
Imaginen que abren la puerta del dormitorio y encuentran a su pareja en ropa interior junto a alguien del sexo opuesto.
Listo, ¿lo imaginaron?¿Se ubicaron en el contexto de la situación?
Bien, ahora piensen que una catarata de explicaciones inconexas inundan sus oídos. No es lo que creés, dejame que te explique y bla bla blá.
¿Podrían considerar la opción de que lo que estuvieran viendo en realidad significara otra cosa? ¿Cabría la remota posibilidad de que la escena que tiene todas las características de ser una infidelidad en realidad se tratara de una mala interpretación de ustedes?
Supongo que la respuesta sería un NO rotundo. Dicen que si mueve la cola, ladra y tiene cuatro patas, lo más probable es que sea perro, ¿no?
A eso me refiero con el título de la entrada. Hay imágenes, escenas, situaciones, que no requieren de subtitulado ni explicación. Mucho menos de excusas. Simplemente sobran.
Hace un par de años, en uno de los pocos paseos que compartí con mi papá y su nueva mujer, tuvo el desatino de contarme algo perteneciente a su mundo privado.
Veníamos recordando los años que no habíamos compartido, poniéndonos al tanto de anécdotas y momentos del pasado, cuando dijo, buscando complicidad:
- ¿Te cuento algo que le hice a Leticia?
Leticia es su ex mujer, aquella por la que dejó a mi mamá y con la que tuvo a sus otros tres hijos que serían mis ¿casi hermanos?
- Contame - le dije a la espera de alguna anécdota graciosa, divertida, como las tantas que almacena mi papá en el baúl de la memoria.
- El día que tu hermana estaba por nacer yo estaba de joda en un cabarulo. Me terminé yendo a un "hotel" con una mina de ahí y me olvidé por completo del parto. A la madrugada me llamaron desde la clínica para avisarme que ya había nacido y que era una nena hermosa.
Caí a las doce horas escondido detrás de un enorme ramo de flores que Leticia se ocupó de revolear por la habitación mientras me insultaba de arriba a abajo.
Se río.
Se volvió a reír como si contara algo realmente divertido. Creo que se habrá quedado a la espera de alguna carcajada de mi parte que nunca llegó. Quizás hasta esperaba una ovación de pie.
En su lugar recibió la total desaprobación de mi parte.
- No entiendo como podés reírte de tan patético comportamiento. En realidad no debería sorprenderme nada de vos. Sos capaz de eso y de cosas peores, sin duda.
Ese momento, ese relato que él atesoraba como el recuerdo de su juventud pirata, fue una bisagra en nuestra relación. No había excusa ni atenuante que lo hiciera ver menos monstruoso.
No pude menos que pensar que si eso había hecho con Leticia, otro tanto le había tocado a mi mamá, y sentí una desilusión indeleble que perdura hasta el día de hoy y que por eso la cuento, para sentirme un poco más liviana.
Si mueve la cola, ladra y tiene cuatro patas, es un perro.
Si puede reírse de aquello que debería darle vergüenza, es un mal tipo.
Esa es mi teoría.
Y hablando de mentiras, si quieren leer algo un poco más divertido sobre el tema pueden pasar por acá y ver lo último que escribí.
¡Buena semana para todos!





















