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martes, 22 de mayo de 2012

Cuando hablan las mujeres






Las mujeres atravesamos varias etapas de metamorfosis.

Todas nos modifican, nos reinventan, extienden el límite de nuestras expectativas o ajustan nuestra escala de certezas.

Cada fase representa una nueva pregunta y una nueva búsqueda. Nos cuestionamos distintas cosas a los veinte que a los treinta, a los cuarenta que a los cincuenta, pero siempre existe un interrogante: ¿Qué quiero ahora?


Esa duda se instala y germina en nuestro interior. Palpita, late. Hasta que cobra entidad y nos sacude una mañana cualquiera, frente a la taza de café con leche.


Llegamos a entender, a fuerza de ensayo y error, cuál es el motor de nuestras vidas.


Hoy queremos un viaje a la India, montadas en elefante, luciendo un turbante multicolor.
Mañana, retomar el curso de legislación aduanera y las clases de danza árabe.
Una noche soñamos con amanecer abrazadas a un extraño que nos mienta a consciencia, sin que nos importe y, al día siguiente, deseamos que en el living haya un hombre de verdad esperándonos con el desayuno.

Mujeres, siempre al borde de nuestra propia frontera y en un constante proceso de mudanza interior.

Autosuficientes. Apasionadas.
Rebuscadas, y al rato simples.
Despojadas y con ganas de aventura.
Divas de almanaque, amas de casa de guantes de látex y plumero.
Revolucionadas y revolucionarias.

Mujeres fuertes, que no piden permiso para correr detrás de sus convicciones.


Rexona Clinical lanza hoy la campaña "Expresate", una divertida forma de unir virtualmente nuestras voces a través de su sitio web :  http://goo.gl/5qBXH


O vía Twitter : #pensamientos fuertes

En ese espacio, las mujeres que preferimos hablar en lugar de callar, podemos expresar todo aquello que nos motiva , nos impulsa y nos diferencia.
Un rincón al que podemos ingresar descalzas o de espléndidos tacos altos.

Nos encontramos allá ;)




domingo, 29 de abril de 2012

Ojos que no ven






En tres oportunidades me fueron infiel o, al menos, esas fueron las veces que pude confirmar el engaño.
Basándome en mi propia historia, podría decir entonces que la infidelidad es circunstancial. Que la traición no es traición hasta que no se descubre.


La infidelidad se puede sospechar, pero las suposiciones no son suficiente argumento como para condenar al infiel si se carece de pruebas. El infiel goza del "beneficio de la duda", aunque parezca injusto (y lo sea).
En algunos casos, convivir con la duda puede ser un escenario amable, de negación asumida y falsa armonía. En otros, puede resultar un pequeño infierno lleno de conjeturas, pesquisas y Rivotril.


Descubrirse traicionado se percibe como un acto de vandalismo. Un quiebre absoluto, el momento que divide nuestra historia de pareja en un antes, pero sin después.
Una muchedumbre de preguntas agolpadas en la garganta, que jamás obtendrán la respuesta que nos gustaría oír.
La incertidumbre y la angustia, atadas a un rosario sin cuentas que no nos permite volver a creer en la santísima trinidad de la confianza, el respeto y el amor.


Y la encrucijada.
El dilema entre el perdón y el castigo.
El primero, con la tácita posibilidad de que resulte un acto egoísta, basado en la propia falta de capacidad para sobrellevar un distanciamiento digno y la posterior soledad; o el argumento que justifique con liviandad que una debilidad del cuerpo no es lo mismo que una traición desde el alma. 
O la opción del castigo, arrastrándonos a la condena de un olvido forzado, cargando un manojo de dudas.




Ojos que no ven, corazón que no siente, parece ser una benévola posibilidad para evitar la estocada.
El ciego difícilmente se cuestione el azul del mar o cuán oscura sea la noche. Quien elija vivir en la ceguera, tampoco tendrá que atravesar por el largo camino de la decepción, los reproches y el recuento de los días perdidos en una relación sin futuro.




Descubrir una infidelidad es casi una pequeña muerte donde se estrellan los colores, desaparecen las esquinas y agoniza la presunta felicidad.
Es la pena envuelta sobre los hombros.
El barro en la suela del zapato.
La basura amontonada debajo de la alfombra.
El par de comillas encerrando al amor en una frase sin contexto, y la excusa impuesta que obligue a empezar otra vez.

miércoles, 25 de enero de 2012

Piedra, papel o tijera.




Suerte que te vi.
Que tu parpadeo me agarrara desprevenida y tu presencia me recorriera la espalda.
Suerte que te acercaras y me hicieras temblar las rodillas y las dudas, que preguntaras mi nombre y no lo olvidaras.
Suerte que del cielo colgaba una luna redonda y plateada.

Me despabilé.
Me despabilaste.
Después de largos meses de andar con el alma anestesiada y las expectativas secándose al sol, volví a recuperar las ganas de creer.
Ya no me provoca pereza el intento de despejar la soledad, ni el de sacudir la nostalgia con las dos manos.


Ya no hay más juego de la escondida, ni tiempo para deshojar margaritas en el espacio que ocupa una baldosa.
Es la hora de ensayar el piedra, papel o tijera, y el desafío de intentar conquistarte desconociendo tu próximo movimiento. La intriga de la espera. El arte de conservar tu recuerdo intacto, intentando que no se evapore hasta que te vuelva a ver.

Piedra, papel o tijera con las horas de ansiedad e incertidumbre, con la sensación de sentir nuevamente la cobardía del principiante.
Con la torpeza adolescente que me hace hilvanar frases para regalarte cuando te encuentre y que, seguramente, se convertirán en una improvisación del momento y un balbuceo de mejillas sonrojadas.

Piedra, papel o tijera conmigo, y con la noticia de sentirme enamorada a primera y a última vista.

Es probable que exagere en intensidades y disminuya en la perspectiva, pero lo cierto es que hoy me animo a atravesar el horizonte en pantuflas y sin maquillaje.
Me arriesgo a desenfundar la espada y a dar batalla hasta obtener un resultado concreto y real, a pesar de las heridas que pueda causarme el filo de una indiferencia insospechada.
Me decido a amanecer con arrebato, a sonreirle a todos los espejos, a doblar las servilletas en forma de barquito. A contar mariposas en lugar de ovejas, a crear castillos de arena sin arena.

Me propongo enamorarte.





(Suerte que te vi)



sábado, 31 de diciembre de 2011

Sí, quiero.



Fui imprudente en algunas elecciones.
Sobre todo, en esa de quererte como te quise, tan distinta a como te quiero ahora.

Tuve miedo a montones, pero no a arañas y ratones.
Temor a la ausencia que oscurece para siempre los rincones.
A las despedidas con lágrimas que corren por la espalda como un río interminable.

Fui incorrecta de a ratos.
Impulsiva, todo lo que pude.
Afortunada de atravesar paisajes impensados.


En algunos tramos del recorrido me mareé.
Me torcí. Me resbalé y se me quebraron dos o tres ilusiones. No más.

Quise, hice, dije, callé.
Abracé menos de lo que hubiera querido.
Amé más de lo debido.
Lloré cantidades innecesarias.
Dormí lo justo.
Soñé muchos más de lo que dormí.

Con un poco más de experiencia y otro tanto de arrugas, llegué hasta acá, dispuesta como nunca a renovar mis votos de esperanza para el nuevo año.

Quiero entregarme a las horas vírgenes para que me sorprendan con momentos felices.
Quiero esperar la llegada de nuevos afectos que sólo traigan consigo las ganas de quedarse.
Quiero transitar los días con astucia y destreza, con alegría y entusiasmo, sin melancolía.
Quiero amigarme con los eternos enemigos: dudas, miedos y soledades.
Quiero festejar la mañana y el anochecer, el verano y el invierno, las buenas compañías, los consejos de amigos, el trabajo, la salud, la familia.
Quiero llenar el estómago de carcajadas, la mente de buenas ideas, el corazón de honestos amores.
Quiero enamorarme de pies a cabeza de estos 365 días que están a punto de ser estrenados...

Sí, quiero.






Intenten ser felices cada segundo de este nuevo año y ya tendrán de sobra.
¡Feliz 2012 para todos!





domingo, 30 de octubre de 2011

Impar




Ando sola. 
Llevo una flor prendida en el ojal a modo de señuelo y una ramita de ruda en el zapato para la buena suerte, sólo por costumbre.
Me deshice de los discursos ensayados para el agrado, de los trucos para la conquista, de toda artimaña.
Me convertí en una solitaria pieza del tablero privada del Jaque Mate.

Soy impar.
Libre.
Un cabo suelto que no se aferra al primer ancla que encuentra.

Desarrollé un nuevo instinto de supervivencia basado en el amor propio, con limitaciones para el ajeno.
Aprendí a dejar de vaciarme en manos egoístas. 
Abandoné el hábito de suplicar caricias, reprochar ausencias, malgastar mi tiempo.
Ya no invoco el nombre de quienes supieron olvidarme, ni me esfuerzo por prolongar las despedidas.

Ensayo el desapego, la distancia, el eco entre su palabra y la mía.
Estreno razones para quererlo de un modo que no duele, anestesiando los rincones en los que solía latir mi  instinto de amarlo de manera desmedida.
Siembro emociones nuevas. Motivos que me alcanzan para evitar necesitarlo. Pretextos que invento para celebrar la amnesia de su recuerdo.

Ando sola.
Conmigo y sin él.
En esta soledad que parece un eterno domingo.







El martes 1° de Noviembre a las 23 hs (hora local) voy a estar invitada en el programa de radio Quiero vale 4, hablando del amor en alguna de sus versiones. Para los que quieran sintonizar el programa pueden hacerlo a través de este enlace http://www.amradiopunto.com.ar/reproductor.html o de este http://www.ustream.tv/channel/am-1280
¡Hasta entonces! :)






domingo, 7 de agosto de 2011

Desamor correspondido


Uno no elige de quien enamorarse. Sucede.
Se revela como un hecho consumado.Una sentencia incuestionable que simplemente se acepta, sin tretas ni sobornos posibles.

Enamorarse es un milagro y a la vez un castigo.
Un destierro sin consentimiento.
Una condena atada a nuestro talón de Aquiles que nos obliga a dar pasitos cortos por el confuso camino de la esperanza. Con nuestro amor unilateral anudado como un pañuelo y una ramita de ruda en el zapato, en un peregrinaje hacia ningún lado que no sea a su lado.

Silenciosas plegarias se adueñan del descanso.
Pactos invisibles con el santo romance, promesas que distraen a los presentimientos.
Hechizos para que el corazón no nos sea esquivo.

Aprendemos a subsistir con las miguitas de pan de la ilusión y un manojo de razones sin razón.
Nos llenamos de viento y de estrellas.
De guirnaldas.
De canción de cuna y príncipes sin espadas.
Cascabeles en los pies, corcheas en la palma de la mano.


La necesidad abierta como una herida que no sangra pero reclama.
Un pedido de clemencia y justicia interior: "que alguna vez nos salga bien".
Y cruzar los dedos sobre la espalda para que se cumpla.

Porque si hay algo más difícil que el amor, es el desamor.
El desahuciado retorno de manos vacías y sed en la garganta.
Los eternos puntos suspensivos y la escena final sin rodarse nunca.

El desamor que es verdugo de la expectativa.
Un océano en el que nunca haremos pié.
Una tortura impiadosa que nos descose la piel y nos arrastra a los rincones privados de abrazos.

Un destino en el que no alcanza con tener el alma llena de sutilezas para que se nos convide con una oportunidad en forma de caramelo.
No hay remedio, ni conjuro posible, que pueda convencer a quien no está enamorado.

Pero siempre nos quedan las palabras.
Será por eso que escribo.







jueves, 4 de agosto de 2011

La excepción



Mientras maquillo la incertidumbre que suele atacarme por las mañanas, me demoro analizando esta extraña sensación, mezcla de euforia y nostalgia, que se colgó desde hace un tiempo en mis pestañas.
Tengo pocos recuerdos de percepciones similares.
Tres, diría.
Uno abrazado al primer romance adolescente. Mezcla de idilio, inocencia, y ojos abiertos y predispuestos al encanto de lo inconcluso.
El segundo, un enamoramiento duradero, ubicado en los estantes de la memoria. Lo que debió ser, lo que pudo ser, lo que finalmente fue.

Y este.
Un amor inusualmente racional y confiable que se volvió escandalosamente imprescindible.

El resto, no habrá sido más que una caravana de intentos estancados en alguna curva del camino.
Fotografías de baja resolución decorando alguna etapa de mi vida. Nombres difusos, rasgos diluidos por el paso del tiempo, emociones prescriptas.

Pero este amor que se envuelve en mi madurez, me preocupa.
Me preocupa por impertinente y perdurable.
Por su facilidad para adherirse a la rutina de mis horas.
Por la sutileza con que rellena las pausas de mis pensamientos.
Por la destreza con que se pliega bajo mis párpados y se acomoda en los rincones de mi más resguardada independencia.


Intenté persuadirlo a que me abandone, pero se pasea por las mismas calles que recorro. Me enfrenta en las esquinas de mente en blanco y cigarrillo a medio consumir. Desviste mis soledades y enhebra mis pocas certezas.
Me confunde, me marea.
Me convida, me suplica, y espera que yo reconozca que puedo haberme enamorado.
Contra mi propia voluntad y con el riesgo implícito de asumir que acaso él sea mi nueva y única excepción.



domingo, 24 de julio de 2011

Una felicidad diferente


Supongo que siempre estuvo a punto de llegar este momento.
Este instante en que me detengo a observarme como si fuera un punto situado sobre una larga línea y me pregunto: ¿dónde estoy?

No estoy en el lugar que quise pero, sin embargo, soy responsable de haber caminado en esta dirección.
Y ahora estoy detenida en una gran encrucijada en la que me cuestiono mis propósitos para la segunda mitad de mi vida con la intención de diseñar un plan.

No es un check- list, ni un formulario que pueda completarse frente a un señor de anteojos ubicado detrás de un escritorio en un despacho público.
Es una guía, una agenda mental llena de prioridades que no sean falibles de excusas.

Tendré que exiliar algunos asuntos pendientes a la tierra de los improbables y concentrarme sólo en lo posible.
Proponerme.
Orientarme.
Y dejarme de joder.

No confío en la felicidad tradicional, en esa escenografía de días siempre soleados con una familia tipo que sonríe por las noches frente al televisor.
Me pregunto si en algún momento no andarán sonámbulos intentando llegar al horizonte como en The Truman Show, para descubrir que todo no fue nunca más que un enorme decorado.

Me quedé en la desconfianza del modelo clásico viendo como se estrellaban en mi ventana las posibilidades de diseñar el propio.
Siento que es tarde para muchas cosas. Que no tengo tiempo de amasar y hornear sin que algún propósito termine quemándose.

En algún momento convertí mis posibilidades en un bollito de papel, sin darme cuenta. Abusé de la moneda tirada al azar. Confié en el desquite y en las segundas oportunidades. Y creí que, de tanto macerarlo, ese corazón que me es arisco, se ablandaría y que juntos dibujaríamos una sonrisa sobre el domingo empañado.

Tal vez sea hora de aceptar que algunos nacemos para convivir con una felicidad que nos mira de reojo impertinente y para desplazarnos bajo una escenografía con puertas que se abren hacia el lado contrario.Con jardines sin hamacas, exceso de silencios y una silueta de mujer sentada frente al televisor.

De esta que soy. No de la que quise ser.


domingo, 10 de julio de 2011

Desventaja



Me persigno antes de cualquier encuentro y ruego que la magia no suceda.
Que no me atraviese el sutil encanto de una mirada.
Que un roce no me deje sin argumentos.
Que un suspiro no me muerda el corazón.

No puede haber descuidos porque el amor siempre me pone en desventaja.

Me acorrala contra las inseguridades propias y la vacilación ajena.
Me niega certezas.
Me distancia de todo lo que hasta ayer era fiable.
Me sacude, me distrae y tambaleo.


Pero, ocasionalmente, acontecen las ganas.
Ganas de atarme a tu cuello como un barrilete.
De bajar el cierre de tu alma y deshollinar tus penas.
Y ser un pedacito de viento, de mar o de cielo.
O cucharada de dulce de leche o caramelo de limón.
O barquito de papel. O mecedora.

Sucede que me pierdo en la curva de tus cejas y hasta improviso un picnic en tu más lindo lunar.
Ocurre que sacudo mis pequeñas libertades contra tu contorno hasta que quedar con las costuras a la vista.


Y tiemblo (apenas) cuando descubro que lo que más miedo me da no es esta confiable pero impertinente soledad, sino esta enorme desventaja de sentirme vulnerable.
Sobre todo, cuando te miro y me doy cuenta que me deshago como un terrón de azúcar en el fondo de un pocillo de café...




*imagen de Analía Marchi, ilustradora argentina.

domingo, 19 de junio de 2011

Preservativo emocional





Las experiencias suelen dejarnos el legado del aprendizaje.
A mayor aprendizaje, mayor conocimiento, lo que supone una ventaja que puede conducir a mejores resultados.

Siempre hay una teoría que escapa a la regla y el amor es una de ellas.
En el terreno afectivo, la experiencia no garantiza buenos resultados.
Una seguidilla de encuentros en los que uno toma nota de los desaciertos con la intención de capitalizarlos, y de los pequeños logros, con la idea de duplicarlos en la próxima oportunidad, no aseguran el éxito de las posteriores relaciones.

El desamor y el desencuentro dejan estrías.
Pequeñas o grandes fisuras por donde se escurren las buenas intenciones.
Hendijas por las que se nos escapan la confianza y la voluntad de entrega.

Aplicamos parches. Improvisamos enmiendas.
Recurrimos a tratamientos aislantes y diseñamos sistemas de hermetismo.
Metemos el corazón en una ziploc y desayunamos una soledad que ya no pesa .

Hasta que un día nos damos cuenta que nos conmueve la ficción más que la cotidianeidad de los encuentros. Que las lágrimas se hicieron nube. Que perdimos la capacidad de asombro y de intento.
Algo late, pero lejos.

El preservativo emocional está en la primera plana del diario que nos dejan sobre el felpudo cada mañana.
Es un impermeable que usamos aunque no llueva.
Una mampara de protección.
Una red que contiene cualquier intento por manifestarnos en pos de un otro.
Respiramos un aire teñido de indiferencia, de improbabilidad.
Fijamos la vista en esa gran vidriera de posibles relaciones que en algún momento se volvieron imposibles.


El preservativo emocional no es un método curativo, ni un blanqueador de cicatrices.
Es una anestesia afectiva que nos hace creer inmunes al amor y que nos vuelve más individuales que nunca.
Invulnerables frente al romanticismo. Ilesos ante una mirada. Invictos en los planes de conquista.

Valoro mi independencia. Mi rutina de un solo plato a la hora de la cena.
Pero me niego a resignarme.
Sigo creyendo, aunque tal vez con menos entusiasmo, que en alguna esquina andará esperando una luna redonda y brillante con ganas de caer sobre mi cabeza.







sábado, 30 de abril de 2011

Buenas nuevas





Allá por febrero decidí escribirme un memorándum. Una simple nota que oficiara de recordatorio para no olvidar los buenos momentos.

Hoy un pedacito de papel me queda chico. No puedo apretar la felicidad y acomodarla en un par de renglones. Me cuesta ocultar la sonrisa y reprimir la euforia.

Es tiempo de buenas nuevas, de noticias que oficien de plumero y sacudan el hollín que dejó el 2010. Hora de empacharme de alegría, de desear vivir despierta, de acostumbrarme a la extraña sensación de estar feliz.

La novedad que me causa semejante entusiasmo es que la gente de Stella Artois me eligió para ser la blogger que viaje a Cannes para cubrir la participación de la marca en semejante evento.

Siendo amante del cine, esta noticia es, sin duda, la mejor del año.
(Lo bueno, es que todavía quedan siete meses por delante con chances de destronarla y ocupar el primer puesto del 2011).

Si todo sale bien, en dos semanas estaré escribiendo desde esta misma computadora pero en algún cuarto de hotel de la Riviera Francesa. Andaré compartiendo con ustedes mis crónicas viajeras, que describan las caminatas por el Boulevard de la Croisette con el mar sonando igual que Tiersen.

Pondré pausa a las penas de amor, a los reclamos y a los desencuentros.
Me dedicaré a devorar la Costa Azul y a ir dejando miguitas de croissant como señuelo.

¿Me dejan?




Los que quieran conocer al ganador de la campaña de Stella Artois pueden hacer click acá. Se llama Gustavo Álvarez, es argentino, y es el nuevo Jacques d' Azur. Gustavo protagonizará un cortometraje que se estará filmando el día de mañana en tierras uruguayas.











sábado, 16 de abril de 2011

El beneficio de la duda


El beneficio de la duda suena a privilegio.
Supone una puerta entreabierta por donde uno se asoma sin atravesarla. Un espiral. Una calle sin dirección.
El privilegio, quizás radique en la calma que provoca ignorar una verdad, hasta que los signos de pregunta que nos sirvieron de guía se conviertan en despiadados verdugos que dictaminen una sentencia. El veredicto de la eterna espera, de la inacción.

Es que llega un momento en que la duda nos seduce con la propuesta de flotar eternamente en la orilla, donde el mar no rompe y sólo hace cosquillas. Sin sumergirnos. Sin llegar al fondo,ni del mar, ni de nada.
Y es ahí donde el camino empieza a angostarse y el nudo comienza a apretar en la garganta.
El temor, detrás de la duda.

Miedo a caminar con los ojos vendados hacia el punto en que radican las respuestas. Destaparlas, asimilarlas, incorporarlas.
Revolver nuestro mundo interior con una cuchara de madera hasta que podamos colar una idea nueva.

La remota posibilidad de que la incertidumbre se convierta en una micropartícula de goce, a veces aterra.
Pero hay recursos, pocos pero suficientes, para sacudir el pánico y animarse a descubrirle las mejillas a la felicidad: andar.

Y no andar en círculos sino en línea recta, con los ojos clavados en la meta.
Dejar de posponer, y proponer.
Dejar de pensar, y hacer.
Quiero un perchero en el paraíso para colgar mis alas y un pasaje en el bolsillo para disfrutar de un encuentro terrenal... porque el tiempo, que una vez me pareció una canilla inagotable de la que siempre goteaba un rato más, se convirtió en un chispero quemándome la planta de los pies.

Es hora de no postergar (te).
De explorar (te).
De decirte, que te cambio el silencio por un paquete de besos y la promesa de una única certeza: " que pase lo que pase, siempre será mejor que haya sucedido".



Cuando uno se enfrenta al camino con certezas, es probable que termine con dudas. Pero si lo empieza con dudas, es factible que se encuentre frente a frente con alguna certeza en alguna parte del recorrido.

Y en eso estoy.
Enviar frase

sábado, 9 de abril de 2011

Esa clase de mujer


Soy esa clase de mujer que no es suficiente.
De esas que siempre son buenas amigas, grandes confidentes, dispuestas amantes, pero que no alcanzan la categoría de indispensables. Con el brillo adecuado para alumbrar pero insuficiente para encandilar.

Suele faltarme una dósis de paciencia, un pestañeo oportuno, una carta sin mostrar.
Suele sobrarme una pregunta, una presencia, una lágrima que cae sin avisar.
No me alcanzan los ojos grises para desafiar soledades, ni los brazos como elásticos dispuestos a abrazar.

Son pocos mis encantos y demasiadas las dudas que pongo a dormir en un cajón.
Previsibles mis métodos, débil la red.

No bastan ni mi esmero ni mis ganas, ni todas las palabras que pueda coser sobre un renglón.

Soy de esas mujeres a las que, en cuestiones de amor, todo les cuesta el doble.
El doble de tiempo, el doble de paciencia, el doble de riesgo. Sin garantías, sólo siguiendo por instinto la flecha de salida que marca el corazón.
Sin la certeza de que el tiempo ablande, conmueva, enlace, acerque.

Tal vez sea una cuestión implícita en la felicidad, que a mayor sacrificio más gloria.
Para poder viajar hay que soportar la claustrofia de un avión que se desplace a diez mil metros del suelo. Para ganar plata hay que trabajar más que lo recomendable. Para hacer miel hay que tolerar las picaduras de las abejas. Para estar delgada y saludable hay que privarse de la comida más rica. Para saber, hay que estudiar. Para curarse, dejarse operar. Para ser madre, parir. Para llegar alto, subir.
Para enamorarse, esperar.
Para querer, sólo querer.


Ando atrapando mariposas con los dientes y despegando algunos cardos de mis pies.
Ese es el mayor riesgo del intento. No hay demasiado entonces para perder.









domingo, 27 de marzo de 2011

Cuando llega ese día



Pude sentirme como un papel mojado o una pelusa inmóvil junto al rincón.
Un barrilete enredado en la antena de un edificio.
Una gota de lluvia que nunca llega a juntarse con el charco.

Pude plegarme en dos, arrugarme como una sábana que aloja más pesadillas que amables sueños, colgarme de una percha por un invierno completo.

Intenté amigarme con la soledad en varios encuentros de café y silencio.
Hice una tregua con los impulsos y los miedos.
Diseñé laberintos para perderME y tácticas (involuntarias) para perderTE.

Escribí las respuestas para las eternas dudas. Las devoré hasta convertirlas en mi propio credo hasta que me di cuenta que se debilitaba mi propio argumento.

Fue una mañana de esas en que el verano holgazán comenzó a arrastrar de su mano al otoño.
Cientos de pájaros treparon a mi cabeza para hacer nido en ese rincón de mi alma que andaba deshabitado.
Desde entonces convivo con una sensación olvidada.
Salgo a la calle con un nombre atrapado en mi lengua y paso largo rato ahuyentando las ganas de un grito que exija tu presencia.
Lo ahogo como ahogo las palabras que hilvano pero que no convierto en declaración de amor.
Declaración de amor....suena raro y cursi para esta vida de defectuosos intérpretes solitarios en los que nos convertimos.

Ya no quiero ser la heroína de mi inverosímil versión del amor.
Quiero llorar desde adentro por si te pierdo sin haberte tenido nunca.
Quiero escuchar canciones de amor que digan lo que probablemente nunca pronuncie tu boca.
Quiero sentirme miserablemente vulnerable con esta confesión que escribo.


Se volvió inevitable pensar que tu presencia puede transformar mis horas y hamacar mi corazón.
Que tus brazos pueden asfixiar los fantasmas del pasado y que tu voz puede ser la mejor canción que escuche.


¿Qué se hace cuando llega ese día en que uno se descubre llena de cosas para decir pero con ese temor conocido a que el mundo se convierta en calabaza, sin príncipe y sin él ?




jueves, 24 de marzo de 2011

Sube y baja




El sube y baja siempre fue mi juego preferido de la plaza aunque por mi condición de hija única haya sido del que menos pude disfrutar.
Siempre dependía de la suerte o del destino. Que hubiera una nena sola con ganas de compartir la otra punta del juego o un nene con ganas de abandonar la pelota por un rato para ser cómplice de la rubia de trenzas.

Curiosamente, siento que el amor es el sube y baja de mi vida.
No puedo disfrutarlo sola, porque no se eleva, ni genera ningún tipo de emoción.
Puedo sentarme a esperar, con los pies sobre la arena, sin saber en qué momento aparecerá el compañero apropiado para el juego.
Enviar guiños y señales a los que se entretienen en el arenero. Incluso, hasta puedo acercarme a saludar al más tímido de todos para que no se asombre ante mis mejillas coloradas de vergüenza.
Probablemente intente convencerlo: el sube y baja es divertido porque se juega de a dos y el que está arriba, apenas por un momentito, puede ver una imagen distinta del otro, ¿sabés?
Y cruzar los dedos sobre la espalda para que acepte.

Será cuestión de no perder la calma, de tener la constancia de la hormiga y la paciencia de la araña. De frecuentar la misma plaza cada día. De desaparecer una vez por semana para generarle intriga. Hasta que una tarde, cuando me acerque al arenero, él ya esté de pié, prolijamente ubicado junto a la esquina, dispuesto a comprobar mi fascinante teoría del sube y baja.

Sube él.
Bajo yo.
Subo yo.
Baja él.
Sube
y
baja.


Hasta que él , en pleno vaivén, quizás pregunte: ¿Y cuándo se logra el equilibrio en este juego?
Y se amontonen en mi lengua peligrosas respuestas.

Pensaré que el equilibrio llegará el día en que hayamos transformado nuestro pasado en experiencia y que nuestro equipaje interior pese exactamente lo mismo. Cuando logremos desprendernos de los miedos que cargamos como piedritas en los bolsillos y estemos dispuestos a mirarnos a los ojos.
Tal vez sospeche que tu paciencia pueda agotarse antes de tiempo, que pueda aburrirte el envión constante de tus talones, la escena repetida y el mismo paisaje de arena y viento.
Pero seré capaz de prometerte que voy a estrenar un nuevo vestido cada día. Que improvisaré peinados y sonrisas. Que hasta me animaré a cantar y a soltar mis brazos al cielo. Que te diré que soy feliz de haber elegido al mejor cómplice para ese juego.



- ¿Y cuándo se logra el equilibrio en este juego?

- La pregunta no es cuándo, sino cómo.











sábado, 26 de febrero de 2011

Memorándum interno


Memorándum: Cosa que debe ser recordada.


Podría optar por envasar el recuerdo de los malos tiempos, por anudar una cinta roja en la memoria y hacer un moño ajustado que me obligue a repasar el pasado una y otra vez. Regodearme en el malestar por costumbre y ceñirme a la idea, ya vencida, de una vida que promete pero nunca cumple.


Pero esa vida, la misma que supo colocarme contra la pared con su puño oprimiéndome la garganta, hoy me deja respirar un aire renovado, con aroma a café y pan recién horneado.
Y es por eso que decido enviarme un memorándum. Una nota escrita con marcadores de colores indelebles y brillantes. Un justo recordatorio para estos buenos tiempos.

Desde el primer minuto de este 2011 tuve la sensación de estar abrazando doce meses de felicidad, de un bienestar que aún no había consumido pero que, sin embargo, podía saborear.
No fue por videncia ni por premonición. Fue por pura convicción y determinación.

Uno elige a cada segundo.
Tuerce el rumbo de las velas en busca de buen puerto o echa el ancla donde puede con tal de no naufragar.
Camina por instinto o siguiendo las coordenadas.
Resiste o existe.


La primera ficha del dominó que se movió fue la interna. La que promovió el cambio, la que se cansó de esperar de brazos cruzados que la alquimia se ocupara de convertir la derrota en los laureles de la gloria.
Decidí aceptar las trabas que me imponía la vida como una enorme advertencia: "no es por acá".
Procuré salir de un trabajo que no era ni beneficioso ni placentero, y terminé en el lugar al que siento que pertenezco. Un empleo en el que no me pesa la llegada del lunes y que agradezco tener.
Esa fue la segunda ficha.
La tercera, fue la grata noticia que me dio Samsung y por lo que les agradezco a ustedes el haberme votado. La notebook se quedó en casa para que pueda seguir escribiendo desde la comodidad de mi cama o desde cualquier bar.

No sé cuál será la ficha que sigue, la que empuje al resto para que el efecto dominó se perpetúe en el tiempo.

Tengo más proyectos que tiempo libre.
Más energía que la que puede albergar mi cuerpo.

A veces se me escapa alguna queja humana. El estrés que me provoca el tráfico, el cansancio, las pocas horas de sueño, el calor de la calle, el zapato que aprieta, la lluvia que moja.

Por eso el memorándum.
Una notita escrita al paso para recordar las explosiones de felicidad.
Para no ser injusta con la vida y ser agradecida.
Para no olvidar este momento.

Pucha que estoy feliz.









jueves, 23 de diciembre de 2010

Revancha




Se va el 2010.
En mi caso, agoniza después de haber estado más tiempo bajo los efectos de los sedantes que lúcido.
Hace bien en irse. Que ni se despida ni haga el más mínimo intento de quedarse.
Su estadía me generó más complicaciones que complacencias.
De las cosas buenas que tenía pensado regalarme, sólo se limitó a hacer insinuaciones. Y salvo por dos grandes noticias y algunos encuentros, se robó más de la cuenta.


Impunemente me abofeteó en más de una ocasión. Me hizo pedir clemencia, arrodillada sobre el tapete de la desdicha, sin que se inmutara. Me puso la soga al cuello hasta ponerme violeta. Y sé que espero que me rindiera, que lo deseó hasta darse por vencido cuando lo insulté con el último aliento.

Fue un año difícil.
Irrespetuosamente jodido.

Pero hay revancha. En todo lo hay.
El desquite lo trae el año que ya está bajando del tren, que viene en busca de un alojamiento espacioso, con un enorme armario en donde poder colgar los honores y regalías que me tiene preparado.

Si cumple con su promesa, en su equipaje habrá menos dudas y más certezas, más acercamientos que promesas, mucho más bienestar que miseria.
Traerá la bendición de sentirme libre desde la raíz hasta la queja.
La sensación de plenitud que me permita disfrutar el baile en el perímetro de una baldosa.
Los abrazos.
La emoción anudada a la altura del estómago.
Los momentos que pediré que se conviertan en eternos.
Las caras de siempre y las nuevas.
Los silencios que acrediten las verdades que me calle.
Las musas comiendo miel sobre mi cama.
Los gatos ronroneando en mi llegada.
Las amigas. Los amigos.
La familia. Los amigos y amigas que son familia.
La esencia. La decencia. Las presencias.
Los amores creciendo de a poco pero no de a ratos.
Los espacios para mí.
El llanto para el final de las películas que cuenten algo sobre la vida, pero no el llanto para mi vida.
La memoria y el recuerdo como una noble manera de revivir a los que se fueron.
El cuerpo sin nuevas cicatrices.
El alma con hambre de esplendor.
La mente con ganas de inventar.
La pasión comiendo de mi mano.

Y un avioncito de papel con tres motores que me lleven de paseo por el calendario sin temor a caer.
Un año sin miedo. Eso quiero.



Para todos los que están del otro lado, y muchos (en gran medida) en mi corazón, va el deseo de que el 2011 les dé la revancha que merecen.

Brindemos por lo inmejorable, que está ahí nomás de derribarnos la puerta.


¡Feliz Navidad y Nuevo Año!

sábado, 4 de diciembre de 2010

El pez por la boca muere



Soy humanamente imperfecta y eso no es novedad.
Tengo una lista de falencias marcadas con cruces en la libreta de los cambios pendientes. Pero en la misma libreta, acabo de inaugurar una hoja que lleva un signo de pregunta. Es la que agrupa mis sincericidios y mis atropellos verbales.

Tengo el hábito de bajarle el cierre a la funda que me recubre y quedarme en carne viva, desnuda y expuesta, frente a aquellos que han sabido regalarme un gesto de complicidad.
Me libero de las posturas forzadas, me relajo y me descalzo ante la mirada de quien creo capaz de entender y aceptar mis inseguridades y mis miedos.
Me desenvuelvo como un caramelo y muestro el relleno sin advertir que tal vez me encuentro frente a alguien vulnerable a la glucosa.
Expreso, reclamo, y grito sin levantar la voz, mis mayores debilidades.


No reparo en el después, de gargantas vacías y manos quietas. De silencios insospechados, de pausas impuestas e improgramadas.
No advierto que el otro se haya quedado en el "hola", cuando yo ya voy por el "quedate". Ni considero la opción de que aún no haya aprendido mi nombre cuando yo ya llevo el registro de sus suspiros.

En esa hoja recién estrenada, anoto con un interrogante estas nuevas dudas: ¿Hay sensaciones que uno no debe manifestar? ¿Hay cosas de las que no se debe hablar? ¿Es inherente a la mujer esa necesidad de aclararlo todo?

Suele decirse que no hay nada mejor que un buen diálogo. Parece contradictorio pensar que tanto diálogo pueda provocar reacciones adversas y convertirse en una medicina que en lugar de sanar termina por acarrear severas contraindicaciones para los interlocutores.

Tal vez sea que las mujeres de mi estilo preferimos vaciar la cartera frente al ladrón para que se sirva lo que le resulte útil para su botín, y para que, en caso de que nuestro bolso no contenga lo que anda buscando, pueda salir en la búsqueda de otra víctima y nos evitemos un forcejeo innecesario.

Está claro, no hay fórmula. Algunos valorarán la honestidad extrema, la cuchara que convida en la boca la esencia de uno mismo.
Muchos preferirán tomarse la molestia de quitarnos la cáscara hasta llegar a la semilla.
Otros tantos, nos mirarán con desconcierto, sin poder concluír si esa intensidad tan expuesta y esa manía de manifestar lo que nos atraviesa el corazón, en lugar de la razón, es una virtud o un defecto.


Por la boca muere el pez.
Pero también hay algunos que disfrutan de haber nadado hasta la cercanía del pescador y no les importa lo que duela el anzuelo.


Claramente, soy uno de esos peces.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Perdonar-se


El otro día hablaba sobre el amor propio y el ajeno acá.
Hoy entendí, después de una intensa sesión de terapia, que parte de ese amarse empieza en el acto de perdonar-se.

El perdón es algo que, por lo complicado que resulta, debería ser un ejercicio cotidiano.
No basta con ser indulgentes frente a una equivocación del momento, sino que requiere de la incorporación de un concepto un tanto más abarcativo y que es el aceptar que podemos equivocarnos una y mil veces, y que eso no nos convierte en una escoria.

El asunto no termina ahí, sino que además, debemos ser capaces de hacernos cargo de esos equívocos sin darle lugar a que aparezca la culpa.
La culpa es la peor enemiga, es la aliada de la represalia, la que nos murmura al oído que por eso tenemos lo que tenemos, logramos lo que logramos, y no más.
El transitar la culpa nos lleva a lugares inhóspitos, a instancias de autocastigo y reproche, a enfrentarnos a una balanza en la que pesa bastante más el yo quise haber sido, que el yo soy.

Lo que yo soy hoy dista bastante de lo que hubiera pretendido ser.
En el camino, tomé por atajos que me alejaron, consciente o inconscientemente, de mi objetivo.
En ese trayecto, seguramente me aparté de las pretensiones que muchos tenían para conmigo.
Y sin duda, eso me genera culpa, rabia y enojo.
Pero no puedo volver el tiempo atrás, ni empezar de cero. No puedo rebobinar mi vida como un video clip, ni puedo recomenzar como si nada hubiera existido.
Lo único posible es aceptarme. Y eso requiere de una gran valentía...



Y acá estoy, intentando remontar el barrilete del que cuelgan tres kilos de plomo, mientras improviso un acto de contrición con mi pasado y con mis desatinadas decisiones.

En este mismo acto, aprovecho para perdonar a quienes demandaron (y demandan) de mí, más que lo que puedo dar, o ser. A quienes no valoran el esfuerzo desmesurado que representan para mí ciertos intentos, y a quienes el peso de esto que soy les resulta una carga tan explosiva que prefieren dejarme abandonada en una esquina. ( Y eso que tal vez se pierdan de descubrir que la explosión no era más que una mágica función de fuegos artificiales).



Perdonarse es el primer paso de esa interminable escalera que nos conduce a otras instancias de la vida. Para llegar a amar, hay que primero amarse, y para ello, se necesita empezar por la absolución. Y no al revés.

Si yo no me quiero, difícilmente alguien pueda hacerlo. Porque si no me amo, ¿qué valor podría tener el amor que yo tuviera para ofrecerle a otra persona?
Ninguno.

Entonces, cambiando el modelo repetido hasta hoy, la ecuación pasaría a ser un tanto más simple.
Me quiero, quiero a otra persona, y puedo decírselo sabiendo que no estoy a la espera de que esa persona me confirme que también me quiere. Su respuesta no va a cambiar el concepto que yo tengo de mí misma. Y eso me relaja, porque no quiero andar pendiente de la aprobación del otro para sentirme linda, inteligente, estimable y meritoria.

Es una cadena de eslabones soldada con miga de pan humedecida, que requiere de una tremenda constancia evitar que se desprenda y que volvamos a descarrilar por el camino de la culpa.
Un círculo vicioso cuyo núcleo somos nosotros.
Desde ahí, podremos girar como un trompo por las vidas de quienes nos rodean, o podremos quedarnos inmóviles en el lugar, buscando la hoja de ruta.

No sé cómo va a salirme la receta, ni si habrá comensal dispuesto a sentarse a mi mesa y disfrutar del banquete.
De lo que sí estoy segura es de que me pondré el mejor delantal y que usaré los mejores ingredientes para cocinar lo que pretendo de mí.
Cuando esté lista, veremos si alguien se acerca a pedir el menú.
De lo contrario, me empacharé de lo lindo, con la servilleta al cuello y una copa de buen vino.
Conmigo.
Siempre conmigo.








Gracias a todos los que se alegraron por el libro y que me lo hicieron saber a través del blog, por Facebook o vía mail.






viernes, 26 de noviembre de 2010

Plantar un árbol, tener un hijo


Parece que al escritor cubano, José Martí, se le ocurrió decir que "hay tres cosas que cada persona debería hacer durante su vida: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro."
Las tres, sin duda, hablan de trascender. De esa necesidad de dejar una huella que nos convierta en un poco menos mortales.

Cuando era chica, intenté plantar un árbol de cafeto en la casa de mi abuela. Se suponía que era una tarea simple: cavar un pozo en la tierra con ambas manos, arrojar las semillas, echar un poco de agua y esperar a que crezca.
Lo que a esa edad no sabía era que el árbol no crecía de un día para otro. Que no iba a levantarme a la mañana siguiente con una rama filtrándose por la ventana, llena de semillas para moler y convertir en café.
Se requería de paciencia y de constancia en el riego. Y eso hice.
Un día, unas hojitas verdes brotaron de ese montículo de tierra y la semilla fue una tentativa de planta.
Yo pensé que ahí terminaba el asunto. Que con regarlo y mirarlo de vez en cuando, ese pequeño tallo se convertiría en un frondoso árbol que daría café.
Me relajé, lo descuidé y al poco tiempo se secó.
Así que no creo que esté en condiciones de tachar ese item de la lista que sugirió Martí.


En cuanto a tener un hijo...¿quién sabe?
Mi instinto de madre no está desesperado por salir en busca de potentes espermatocitos. No oye el tic tac biológico, o se está quedando sordo.
No soy de las que creen que para sentirse una mujer completa una deba traer un hijo al mundo sin que las ganas le desborden por cada poro. Así que tal vez, nunca me surja la real necesidad - y egoísta por cierto- de ser madre.
Otro item de Martí que no puedo tildar. Al momento queda pendiente.


El último, el de escribir un libro, requiere de la misma paciencia que el plantar un árbol.
Sembrar, tener constancia, considerar ciertos cuidados, podar lo que sobra y esperar a que crezca. Que pase de ser un mero proyecto a una concreción encuadernada.

Si todo sale bien, si no clausuran las imprentas, ni mi editor pierde la memoria al pincharse el dedo con el huso de una rueca, a fines de marzo estará mi libro exhibido en más de una librería.



Y eso es casi como parir un hijo.Del intelecto, pero hijo al fin.




(Como cantaría mi amado Cerati: Tarda en llegar, y al final hay recompensa...)