tiene tu piel.
Tal vez lo merezco por escatimar palabras de amor cuando estamos juntos y por no decirte lo mucho que me gustás cada vez que lo siento. Pero para que sepas,volvería a donar mi costilla ( y cualquier otra parte de mi cuerpo que fuera necesaria), con tal de tenerte siempre a mi lado.
Espero que me perdones y que entiendas que mis reacciones no son por falta de amor, sino porque soy un simple hombre que a veces carece de tacto.
Te quiere.

Adán.




Mi adorado Adán:

Ya leí cientos de veces tu carta hasta dejarla ajada. Desmenucé cada palabra que escribiste y creo que he llegado a creerte. Voy a perdonarte lo del mueble siempre y cuando me lleves a pasear en la canoa. También dejaré pasar tu olvido en cuanto a nuestro aniversario si me dejás ponerle de nombre Caín a nuestro primer hijo, aunque no te convenza demasiado.
Se que yo también tengo motivos para pedirte disculpas. Lamento no ser capaz de entender que tus silencios a veces no tienen que ver conmigo y que sólo son reflejo de un momento de reflexión con vos mismo. Sabés que tengo la manía de encontrarle a todo una razón lógica y es por eso que siempre pienso que detrás de una actitud tuya se encierra un sentido oculto que no te animás a confesarme. Por eso es que a veces llego a molestarte con tantas preguntas, inclusive (y sobre todo), en ese momento en que pretendés quedarte dormido después de hacer el amor.
Supongo que no puedo ir contra mis genes femeninos y que ( y eso es lo que más me preocupa), estaré dejando un peligroso antecedente para las generaciones de mujeres que sigan por culpa de mi inseguridad y de mis miedos.
Para que hagamos las paces decidí prepararte una ensalada con vegetales frescos que recién coseché y un rico jugo de maracuyá. De postre hay compota de manzana recién robada de un hermoso árbol que descubrí hoy a la mañana mientras vos dormías.
Te adora.

Eva

pd: Me encantó el trench. ¿Podrías hacerme un par de botas que combinen?
pd2: Mientras leí tu carta descubrí porqué a este lugar lo llaman paraíso. Es simplemente porque vos estás en él.
pd3: ¿No será este el pecado original? Digo...¿esto de quererte tanto?







martes, 23 de febrero de 2010

Amor de bajo consumo

Estoy rodeada de amores fallidos.
Amigas que se inyectan paciencia para esperar el llamado del que prometió volver a verlas. Que lustran el recuerdo de esa cara que hace tiempo que no ven para conservar al menos el registro de esos gestos que las conquistaron. Amigas que se deshidratan en lágrimas frente a un silencio que agiganta sus propias soledades.

Cada vez que me intoxico con desencuentros ajenos me cuesta purificar nuevamente mi fe.
Quiero creer en un amor sin aditivos ni conservantes. Que no sea bajas calorías ni que se preocupe por cuidar mi colesterol.
Un amor que no invierta en el envase y descuide el contenido. Que no me venda promociones los martes y que me deje sola los domingos.

Pero sólo veo castillos de arena junto a la orilla que el mar arrastra en un descuido. Y como ya perdimos la palita y el balde en otras playas, y nos cuesta juntar otra vez las ganas de construir sobre un terreno que no trae garantías de ser azotado por un maremoto, nos vamos silbando bajito, a refugiarnos en nuestra bolsa de dormir. Solas, mirando las estrellas que nunca estuvieron tan ávidas de ser vistas de a dos.

No quiero amores ecológicos ni cosechados en una huerta orgánica.
Ni amores tan verdes como crudos.
Ni amores tan livianos como plásticos.

No quiero amores reciclables que vengan envueltos en tela de arpillera.
Ni amores de bajo consumo que controlen el uso de energía.

En pleno avance en materia de recursos, yo quiero retroceder. Volver el tiempo al momento en que mi idea del amor era más simple, menos rebuscada. En que no existía sexo delivery, ni tachangou, ni amigos con derecho más que a ser amigos.
Rebobinar hasta ese ayer en que desconocía que el encuentro entre un hombre y una mujer era una materia tan difícil.




Dedicado a FC. Fuente de inspiración ;)





martes, 9 de febrero de 2010

Una imagen vale más que mil palabras


Imaginen que abren la puerta del dormitorio y encuentran a su pareja en ropa interior junto a alguien del sexo opuesto.
Listo, ¿lo imaginaron?¿Se ubicaron en el contexto de la situación?
Bien, ahora piensen que una catarata de explicaciones inconexas inundan sus oídos. No es lo que creés, dejame que te explique y bla bla blá.
¿Podrían considerar la opción de que lo que estuvieran viendo en realidad significara otra cosa? ¿Cabría la remota posibilidad de que la escena que tiene todas las características de ser una infidelidad en realidad se tratara de una mala interpretación de ustedes?
Supongo que la respuesta sería un NO rotundo. Dicen que si mueve la cola, ladra y tiene cuatro patas, lo más probable es que sea perro, ¿no?

A eso me refiero con el título de la entrada. Hay imágenes, escenas, situaciones, que no requieren de subtitulado ni explicación. Mucho menos de excusas. Simplemente sobran.


Hace un par de años, en uno de los pocos paseos que compartí con mi papá y su nueva mujer, tuvo el desatino de contarme algo perteneciente a su mundo privado.
Veníamos recordando los años que no habíamos compartido, poniéndonos al tanto de anécdotas y momentos del pasado, cuando dijo, buscando complicidad:

- ¿Te cuento algo que le hice a Leticia?

Leticia es su ex mujer, aquella por la que dejó a mi mamá y con la que tuvo a sus otros tres hijos que serían mis ¿casi hermanos?

- Contame - le dije a la espera de alguna anécdota graciosa, divertida, como las tantas que almacena mi papá en el baúl de la memoria.


- El día que tu hermana estaba por nacer yo estaba de joda en un cabarulo. Me terminé yendo a un "hotel" con una mina de ahí y me olvidé por completo del parto. A la madrugada me llamaron desde la clínica para avisarme que ya había nacido y que era una nena hermosa.
Caí a las doce horas escondido detrás de un enorme ramo de flores que Leticia se ocupó de revolear por la habitación mientras me insultaba de arriba a abajo.

Se río.

Se volvió a reír como si contara algo realmente divertido. Creo que se habrá quedado a la espera de alguna carcajada de mi parte que nunca llegó. Quizás hasta esperaba una ovación de pie.
En su lugar recibió la total desaprobación de mi parte.

- No entiendo como podés reírte de tan patético comportamiento. En realidad no debería sorprenderme nada de vos. Sos capaz de eso y de cosas peores, sin duda.



Ese momento, ese relato que él atesoraba como el recuerdo de su juventud pirata, fue una bisagra en nuestra relación. No había excusa ni atenuante que lo hiciera ver menos monstruoso.
No pude menos que pensar que si eso había hecho con Leticia, otro tanto le había tocado a mi mamá, y sentí una desilusión indeleble que perdura hasta el día de hoy y que por eso la cuento, para sentirme un poco más liviana.


Si mueve la cola, ladra y tiene cuatro patas, es un perro.

Si puede reírse de aquello que debería darle vergüenza, es un mal tipo.

Esa es mi teoría.




Y hablando de mentiras, si quieren leer algo un poco más divertido sobre el tema pueden pasar por acá y ver lo último que escribí.
¡Buena semana para todos!

domingo, 17 de enero de 2010

De madera



Nunca fui buena para los deportes.
En el colegio tuve que recurrir a un certificado médico que me librara de la tortura de las horas de gimnasia. Lo mío era recortar papel glacé o hacer germinaciones con porotos en un frasco.Nada de pedirme que tome envión para intentar que mi cuerpo quede cabeza abajo perpendicular a la pared, ni que tuerza mis extremidades en forma de arco del triunfo sobre el piso.¡ Por favor! Alguien que me explique qué sentido tiene el salto en largo o la medialuna que no sea de manteca.
Reconozco que así y todo le ponía garra cuando se trataba de algún deporte. El voley me gustaba pero eran muchas más mis limitaciones que mis cualidades. Así que a la hora del saque me enfrentaba al abucheo de mi equipo cuando la pelota, luego de hacer un breve recorrido, caía en nuestra cancha. La cosa no mejoraba cuando me tocaba bloquear. Carente de reflejos, era incapaz de estirar mi brazo para evitar que la pelota cayera en nuestro terreno y sólo me salvaba de los insultos si el tiro iba lejos o se levantaba un viento huracanado que arrastrara la red hasta la platea.

Así fue que me anoté en el club, con la esperanza de que un profesor pudiera tallar la madera de la que estaba hecha. Me inscribí en hockey y duré hasta que me cansé de vivir con moretones. Probé con pelota al cesto y, aunque no era tan mala como en el resto, el aburrimiento me ganó al cuarto mes y me volqué a las danzas. Jazz, rítmica, clásica...ninguna me convencía.

Ni hablar de la natación que bien merece un párrafo aparte.
A los cinco años, en unas vacaciones en Mar del Plata, mi papá tuvo la gran idea de llevarme a los toboganes de agua con tanta mala suerte que en una de las curvas me separé del cuerpo de mi viejo, dejándolo atrás a él y a la salvadora colchoneta para terminar dando vueltas sola, como Nemo en medio del océano, hasta hundirme en la profundidad de la pileta. Me sacaron violeta y escupiendo agua como una manguera.

A los 18 años, cuando mi fobia al agua estaba totalmente declarada, me fui de vacaciones a Villa Gesell con amigas. ¡Dale, vamos al mar, no seas tonta! Y allá fui, dejando en la orilla las ojotas y la poca consciencia que se tiene en la adolescencia, a meterme en el mar como si fuera la bañadera de casa.
Dos horas más tarde, cuando quisimos regresar, la parte que antes era baja había adquirido la altura de dos Blondas y entré en pánico. El miedo hace que hagamos cosas ridículamente ridículas. Con tal de mantener mi cabeza fuera del agua me aferré con tanta fuerza a mi pobre amiga que la vi manotear las olas desesperada por intentar decirme algo:¡Soltame que me ahogo!
El dilema era que si la soltaba me ahogaba yo, así que la ahogaba un poquito a ella y otro poquito yo hasta que de pronto, un hombre bronceado, de traje de baño pequeñito y con toda la pinta de ser el bañero me sostuvo entre sus brazos y me depositó como una bolsa de papas en la parte en que podía hacer pie. Fue cuando vi a la gente amontonada en la orilla y reconocí al resto de mis amigas descompuestas de la risa.
Fue la última vez que pisé Gesell y la última que intenté hacerme la Esther Williams.

Sin duda mi aptitud no está en los deportes ni en las actividades de riesgo.
Me hubiera gustado nacer hombre para poder jugar al fútbol, eso sí. Pero como nací mujer me contento con ir a la cancha cada vez que alguien me invita o con ver los partidos por la tele. Por eso este 2010 para mí viene con yapa. Después de cuatro años de espera, vuelve otra vez la gloria de un mundial. Un mes para ver fútbol todo el día.Para hablar de fútbol, para comer fútbol, para respirar fútbol.

No seré buena en los deportes pero resulté ser una gran hincha. Sobre todo cuando aliento a mi equipo desde el sillón de casa, en pantuflas y con una cerveza en la mano.







Hablando de fútbol, los dejo con un video de Ronaldo que me llegó al trabajo el viernes y que me hizo recordar lo poquito que falta para el Mundial =)

lunes, 4 de enero de 2010

Enojada con el mundo


La llegada del 2010 me puso los pelos de punta.
Mi primer domingo del año me la pasé tejiendo planes para los doce meses venideros y analizando el presente. El resultado fue un gusto amargo y un enojo que me acompaña, adherido a mi espíritu como un cardo en la alpargata.


Creo que las películas que consumí el fin de semana (acompañadas de latas de cerveza al mejor estilo Homero), fueron en parte culpables de mi desazón.
La primera, Los peregrinos, cuenta la historia de tres hermanos que después de años sin verse deben realizar juntos una peregrinación larguísima si desean cobrar la herencia que les dejó su difunta madre. A partir de ese camino que transitan juntos, descubren que a veces es necesario tomarse un respiro en medio de la rutina y dejarse llevar por un viento nuevo que pueda mostrarles un lado más interesante de la vida. Ajá, un respiro, un viento nuevo. Sigamos.

La otra, Bienvenidos al Norte, es una comedia francesa que relata el traslado del director de una oficina de correos a la zona norte de Francia. El pueblo al que lo asignan es una suerte de castigo por haber querido trampear al sistema con tal de lograr un pase a las costas del sur y, por consiguiente, predispone de mal modo al protagonista en el inicio de su mudanza. La moraleja es que una vez instalado en la pequeña ciudad se enamorará perdidamente de sus calles y de su gente, sin ganas de regresar a su vida anterior el día en que vence su contrato. Ajá, veamos...un cambio de vida, un pueblito de cuento lleno de gente valiosa. Justo lo que me recetó el médico. Buen punto, veamos qué más me deparaba el video club.

La última ( y la mejor) , The visitor, cuenta la vida gris de un viudo, profesor de medio pelo, escritor frustrado, pianista sin talento, que debe viajar unos días a Nueva York para dar una conferencia. En esa breve visita conoce a tres personas que lo alejan poco a poco de la mediocridad habitual y le devuelven sentido a su vida. Pucha, esta película me sacudió. Ya no es sólo el hecho de tomar un respiro o cambiar de vida sino el de volver a conectarse con el más profundo deseo. ¡Basta para mi!



Y acá está entonces mi vida, con ganas de encontrar ese pasadizo secreto que me conecte con lo que quiero antes de que ocupe una cama en un geriátrico. Tratando de entender, casi con miedo, que así de rápido como pasaron treinta y seis pueden pasar otros tantos años y de repente me toque contemplar los créditos finales de la película de mi vida.

Por eso me enojé.
Porque quería acercarme a lo espiritual, a lo creativo, a todo aquello que viniera de la imaginación, y me tocó sentarme en medio de la frivolidad más repulsiva, donde tiene precio un envase bonito aunque por dentro esté seco y vacío.
Porque trabajo entre cuarenta y cinco y sesenta horas semanales (eso sin sumar las que tengo que atender el celular en plena mesa navideña, en la butaca del cine o en la fila del supermercado el día sábado porque mi jefe "se olvidó" de avisarme que anotara que el lunes tiene clase con su personal trainner o , el martes, turno con la masajista.)
Me enojo cuando me doy cuenta que sigo cobrando en negro, que no tengo obra social y que como el director de la compañía está de vacaciones lo "más probable" es que cobremos el día 12, fecha paa la cual me habrán dejado siete u ocho mensajes los de la compañía de cable.

Me lleno de furia cuando me doy cuenta que para pagar las cuentas, hacer las compras del mes o para pensar en ahorrar un peso que me permita tomarme vacaciones en el 2016 , tengo que aceptar mi propio inconformismo, amoldarme a la insípida cotidianeidad en la que me sumerjo día a día, y aguantar, aguantar...

Quiero gritar como una loca cuando veo, leo o escucho gente obsecuente, intolerante o llena de maldad.
( Y más quiero gritar si a eso se le suma que una compañera de trabajo llega a la oficina con sus dos hijos y "los enchufa" a ver dibujitos animados JUSTO al lado de mi escritorio mientras dice sonriente: ¿No te molesta, no?)


La verdad es que me gustaría patear el escritorio, dejar la luz encendida y salir corriendo. Agarrar lo poco que tengo y subirme al primer avión cuyo destino sea un lugar que pueda sorprenderme. Reclinar la butaca y respirar hondo mientras planeo dejarme llevar por lo que late y no por lo que se impone.

Y en esa ciudad cualquiera, impregnarme de vida, de aconteceres, de sensaciones que me atraviesen y que ya no me esquiven.


...




Creo que lo mejor va a ser que suspenda por unos días el consumo de DVD´s y me dedique a poner al día el trabajo que se acumuló por culpa de las Fiestas.





Nota final: Mientras escribo este post, sentada en la oficina, algo que parece un temblor sacude cada dos o tres minutos mi escritorio y parece fracturar el piso de madera en dos enormes pedazos. Se llama Julián y no es el nuevo nombre de un Tsunami sino el del hijo menor de mi compañera en un recorrido a velocidad crucero por todas las instalaciones del departamento.
Juro que me debato entre el frasco de Alplax y los métodos de tortura del siglo XV.
Ambos para la criatura, claro.

martes, 22 de septiembre de 2009

Con una flor en el ojal



Llegó la primavera.
Tiempo de ir despidiéndonos de los abrigos hasta el próximo año y de dejar al descubierto los hombros blancos y los cuerpos saturados de calorías acumuladas durante la época invernal.

Hora de soltarse el pelo y salir al encuentro de ese amor que prometió nacer en Octubre.
Parados en una esquina, deshojando una margarita, esperaremos que el romance se ocupe de reconocernos y que no le importe nuestra palidez ni los pies cansados de tanto transitar estaciones acumulando desengaños.

Cuando el reloj marque el final de nuestra tolerancia y una nueva hoja del almanaque pase veloz por nuestro costado, renovaremos la ilusión llegando enero y su sol de verano.
Culparemos al mar por no habernos regalado una compañía para la noches de calor y porque no podremos estrenar el vestido que compramos para arrancarle suspiros a ese desconocido que de tanto imaginar ya conocemos.

Cuántas primaveras y veranos pasamos enhebrando ilusiones y descosiendo fracasos.
Cuántos amores habrán quedado debajo de un jacarandá apenas florecido y se habrán congelado con la escarcha de julio sin que pudiéramos darnos cuenta.


Saltamos de querer en querer, dejando atrás una hilera de nombres con gusto a recuerdo, reemplazando al ideal por el posible, al infalible por el más humano.
Aprendemos a menguar la ansiedad y a convencernos de que todavía podemos enamorarnos.
Que no hay dos sin tres, ni veinte sin veintiuno. Que en algún lado está, preguntándose si demoraremos mucho en maquillarnos y salir a su encuentro, esperando en una esquina de la vida, con una flor en el ojal.


Ojalá sea en primavera.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Cara de libro




Sigo sin entender al "cara de libro", feisbuc para los amigos.
Maldita creación para algunos, bendición para otros a los que les permitió reencontrarse con el amiguito de cuando era boy scout o descubrir que el ex novio está soltero otra vez y anda a la pesca.

Todo lo que se cruce por nuestra cabeza ya tiene un grupo creado al que uno puede adherirse como socio vitalicio con solo hacer un click: "Amamos caminar por la vereda de la sombra", "Nos gustan los petisos", "Mi celular se quedó sin batería" u "Odio tener que depilarme", son algunos de los millones de clanes a los que uno puede pertenecer.

Ni hablar de los que abusan de la función que nos regala el avance de la tecnología y que se la pasan actualizando el estado desde su celular para comentarnos el minuto a minuto de su vida al mejor estilo "Gran Hermano": "Mi jefe no llegó así que me voy a fumar un pucho", " Está por llover", "Me cayeron mal las milanesas", " Me voy corriendo al supermercado y de ahí a pilates".
Con una mano en el corazón, ¿a quién le importa lo que está haciendo una persona a la que tal vez solo conocemos por la foto que puso en el perfil? Ah, claro, es que son "amigos", porque parece que la amistad de feisbuc es una amistad distinta a la que estamos acostumbrados. Ser amigo en el cara de libro es poner un "me gusta" a cada cosa que el otro dijo o hizo y después salir a robarle contactos para sumar a los propios y tener más amigos que Roberto Carlos.

Pero si hay algo que me pone loca es ver la cantidad de tests ideados por cualquiera con veinte minutos de ocio en su vida, llenos de faltas de ortografía, que preguntan desde el color preferido hasta con qué arma serías capaz de matar a un delincuente, para entregar como resultado que tu vocación oculta es la Ingeniería Agrónoma.

Si alguien anda necesitando saber que opinan Susana Gimenez, Sócrates o Ernesto Sábato, no tienen más que fijarse en la aplicación correspondiente que ellos enseguida les dirán una frase oportuna para cada momento de la vida (?).

A la hora de saber el futuro, nada de ir a consultar a una tarotista o tirarse las runas. Para qué si existe feisbuc. Con solo abrir una empanada, una galletita de la fortuna o la bola adivinadora, nuestro porvenir quedará en evidencia ante nuestros ojos y el de todos los contactos que gustosos leerán: "Dejá de comer que se acerca el verano" o " Sólo te busca para usarte, gil".

¿Quieren saber que raza de perro serían, qué heroína de comic hubieran sido o qué parte de la vaca es la que mejor se identifica con ustedes? ¡Feisbuc!
¿Les interesa plantar naranjos y radichetas en una huerta, manejar un restaurante o alimentar y vestir a una mascota como el antiguo Tamagotchi? ¡Feisbuc!

Es lindo poder subir un video, una imagen que nos gusta y queremos compartirla o simplemente hablar con amigos, ¿pero hay necesidad de mandar setenta y dos mates virtuales, veinte bolas de nieve y cuarenta y tres daiquiris?

Antes, cuando conocíamos a alguien, le pedíamos el teléfono particular. Después fue el tiempo del ICQ y el celular hasta que llegó el Messenger y su fastidioso zumbido. Ahora la primera pregunta es ¿tenés feisbuc?, para salir corriendo a revisar las fotos subidas y curiosear quien le escribe en el muro y quien no.


Supongo que la privacidad, en los tiempos modernos, se habrá ido al arcón de los recuerdos junto con las cartas de puño y letra llenas de estampillas...








sábado, 22 de agosto de 2009

Googleame








¿Había vida antes de Google?

Si alguien me pregunta por una receta o una película de la que no recuerdo el nombre salgo a tipear en el recuadro de búsqueda de Google.
¿A dónde se puede ir? Google. ¿Llueve en Malasia? Google. ¿Cómo salió el partido? Google.

Pero San Google tiene otras virtudes aún más importantes que se aprecian el día que uno quiere localizar a una persona.
Así fue que una tarde me encontré usando al rey de los buscadores para rastrear a mi primer novio con la simple intención de curiosear un poco.

Escribí su nombre: Mariano A., y un mundo de posibilidades se desplegaron en mi monitor.

Había demasiados Mariano A. en la lista, pero sólo algunos de ellos tenían Facebook, así que los fui agregando a mi cuenta con la intención de descubrir si detrás de ese nombre común se encontraba el rubiecito de hace veinte años.


A los primeros cinco los agregué con mi cuenta real, y al resto, de mi cuenta como Blonda o de una cuenta mucho más vieja que no uso.

Empezaron a aceptarme y fui comprobando que ninguno era el que yo buscaba.
Hasta que uno me envió un mensaje: ¿Nos conocemos?

Ahí arremetí, con la esperanza de encontrarlo: ¿Vos sos Mariano A. de Tandil?

Su respuesta: No, lo lamento, soy de Paternal.

Pero se ve que hice mal los cálculos y a este pobre Mariano de Paternal le dupliqué la invitación desde mi cuenta como Blonda. Así que al día siguiente me volvió a llegar un mensaje: ¿te conozco?

Ahí salió mi pregunta programada: ¿Sos Mariano A. de Tandil? y su posterior respuesta confirmando que era de Paternal y que no conocía Tandil ni por fotos.

Ya perdida con las idas y vueltas de contactos del mismo nombre, volví a agregarlo desde mi cuenta más vieja.
Días más tarde, llegó otro mensaje de su parte en el que preguntaba sin mucha diplomacia: ¿Quién sos?

Por supuesto, mi pregunta: ¿Sos Mariano A. de Tandil?

A lo que me respondió:

- No, soy Mariano A. de Paternal, pero te juro que muero por saber qué tendrá ese hijo de puta que se llama como yo... ¡ porque lo están buscando todas las minas!


¡Pobre Mariano de Paternal! Debe pasar horas pensando cual es el secreto que esconde su tocayo mientras yo me sigo riendo.




jueves, 20 de agosto de 2009

Pintada



Hoy iba sentada en el colectivo cuando, por voluntad de un semáforo eterno, me tocó contemplar el paisaje del barrio.
Frente a mis ojos, una casa, normal, donde posiblemente viva un laburante con su esposa y sus hijos. Un tipo cualquiera que quizás se levante a las siete de la mañana para llegar puntual al trabajo (que no le gusta demasiado), sólo para que no le descuenten el presentismo. Que dirá que sí a los pedidos de su jefe mientras cuente hasta cien para no escupirle un insulto y presentar la renuncia. Que tomará litros de café para mantenerse despierto hasta las seis de la tarde. Que tal vez coma de un tupper lo que sobró de la noche anterior y se prive de la gaseosa para ahorrar unos pesos que le permitan llevar de paseo a sus chicos el domingo. Que vuelva apretado, y agotado, a su casa después de diez horas de trabajo.

Que cuando esté llegando a la puerta, vea lo mismo que yo desde el colectivo.
Su pared, que era blanca en la mañana, ahora lleva una leyenda que dice ¡Qué linda pared!, escrita en aerosol verde y tamaño extra grande.


A vos te digo. A vos, con alma de artista, de acuarelista frustrado, que cree que puede usar de lienzo la pared de un pobre tipo. A vos, que te pensás que tener un aerosol en la mano te da derecho a desparramar tu estrechez mental por la vida ajena. A vos, que sos un mal bicho.

A vos te pregunto: ¿ Qué tal si tomo un cincel y grabo en tu frente una frase que diga: qué flor de idiota que soy?





A veces me da urticaria la maldad de la gente.


domingo, 2 de agosto de 2009

Yo a tu edad...



A dos meses de cumplir los treinta y seis es hora de que haga una dolorosa confesión: Me convertí en adulto.

No me di cuenta el día en que suprimí del placard las minifaldas evitando convertirme en la Cris Morena de los blogs, ni cuando me encontré leyendo con curiosidad el prospecto de una crema anti- age hecha a base de baba de caracol.
Tampoco fue el sábado en que preferí dejarme puestas las pantuflas , pedir un cuarto de helado, poner una película y exclamar convencida:¡qué sábado de locos!
Ni siquiera fue el día en que descubrí que los quinceañeros me cedían el paso al subir al colectivo mencionando la frase letal: "Pase, Señora". SE-ÑO-RA, ¿se entiende? Del latín: mayor, más anciano.

Yo me di cuenta que había entrado al mundo adulto hace un par de semanas, cuando tomé consciencia de que yo también traía el chip incorporado que se ocupa de alertar a los adolescentes bajo el lema: Yo a tu edad...
Parece que el microchip viene incrustado en el retículo endoplásmico y que se activa el mismo día en que se dispara el colesterol.
Desde que el mío se encendió funciona como una mezcla entre el más avanzado GPS y un predicador dispuesto a divulgar las virtudes de la juventud entre los menores de veinticinco.

Cada vez que alguna lectora me consulta por mail sobre el "chico que le gusta" o me pide que le indique como hacer para olvidarse de un candidato de turno que le rompió el corazón, comienzo a redactar mi respuesta con el detestado yo a tu edad.

Estoy segura que odiarán, como yo en una época, tener que leer esas cuatro palabritas. Sé también que no serán indiferentes a la sugerencia aunque no tengan ni la más remota idea de lo que los "grandes" queremos decir con esa frase.

Lo que me gustaría advertirles es que en la adolescencia se llora por amores de los que más adelante no recordaremos ni su forma de caminar, ni el por qué del adiós.
Que quizás se frustren al elegir una carrera porque con el tiempo descubran que eso no era lo que pretendía el espíritu.
Que habrá veces en que deban parar, dar tres pasos hacia atrás y volver a empezar.
Que se sentirán decepcionados el día que perciban que la rutina no tiene luz tenue y música a todo volumen, sino un pared blanca a la que se aprende a ver de distintos colores cada mañana.
Que la gente se esmera más en parecer que en ser.
Que lo que de joven parece posible, de grande se asemeja más a lo improbable.
Que aquello que se entiende por belleza puede mutar hasta resumirse en un solo gesto. Una carcajada y una conversación inteligente enamoran más que un metro noventa en envase torneado.
Que se sobrevive al desamor.


Resumiendo:

- Pongan en una mochila un mapa, una cámara de fotos, poca ropa y unas zapatillas cómodas y salgan sin rumbo por el mundo. En el camino conozcan tantos lugares como gente y guárdenlos en la CPU de la memoria bajo el archivo que agrupa los momentos que no tienen vencimiento.

- Bailen aunque no haya música.

- No se alejen de las amistades por culpa de un novio de turno.

- Abracen sin control, sobre todo a padres y abuelos.

- No dejen que un silencio los torture el día de mañana. Si tienen algo para decir, sólo díganlo. Los silencios que hubiéramos querido llenar con palabras que callamos con el tiempo duelen tanto como una uña encarnada.

- Sean claros al establecer sus restricciones con la gente que conozcan porque los límites que no sean capaces de trazar hoy, serán las exigencias que no podrán tener con ellos en el futuro.

- Amen sin desarmarse para que más tarde no tengan que juntar de la alfombra los pedazos de autoestima que extraviaron en el camino.


Por si no se entiende:

Suban a ese avión, corran el colectivo y, aunque sea, vayan colgados del último vagón del tren, pero no se queden quietos pensando que hay tiempo, porque el futuro camina mucho más rápido que nosotros.


Anoten la aventura en una libretita que quepa en un bolsillo. En diez o quince años, cuando les salga la primera cana, tendrán buenos argumentos para comenzar a envejecer tranquilos.

Y lo vivido sonará tan lindo como el bonus track de un buen disco.





Dedicado a Flor, Barbie, Guada, Andrea, Meli, Marian, Vero y Gi (entre otras).
Y a Vir, por tomar prestada la intención que encierra su frase que tanto me gustó.

jueves, 23 de julio de 2009

¿Qué me habrá querido decir?



Ayer hablaba con una amiga a la que su touch-and-go de turno le pidió un tiempo, según él, para ver si la extrañaba. El diálogo más o menos fue este:

AC (Amiga conjeturadora)
- Me dijo que quiere estar un poquito solo.

Yo
- ¿Cómo sería "un poquito"? ¿No te dijo?

AC
- No. Sólo me dijo que él me llamaba.

Yo
- ¿Y vos qué le dijiste?

AC
- Que bueno, que estaba bien. Si él necesita tiempo no me voy a oponer.

Yo
- Ajá

AC
- Pero anoche no me aguanté y le mandé un mensajito de texto.

Yo
- ¿Y para qué? ¿No era que entendías su necesidad?

AC
- Si, la entiendo de a ratos. Lo que pasa es que cuando me olvido empiezo a conjeturar.

Yo
- ¿Y qué conjeturás?

AC
- Que tal vez me lo dice a propósito, para ponerme a prueba, comprobar mi grado de tolerancia, ver si me importa o no lo que me dice. Qué se yo, tantas cosas pensé...

Yo
- No deberías tratar de pensar con su cabeza. Cada vez que lo hice me fue para el piiiiiii. Si te dijo una cosa, ¿por qué pensar que oculta otra que no dijo?



Y en eso me quedé meditando, en la manía que tenemos (al menos las mujeres) de conjeturar, de crear supuestos de lo más inciertos sobre una infinita cantidad de posibilidades que ocupan la mente del otro.

Un desgaste sin sentido que nos envuelve en un círculo vicioso que hace que caigamos en nuestra propia trampa y que, después de un rato de tener la mente llena de hipótesis, terminemos por seleccionar una que nos devuelve un semblante relajado y que nos mantiene a la espera de confirmar la teoría.


Ilusas enceguecidas y completamente sordas. Empecinadas en escuchar lo que queremos, como si el esmero en distorsionar lo que oímos nos sirviera de Raid exterminador de frases indeseadas.

Si el otro dice necesito un tiempo, está claro que no está disfrutando de nuestra compañía. Detrás de esa excusa pueden venir agregados que redundan la idea:" tengo mucho trabajo, no me alcanzan las horas, quiero retomar algunas cosas que dejé de lado desde que nos vemos...", y que son el disparador de ese motorcito mental que hilvana supuestos que no amortizan el golpe, sino que nos conducen a una estrepitosa caída.

¡Abramos la trompa de Eustaquio, por favor! Si había dejado de reunirse con los amigos de Tai Chi Chuan para jugar a la casita robada y ahora quiere volver a hacerlo, si prefiere quedarse después de hora en el trabajo hablando con la gente de maestranza o con el fumigador, o si se queja de que no le alcanza el tiempo porque se anotó como colaborador en una fundación que prohibe la matanza de bichos bolita, por más conjetura que hagamos nos llevaremos del primero al último puesto en el podio de las ingenuas.

¿No sería más fácil extirparnos la conducta negadora y entender que el que dice blanco no quiso decir negro o beige?
¿O realmente nos creemos que por camuflar la verdad va a dejar de existir?


Como dice el Nano Serrat : Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio.


Y sí, la verdad duele, pero su dolor es mucho más honesto que el de un engaño sostenido. ¿O no?















sábado, 18 de julio de 2009

¿Dijo Bypass?



Ante la nada, decidí presentarme a la segunda entrevista con la esperanza de que esa mala impresión del primer día se evaporara ante una interesante propuesta o una remuneración tentadora.

Los seleccionados habíamos sido quince, según dijo el pelado de aspecto robusto que se presentó enfundado en un traje que pedía ser reemplazado por un talle más. En la sala donde todos nos habíamos acomodado en sendos pupitres éramos sólo siete. Ocho ya habían quedado en el camino.

Me recliné en el asiento dispuesta a escuchar la charla que ya llevaba treinta y cinco minutos de demora. Bla, bla, blá y más bla, bla, blá. No decía nada ni de horario, ni de tarea concreta y muchísimo menos de remuneración.

A la hora, un posible compañero que estaba sentado al fondo, interrumpió la monotonía:

- Disculpame flaco, nos hicieron venir ayer, nos hacen venir hoy, llevás una hora de discursito y todavía no decís nada de cuánto vamos a cobrar. Esto es una falta de respeto.

Y se armó el tole tole.

Discutieron un rato, esgrimiendo palabras ofensivas y motivos que justificaran el alboroto, hasta que el pelado se declaró victorioso cuando terminó por echar a su interlocutor.

En un clima poco agradable, continuó hablando sin decir nada interesante. Lo importante, lo que a todos nos preocupaba, lo dirían al día siguiente...¡ sí señor!, en nuevo episodio de la interruptus entrevistus.


Al otro día, amanecí con una espina clavada entre los ojos : Vas a gastar la suela de las botas , chupar frío y perder un par de horas de tu vida al divino botón.
Pero no escuché a mi vocecita interior y me fui.

Misma sala, mismos bancos, ¿mismos compañeros? No. De los siete del día anterior, ahora éramos sólo tres. Mala señal - me dije- te hubieras quedado jugando al solitario o contando granos de arroz sintonizando una radio AM.

Ojalá. Cualquier plan hubiera sido más atractivo que escuchar al supervisor de la empresa. Un flacucho altanero que deglutía todas las "s" de su discurso y que cada tanto decía ¿ Me siguen...man? Realmente me asombraba que alguien que no fuera Paolo el rockero todavía pronunciara semejante palabra.

Y siguió, en su banquete de eses y con su porte de sabelotodo, enumerando con orgullo su experiencia con "los más grandes chantas del mercado", según su propia expresión.

A esa altura, yo sólo me imaginaba en la comodidad de mi casa, surfeando en las páginas de las consultoras, con una enorme taza de café con leche en la mano, y maldecía no haberle hecho caso a mi sexto sentido.

Ahí fue cuando dijo anoten y enumeró una infinita lista de productos a vender: líneas de telefonía fija, conexión a internet, teléfonos celulares, abonos de todos los colores, cámaras y hasta computadoras financiadas por Telefónica de Argentina.

Cuando empezó con la parte técnica y la descripción del cableado que cruza en la zona de Adrogué, bostecé y lo interrumpí:

- Disculpame, nos dijeron que duraba dos horitas la charla y ya van casi tres. ¿Podrías decirnos las condiciones de contratación y las ventajas de trabajar para ustedes?

La respuesta fue breve, sobre todo, porque no había ventajas para mencionar.
No trabajás, no cobrás. No hay aguinaldo porque no hay sueldo básico ni viáticos, pero eso sí, hay ART.

Como no tenía previsto romperme una pierna en el cablerío de Adrogué, entendí que seguir ahí sentada era una completa pérdida de tiempo.

- Disculpame, nos habían dicho que la charla duraba dos horas hoy y que seguía el lunes...

Raudo y veloz, entendiendo el mensaje, nos dijo:

- Vayan, vayan. Hacemos un bypass hasta el lunes.


Impasse, nabo - pensé - cuando volvía apretujada en el vagón del subte, pero feliz de estar cada vez más cerca de mi casa.







Como verán, hubo cambio de look. La Blonda que decora la cabecera ya no anda de prestado por mi blog. Ésta fue registrada para evitar inconvenientes y su autora es una gran diseñadora a quien conozco desde el colegio. Pueden ver algunos trabajos de ella en: www.fermonte.blogspot.com


miércoles, 15 de julio de 2009

Tratame bien




Hay un sólo motivo que logra mantenerme sin pestañear frente al televisor: el unitario Tratame bien.
Es una joyita de las que no abundan, donde el talentosísimo Julio Chavez le da vida a José, un armenio obsesivo, malhumorado e intolerante, pero de gran corazón, que trata de salvar del derrumbe su matrimonio con Sofía, interpretado por una genial Cecilia Roth.

La historia es una montaña rusa de emociones que tiene como eje del conflicto una crisis de pareja que, a partir de ahí, en una suerte de efecto dominó, comienza a revelar conflictos que estaban ocultos y mentiras silenciadas.

A medida que avanza la historia van saliendo los trapitos al sol. Infidelidades, amantes que demandan, madres ausentes, hijos a la deriva y sesiones de terapia en las que los protagonistas intentan acomodar los pedazos sueltos de sus vidas, ante el reclamo que da nombre a la miniserie: Tratame bien.

Es evidente que si padres e hijos, marido y esposa, hermanos y socios, se hubieran tratado bien, el conflicto hubiera sido menor o hasta quizás podría haberse evitado.

Pero José hace que trascienda la necesidad de ser respetado fuera del núcleo familiar y la lleva a todos los ámbitos: el taxista desfachatado, el vecino crítico, el vendedor deshonesto y el entrevistador que lo interroga para ver si es apto para la búsqueda laboral a la que se presenta.
Por supuesto que, con el carácter de José, no tarda en llegar el reclamo de una mínima cortesía ante ese interlocutor que ofrece un módico sueldo por diez horas de trabajo y que encima se da el lujo de ningunearlo.

Como yo no soy José, hoy soporté estoica una entrevista de trabajo que podría calificarse de olvidable.

Ayer me llamaron para avisarme, con bastante desgano, que me presentara a las diez de la mañana de hoy, para una entrevista para ejecutiva de cuenta de Telefónica de Argentina.
Genial - pensé - empieza a resucitar el mercado laboral.
Y me fui, soportando la mutilación de mis pies en sendos tacos altos y esquivando maletines en el subte, hasta la dirección que me habían dado.

Cuando la recepcionista me abrió la puerta, lo primero que noté es que no había espacio para que yo pudiera ingresar a esa habitación de cuatro metros cuadrados. O la recepcionista se sentaba, o yo permanecía afuera, o dinamitábamos la puerta de acceso.

Al grito de permiso, permiso, y tratando que mi curriculum no se arrugara, logré pertenecer a ese grupo de postulantes encimados como sardinas, y llegué a añorar con toda mi alma la incomodidad del subte, en esa hora veinte que demoraron en llamarme por mi apellido.

Mientras entre todos nos peleábamos por un poco de óxigeno, cogoteando sobre la cabeza del compañero, la entrevistadora, que iba y venía llamándo a la próxima víctima, se atrevío a decir:
- Disculpen que no haya lugar para que esperen cómodos, pero agradezcan que pueden llegar a conseguir trabajo.

Pensé en apuntar directo hacia su nuca, revolearle mi stiletto negro, y con suerte dejarla inconsciente para que aprendiera la lección, pero rápidamente volvió a su madriguera para continuar con las entrevistas.

Miré a mi costado: gente de todas las edades, variedad de vestimentas, aros en alguna nariz o mochilas fluorescentes en lugar de cartera. Raro -pensé - surtida convocatoria.

Llegó mi turno, cuando ya no sabía en que pierna apoyarme o que canción tararear internamente como para amenizar la espera.

Pasá por acá, sentate, sí, me siento, ¿trajiste el curriculum?, acá está, averaver, bueno, es un puesto para ejecutiva de cuenta de Telefónica, ajá, porque está por lanzar una gama de productos nuevos para los comerciantes, ajá, si te interesa tendrías que venir mañana a las diez para que te cuenten en detalle como es el trabajo y te muestren los productos, ¿te interesa?, mirá, me interesaría saber en qué rangos anda la remuneración, ah, esomañanachiquita, claro, me imaginaba, pero al menos me podrás decir si el contrato es con Telefónica ¿no?, no, primero es con una cooperativa de trabajo, y después con nosotros, somos una empresa seria, no de esas que levantan los muebles y desaparecen(?), ¿venís mañana o no?, y bueno...


Salí queriendo patear tachitos por Lavalle, con ganas de llamar al 0-800-entrevistasdignas y de levantar una queja ante el EVES (Ente de víctimas de esta sociedad).

Pero caminé hasta la entrada del subte, recordando a José y su entrevista de trabajo en la ficción, y sentí que no era la única, ni la última. Que por desgracia, ésta era una escena más, de las tantas que se repiten a diario fuera de la ficción.

Cuando bajaba, una viejita de esas que ya no tienen edad, pedía una moneda con una lata que temblequeaba al ritmo de su pulso. Muerta de frío, apenas abrigada y con un gesto de desolación encarnado en su cara agrietada. Le dejé una moneda a cambio de un gracias que resonó en mis oídos durante el viaje de regreso.

Y si estaba mal, me sentí peor.
Hasta agradecí a Dios y todo, por no ser ella, ni aquel, ni ese otro.
Es que de verdad, hay gente para la que ser tratada bien, es sólo una ilusión.