
El otro día hablaba sobre el amor propio y el ajeno
acá.Hoy entendí, después de una intensa sesión de terapia, que parte de ese amarse empieza en el acto de perdonar-se.
El perdón es algo que, por lo complicado que resulta, debería ser un ejercicio cotidiano.
No basta con ser indulgentes frente a una equivocación del momento, sino que requiere de la incorporación de un concepto un tanto más abarcativo y que es el aceptar que podemos equivocarnos una y mil veces, y que eso no nos convierte en una escoria.
El asunto no termina ahí, sino que además, debemos ser capaces de hacernos cargo de esos equívocos sin darle lugar a que aparezca la culpa.
La culpa es la peor enemiga, es la aliada de la represalia, la que nos murmura al oído que por eso tenemos lo que tenemos, logramos lo que logramos, y no más.
El transitar la culpa nos lleva a lugares inhóspitos, a instancias de autocastigo y reproche, a enfrentarnos a una balanza en la que pesa bastante más el
yo quise haber sido, que el
yo soy.
Lo que
yo soy hoy dista bastante de lo que hubiera pretendido ser.
En el camino, tomé por atajos que me alejaron, consciente o inconscientemente, de mi objetivo.
En ese trayecto, seguramente me aparté de las pretensiones que muchos tenían para conmigo.
Y sin duda, eso me genera culpa, rabia y enojo.
Pero no puedo volver el tiempo atrás, ni empezar de cero. No puedo rebobinar mi vida como un video clip, ni puedo recomenzar como si nada hubiera existido.
Lo único posible es aceptarme. Y eso requiere de una gran valentía...
Y acá estoy, intentando remontar el barrilete del que cuelgan tres kilos de plomo, mientras improviso un acto de contrición con mi pasado y con mis desatinadas decisiones.
En este mismo acto, aprovecho para perdonar a quienes demandaron (y demandan) de mí, más que lo que puedo dar, o ser. A quienes no valoran el esfuerzo desmesurado que representan para mí ciertos intentos, y a quienes el peso de esto que soy les resulta una carga tan explosiva que prefieren dejarme abandonada en una esquina. ( Y eso que tal vez se pierdan de descubrir que la explosión no era más que una mágica función de fuegos artificiales).
Perdonarse es el primer paso de esa interminable escalera que nos conduce a otras instancias de la vida. Para llegar a amar, hay que primero amarse, y para ello, se necesita empezar por la absolución. Y no al revés.
Si yo no me quiero, difícilmente alguien pueda hacerlo. Porque si no me amo, ¿qué valor podría tener el amor que yo tuviera para ofrecerle a otra persona?
Ninguno.
Entonces, cambiando el modelo repetido hasta hoy, la ecuación pasaría a ser un tanto más simple.
Me quiero, quiero a otra persona, y puedo decírselo sabiendo que no estoy a la espera de que esa persona me confirme que también me quiere. Su respuesta no va a cambiar el concepto que yo tengo de mí misma. Y eso me relaja, porque no quiero andar pendiente de la aprobación del otro para sentirme linda, inteligente, estimable y meritoria.
Es una cadena de eslabones soldada con miga de pan humedecida, que requiere de una tremenda constancia evitar que se desprenda y que volvamos a descarrilar por el camino de la culpa.
Un círculo vicioso cuyo núcleo somos nosotros.
Desde ahí, podremos girar como un trompo por las vidas de quienes nos rodean, o podremos quedarnos inmóviles en el lugar, buscando la hoja de ruta.
No sé cómo va a salirme la receta, ni si habrá comensal dispuesto a sentarse a mi mesa y disfrutar del banquete.
De lo que sí estoy segura es de que me pondré el mejor delantal y que usaré los mejores ingredientes para cocinar lo que pretendo de mí.
Cuando esté lista, veremos si alguien se acerca a pedir el menú.
De lo contrario, me empacharé de lo lindo, con la servilleta al cuello y una copa de buen vino.
Conmigo.
Siempre conmigo.
Gracias a todos los que se alegraron por el libro y que me lo hicieron saber a través del blog, por Facebook o vía mail.