
Hace mucho conté sobre la primera (¿ y única?) vez que me enamoré. Fue hace exactamente dieciocho años. Un amor adolescente, cargado de inocencia, siempre alimentado por el impulso que prevalecía por sobre la razón y empañado hacia el final por un desencuentro inevitable propio de la inmadurez de la edad.
Desde el último adiós certero cargué en el alma una valija llena de sus promesas de eternidad que fui paseando por los altibajos de la vida y escondiendo de vez en cuando bajo la cama para tratar de continuar sin equipaje.
Pero cada canción tuvo las notas de su voz y en todas las miradas encontré siempre el verde interminable de sus ojos. Toda relación fallida era una señal del destino. Todo agosto era un aniversario en la distancia. Todos los mares traían el olor de aquél verano.
Cada momento de pausa fue una excusa para recordarlo y cada te amo una razón para intentar olvidarlo. Pero todos los adioses me devolvieron a la puerta de su casa en una espera.
Lo busqué durante 3650 días aún sin saber que lo buscaba.
Anoche, ordenando esas cajas que uno guarda sabiendo que no deben tirarse pero que tampoco deben abrirse, el pasado salió del interior como un muñeco con resortes y se diseminó por el piso del living. Cartas, fotos, cinco letras apuradas en una servilleta, dos boletos y un envoltorio de chocolate intactos a la erosión del olvido.
Tuve la opción de sonreír con un dejo de nostalgia y devolver la caja a su lugar ( y mi vida a su rumbo). Pero en vez de resignarme a esa cruel convivencia con la duda me senté y escribí su nombre en la computadora, sabiendo de antemano que encontrarlo entre miles sería nuevamente imposible.
Pero me equivoqué.Su foto en el monitor me robó las reacciones y me acercó por un instante a la muerte. Quise saber todo en un segundo, dónde estaba, cómo y con quién. Junté coraje y le escribí. Cuando apreté "enviar" sentí como se abrían los cerrojos del alma, como volaban por el aire los fragmentos de historia guardados en esa valija imaginaria y como, sin quererlo, germinaba en medio del pecho una pequeña esperanza.
Hoy amanecí con su respuesta: " claro que me acuerdo de vos, si hasta tus cartas sobrevivieron a miles de mudanzas..."
¿Pero cómo saber si mi amor también sobrevivió? ¿Cómo transformar quince renglones en un diagnóstico acertado? ¿Quién traduce los puntos y las comas al idioma que erradica la ilusión y que me devuelve a mi andar cotidiano en el que convivo sin el fantasma de su nombre?
La alegría que me causaron sus mensajes duró apenas unas horas.
El paisaje soleado del hallazgo se convirtió ahora en el desierto más solitario en el que comparto la cama con el enojo que me produce el haberlo buscado.
Y me preguntó por qué, si ya sabía de memoria como era esto. Si era sabido que su amor se había encarnado el mismo día que dejé de verlo, como los grandes amores, que son proporcionalmente inolvidables como lo son de imposibles y que por eso duelen y se inscriben en la historia de lo que nunca será, como si ese fuera el requisito indispensable que deben cumplir para seguir viviendo.
Yo sabía lo que podía hacerse con el amor de la vida merodeando por algún lugar incierto, sin noción de sus pasos ni de su rutina.
¿ Pero qué se hace con el amor de la vida cuando se lo vuelve a encontrar?

















