
Hay un sólo motivo que logra mantenerme sin pestañear frente al televisor: el unitario Tratame bien.
Es una joyita de las que no abundan, donde el talentosísimo Julio Chavez le da vida a José, un armenio obsesivo, malhumorado e intolerante, pero de gran corazón, que trata de salvar del derrumbe su matrimonio con Sofía, interpretado por una genial Cecilia Roth.
La historia es una montaña rusa de emociones que tiene como eje del conflicto una crisis de pareja que, a partir de ahí, en una suerte de efecto dominó, comienza a revelar conflictos que estaban ocultos y mentiras silenciadas.
A medida que avanza la historia van saliendo los trapitos al sol. Infidelidades, amantes que demandan, madres ausentes, hijos a la deriva y sesiones de terapia en las que los protagonistas intentan acomodar los pedazos sueltos de sus vidas, ante el reclamo que da nombre a la miniserie: Tratame bien.
Es evidente que si padres e hijos, marido y esposa, hermanos y socios, se hubieran tratado bien, el conflicto hubiera sido menor o hasta quizás podría haberse evitado.
Pero José hace que trascienda la necesidad de ser respetado fuera del núcleo familiar y la lleva a todos los ámbitos: el taxista desfachatado, el vecino crítico, el vendedor deshonesto y el entrevistador que lo interroga para ver si es apto para la búsqueda laboral a la que se presenta.
Por supuesto que, con el carácter de José, no tarda en llegar el reclamo de una mínima cortesía ante ese interlocutor que ofrece un módico sueldo por diez horas de trabajo y que encima se da el lujo de ningunearlo.
Como yo no soy José, hoy soporté estoica una entrevista de trabajo que podría calificarse de olvidable.
Ayer me llamaron para avisarme, con bastante desgano, que me presentara a las diez de la mañana de hoy, para una entrevista para ejecutiva de cuenta de Telefónica de Argentina.
Genial - pensé - empieza a resucitar el mercado laboral.
Y me fui, soportando la mutilación de mis pies en sendos tacos altos y esquivando maletines en el subte, hasta la dirección que me habían dado.
Cuando la recepcionista me abrió la puerta, lo primero que noté es que no había espacio para que yo pudiera ingresar a esa habitación de cuatro metros cuadrados. O la recepcionista se sentaba, o yo permanecía afuera, o dinamitábamos la puerta de acceso.
Al grito de permiso, permiso, y tratando que mi curriculum no se arrugara, logré pertenecer a ese grupo de postulantes encimados como sardinas, y llegué a añorar con toda mi alma la incomodidad del subte, en esa hora veinte que demoraron en llamarme por mi apellido.
Mientras entre todos nos peleábamos por un poco de óxigeno, cogoteando sobre la cabeza del compañero, la entrevistadora, que iba y venía llamándo a la próxima víctima, se atrevío a decir:
- Disculpen que no haya lugar para que esperen cómodos, pero agradezcan que pueden llegar a conseguir trabajo.
Pensé en apuntar directo hacia su nuca, revolearle mi stiletto negro, y con suerte dejarla inconsciente para que aprendiera la lección, pero rápidamente volvió a su madriguera para continuar con las entrevistas.
Miré a mi costado: gente de todas las edades, variedad de vestimentas, aros en alguna nariz o mochilas fluorescentes en lugar de cartera. Raro -pensé - surtida convocatoria.
Llegó mi turno, cuando ya no sabía en que pierna apoyarme o que canción tararear internamente como para amenizar la espera.
Pasá por acá, sentate, sí, me siento, ¿trajiste el curriculum?, acá está, averaver, bueno, es un puesto para ejecutiva de cuenta de Telefónica, ajá, porque está por lanzar una gama de productos nuevos para los comerciantes, ajá, si te interesa tendrías que venir mañana a las diez para que te cuenten en detalle como es el trabajo y te muestren los productos, ¿te interesa?, mirá, me interesaría saber en qué rangos anda la remuneración, ah, esomañanachiquita, claro, me imaginaba, pero al menos me podrás decir si el contrato es con Telefónica ¿no?, no, primero es con una cooperativa de trabajo, y después con nosotros, somos una empresa seria, no de esas que levantan los muebles y desaparecen(?), ¿venís mañana o no?, y bueno...
Salí queriendo patear tachitos por Lavalle, con ganas de llamar al 0-800-entrevistasdignas y de levantar una queja ante el EVES (Ente de víctimas de esta sociedad).
Pero caminé hasta la entrada del subte, recordando a José y su entrevista de trabajo en la ficción, y sentí que no era la única, ni la última. Que por desgracia, ésta era una escena más, de las tantas que se repiten a diario fuera de la ficción.
Cuando bajaba, una viejita de esas que ya no tienen edad, pedía una moneda con una lata que temblequeaba al ritmo de su pulso. Muerta de frío, apenas abrigada y con un gesto de desolación encarnado en su cara agrietada. Le dejé una moneda a cambio de un gracias que resonó en mis oídos durante el viaje de regreso.
Y si estaba mal, me sentí peor.
Hasta agradecí a Dios y todo, por no ser ella, ni aquel, ni ese otro.
Es que de verdad, hay gente para la que ser tratada bien, es sólo una ilusión.













