miércoles 15 de julio de 2009

Tratame bien




Hay un sólo motivo que logra mantenerme sin pestañear frente al televisor: el unitario Tratame bien.
Es una joyita de las que no abundan, donde el talentosísimo Julio Chavez le da vida a José, un armenio obsesivo, malhumorado e intolerante, pero de gran corazón, que trata de salvar del derrumbe su matrimonio con Sofía, interpretado por una genial Cecilia Roth.

La historia es una montaña rusa de emociones que tiene como eje del conflicto una crisis de pareja que, a partir de ahí, en una suerte de efecto dominó, comienza a revelar conflictos que estaban ocultos y mentiras silenciadas.

A medida que avanza la historia van saliendo los trapitos al sol. Infidelidades, amantes que demandan, madres ausentes, hijos a la deriva y sesiones de terapia en las que los protagonistas intentan acomodar los pedazos sueltos de sus vidas, ante el reclamo que da nombre a la miniserie: Tratame bien.

Es evidente que si padres e hijos, marido y esposa, hermanos y socios, se hubieran tratado bien, el conflicto hubiera sido menor o hasta quizás podría haberse evitado.

Pero José hace que trascienda la necesidad de ser respetado fuera del núcleo familiar y la lleva a todos los ámbitos: el taxista desfachatado, el vecino crítico, el vendedor deshonesto y el entrevistador que lo interroga para ver si es apto para la búsqueda laboral a la que se presenta.
Por supuesto que, con el carácter de José, no tarda en llegar el reclamo de una mínima cortesía ante ese interlocutor que ofrece un módico sueldo por diez horas de trabajo y que encima se da el lujo de ningunearlo.

Como yo no soy José, hoy soporté estoica una entrevista de trabajo que podría calificarse de olvidable.

Ayer me llamaron para avisarme, con bastante desgano, que me presentara a las diez de la mañana de hoy, para una entrevista para ejecutiva de cuenta de Telefónica de Argentina.
Genial - pensé - empieza a resucitar el mercado laboral.
Y me fui, soportando la mutilación de mis pies en sendos tacos altos y esquivando maletines en el subte, hasta la dirección que me habían dado.

Cuando la recepcionista me abrió la puerta, lo primero que noté es que no había espacio para que yo pudiera ingresar a esa habitación de cuatro metros cuadrados. O la recepcionista se sentaba, o yo permanecía afuera, o dinamitábamos la puerta de acceso.

Al grito de permiso, permiso, y tratando que mi curriculum no se arrugara, logré pertenecer a ese grupo de postulantes encimados como sardinas, y llegué a añorar con toda mi alma la incomodidad del subte, en esa hora veinte que demoraron en llamarme por mi apellido.

Mientras entre todos nos peleábamos por un poco de óxigeno, cogoteando sobre la cabeza del compañero, la entrevistadora, que iba y venía llamándo a la próxima víctima, se atrevío a decir:
- Disculpen que no haya lugar para que esperen cómodos, pero agradezcan que pueden llegar a conseguir trabajo.

Pensé en apuntar directo hacia su nuca, revolearle mi stiletto negro, y con suerte dejarla inconsciente para que aprendiera la lección, pero rápidamente volvió a su madriguera para continuar con las entrevistas.

Miré a mi costado: gente de todas las edades, variedad de vestimentas, aros en alguna nariz o mochilas fluorescentes en lugar de cartera. Raro -pensé - surtida convocatoria.

Llegó mi turno, cuando ya no sabía en que pierna apoyarme o que canción tararear internamente como para amenizar la espera.

Pasá por acá, sentate, sí, me siento, ¿trajiste el curriculum?, acá está, averaver, bueno, es un puesto para ejecutiva de cuenta de Telefónica, ajá, porque está por lanzar una gama de productos nuevos para los comerciantes, ajá, si te interesa tendrías que venir mañana a las diez para que te cuenten en detalle como es el trabajo y te muestren los productos, ¿te interesa?, mirá, me interesaría saber en qué rangos anda la remuneración, ah, esomañanachiquita, claro, me imaginaba, pero al menos me podrás decir si el contrato es con Telefónica ¿no?, no, primero es con una cooperativa de trabajo, y después con nosotros, somos una empresa seria, no de esas que levantan los muebles y desaparecen(?), ¿venís mañana o no?, y bueno...


Salí queriendo patear tachitos por Lavalle, con ganas de llamar al 0-800-entrevistasdignas y de levantar una queja ante el EVES (Ente de víctimas de esta sociedad).

Pero caminé hasta la entrada del subte, recordando a José y su entrevista de trabajo en la ficción, y sentí que no era la única, ni la última. Que por desgracia, ésta era una escena más, de las tantas que se repiten a diario fuera de la ficción.

Cuando bajaba, una viejita de esas que ya no tienen edad, pedía una moneda con una lata que temblequeaba al ritmo de su pulso. Muerta de frío, apenas abrigada y con un gesto de desolación encarnado en su cara agrietada. Le dejé una moneda a cambio de un gracias que resonó en mis oídos durante el viaje de regreso.

Y si estaba mal, me sentí peor.
Hasta agradecí a Dios y todo, por no ser ella, ni aquel, ni ese otro.
Es que de verdad, hay gente para la que ser tratada bien, es sólo una ilusión.

domingo 12 de julio de 2009

El gran pez



Parece que el segundo semestre del año viene envuelto en un aura de esperanza, como si el primero hubiera servido de aprendizaje y una vez erradicadas las malas hierbas, volvieran a crecer algo más que cardos.

Creer o reventar, diría mi abuela santiguándose frente a la Santa Rita,pero las cosas están cambiando.
La semana pasada, mientras desayunaba, sonó el teléfono. Para mi asombro, del otro lado de la línea escuché la voz de mi papá, al que no veía desde diciembre.
Fue expeditivo en el mensaje: Te pasamos a buscar hoy por tu casa, dame la dirección.


Muchos saben que mi papá es una deuda pendiente en mi vida, una pila de palabras amontonadas en la garganta y otro tanto de momentos que ya nadie me devuelve.

Y ahí estaba él, con más panza y menos pelo, acompañado de su nueva mujer, llevándome a cenar al mismo lugar en que mi mamá y él me sentaban en una silla alta que me permitiera alcanzar la mesa.

Se detuvo el tiempo por un instante y se me arrinconó una lágrima en los ojos cuando dijo Vos sabés que no soy un tipo fácil, pero te quiero.

Y sí, sé de memoria que no sos un tipo fácil, viejo.
Sé también que tu ausencia me tatuó el miedo al abandono en la nuca y que perdonar se me hizo un hábito más que una elección.
Pero así y todo se ve que yo también te quiero, y que todavía me brillan las pupilas cuando relatás tus anécdotas de Gardel y hablás de un pasado que me suena tan ajeno.
Sos de pronto Edward Bloom en El Gran Pez y yo soy ese hijo que se deslumbra ante tus exagerados cuentos, que jamás llegará a saber si alguna vez ocurrieron.



El domingo me regaló una postal, de esas que la consciencia se empeña en ajustar a la memoria para que el día menos pensado podamos revivirla y repasarla a nuestro antojo.
Una mesa larga, con un padre asador llevándose los aplausos. Rostros desconocidos que me observaban desde el lugar de las preguntas y respuestas flotando en la sobremesa, que algún día llegarán.

Hoy existe para mí una promesa nueva, estrenada en este invierno cansado de escarchar tantos afectos.
Un pacto tácito, un juramento eterno que quizás no dure más que un momento, pero que tiene sabor a oportunidad y a enmienda, a brindis de un flamante encuentro.

sábado 11 de julio de 2009

Los insólitos alcances de la moda


¡Qué no hicimos para estar a la moda!
Sobre todo a fines de los ochenta, década que nos hizo renovar el guardarropa en cada temporada.
Pasábamos de la camisa hawaiana - un canto al mal gusto -, a la remera verde flúo asesina de córneas.

Recuerdo haberme subido a enormes plataformas charoladas que realzaban las bondades de un pantalón palazzo y pasar horas frente al espejo con el spray en la mano hasta que mi flequillo quedara convertido en una cresta rígida a prueba de tornados. No era punk, era modernosa.
Escuchaba The Cure y Depeche Mode en público, y me mataba a escondidas con algún lento de Bon Jovi o canturreando una de Milli Vanilli (¿se acuerdan?), dándole play a ese casette que recopilaba música cursi para piantar lagrimones.


Caminé como Morticia Addams, enfundada en una pollera tubo, y me pavoneé con orgullo con mis hombreras al estilo Don Johnson.
Tuve novios que usaban jeans nevados y anteojos espejados, y amigas que se luqueaban como Madonna.
Soporté pantorrillas agarrotadas de dolor por culpa de los taco aguja y tres tinturas al año para convertir mi rubio en morocho, y después en colorado.

Sabemos que somos - o fuimos - capaces de hacer el ridículo para estar al grito de la moda,
pero lo que me hizo gritar esta vez fue la conversación que escuché el 8 de julio en el colectivo.

Yo estaba sumergida en la lectura de una revista cuando detecto a dos cacatúas adolescentes que parlotean de pie junto a mi asiento.
Veinteañeras ellas, se quejaban de viajar apretadas y amortizaban el tiempo hablando sobre la moda.


VCCEP (veinteañera caracúlica esquivadora de pasajeros)
- ¿Viste qué lindo lo que me regalaron para mi cumple?

VFSC (veinteañera fashion sin cerebro)
- Ay, tu cartera es lo más. ¿ Te la regaló tu vieja?

VCCEP
- No, las chicas.

VFSC
- Yo anduve por Palermo el otro día. Me mata Palermo, mirá lo que conseguí.

VCCEP
- ¡Notelapuedocreer! ¿Dónde la compraste?

VFSC
- ¿Vissste? Yo de chica odiaba usaba usar escarapela. Eran horribles, súper mersas. Mi vieja me ponía esa del moñito en el guardapolvo, un bajón.

VCCEP:
- Yo usaba la común, la redondita. Era igual de fea.

VFSC:
- Ahora estoy chocha con mi escarapela. Me costó veinte pesos, pero es divina. Súper minimalista.


Decidí concentrarme en mi lectura. Leer una receta de huevos poché o el paso a paso de un velador reciclado, era mucho más interesante.
Pero no pude. Me pasé el resto del viaje pensando en la escarapela minimalista y sólo llegué a la conclusión de que la moda a veces nos convierte es personas animalistas.

Con perdón de los animales.
Y de la pobre Patria.








martes 7 de julio de 2009

Pandemia emocional




El "cochino" virus se adueñó de todo.
En la televisión sólo hay imágenes de barbijos y estadísticas de infectados y, en los diarios, fotografías en primera plana que retratan la espera de presuntos enfermos en hospitales colapsados.
Nuestra vida cotidiana también se modificó: nos quedamos sin cine y sin teatro, nos volvimos adictos al alcohol en gel y aprendimos a hacer control mental para no largar un estornudo en el subte que nos convierta en receptor de todas las miradas.

Pandemia de N1H1, la nueva gripe que se impone para los próximos tiempos.

Pero hay una epidemia que nos acompaña desde que dejamos la adolescencia e intentamos convertirnos en adultos, que no merece ser contada en los noticieros ni en la cola del supermercado.

Hay cosas que eran y dejaron de ser, que mutaron y devinieron en lo que hoy nos parece normal aunque una parte de nosotros las extrañe con locura.

Crecimos jugando en la vereda y terminamos sintiéndonos seguros con una puerta blindada y un gas paralizante en la cartera.
El mercado que nos fiaba se fundió y la libreta del almacenero es un recuerdo. Ahora llevamos en la billetera diez tarjetas diferentes con descuentos y financiamos la compra de la semana.
El scalextric dio paso a la playstation y el chavo del ocho a los programas de Cris Morena.
La granadina con soda fue víctima del Terma, y la comida casera del delivery de sushi.
Las cartas de amor, de trazo entusiasta y una ilusión apretada en el sobre, perdieron el encanto frente a un mail escrito en arial tamaño doce.
El teléfono público es un objeto de culto y, las llamadas para decir te quiero antes de dormir ahora se abrevian y viajan hechas un jeroglífico vía celular.
Transformamos los rulos naturales en un perfecto lacio, lo crudo en cocido, lo fácil en rebuscado.
Dormimos menos de lo necesario, abrazamos menos que lo indicado y nos olvidamos más que lo recomendado.


Pensamos mil veces antes de decir que sí y, por si acaso, primero decimos no.
Demoramos sin razón lo que es urgente y usamos la rapidez para andar contra un reloj que nos domina.
Entramos sin pedir permiso, nos vamos sin decir perdón.
Herimos como si no importara y lloramos sólo si existe una buena razón que nos diluya el rimmel.

Nos lamentamos cuando ya es tarde, reconocemos el error cuando no tiene arreglo, vomitamos rencores sin sentido y callamos porque es mejor no quedar expuesto.
Escatimamos, negociamos, medimos y mendigamos.
Censuramos, criticamos, señalamos. Detestamos o idolatramos con el mismo afán. No decimos gracias y olvidamos pedir por favor.

Descuidamos los detalles más elementales, olvidamos los códigos básicos, perdemos el sentido de lo que está bien y lo que está mal.
Y nos acostumbramos a la selva, entre tanto león dispuesto a dar el zarpazo, que vivimos alertas al rugido o a la mordida en la mano.Desconfiamos del carnero y de su sombra.


Sabemos que hay una parte de ese hábito que nace de nuestro propio error. Fuimos un engranaje de ese cambio progresivo que reemplazó sexo por amor, exitismo por pasión y vínculos duraderos por touch and go.

Pandemia emocional, sin Tamiflú.
Y un chancho que no tiene la culpa, sino que es nuestra, de aquellos que le damos de comer.


domingo 5 de julio de 2009

Palabras colgadas




A veces cuesta ponerse de acuerdo. Calzarse un segundo los zapatos del otro, abrir la cabeza y el oído y predisponerse al diálogo que construye en lugar de destruir.

Esa fue mi intención cuando empecé a hablar con ella por el MSN. Repetir lo que ya había dicho en su momento, recalcar que mi desilusión viene por el lado de su silencio y esperar a que me dijera simplemente que se había confundido en la forma de manejar las cosas.

La espera fue en vano. No hubo de su parte una autocrítica ni un reconocer que había traspasado una línea de esas que llevan a un lugar del que cuesta volver. Un lugar que deja fisuras difíciles de reparar, sobre todo, cuando se nota que no existe intención de hacerlo.

El diálogo empezó con una frase colgada de mi monitor que me quedó grabada en la retina hasta ahora: "Nosotras somos amigas en desarrollo", entendí con eso, que según sus cálculos éramos algo así como un par de porotos en germinación.

Después, un "no tengo que contarte todo", que me hizo pensar :¡Todo no!¡Sólo lo que me involucra de una u otra manera!

Y hubo más: "Te lo pensaba decir cuando me parezca" ( ¿Cuándo sería eso?) y una suerte de estadísticas que ella hizo sobre cuánto hacía que yo había estado con M, cuántas veces lo había visto y cuán importante era o dejaba de ser en mi historial. Estaba más que claro que ella seguía pensando que mi reclamo venía por el lado de él y no asumía que lo único que yo pretendí todo el tiempo era que ella me dijera la verdad, tal como me había prometido.

Todo me quedó más claro cuando dijo " Y bueno, al principio pensaba como te dije, pero después cambié de opinión. ¿Eso querías escuchar? Te dije que no iba a hablar y ahora hablo, so?"


Y se ofendió, ella.

Porque jamás entendió que para mí nuestra amistad no estaba en desarrollo, porque a una amiga en desarrollo no le confiás las llaves de tu casa ni tus gatos, ni te ocupás por si tiene para comer o no. Y por eso yo la ubiqué en un pedestal del que me cuesta bajarla.

Porque jamás puso voluntad en entender de qué trataba todo esto. Era sólo que dijera le pifié, ¿podemos intentar pegar las piezas?

Porque puso sobre el tapete las cosas que hizo por mí, como si debieran prevalecer sólo sobre mi consciencia, sin entender que si eso no hubiera estado presente en mi memoria no hubiera intentado hablar con ella para reparar las fisuras y la hubiera despachado al olvido sin retorno.

Porque no entiende que me sometió a una dualidad,entre lo que vivimos y pensábamos vivir, y una verdad que está ahí, latente, que ella se preocupó por ocultar.


Mi cabeza es un manojo de preguntas, sin respuesta.
Una pelea interna, conmigo y esa manía desmedida de confiar en la gente.
Una batalla en la que siempre termina ganando esa voz que me recuerda como me cuesta descartar la posibilidad de segundas y terceras oportunidades.

Tal vez algún día pueda aceptar, sin tanta vuelta, que en las cuestiones de dos no alcanza con que uno solo quiera cambiar el rumbo de la historia.