Recent Posts

jueves, 31 de diciembre de 2009

Y que sea lo que sea


Ya se está yendo.
Viene en su lugar un reemplazante.
Un novato al que señalan como un candidato prometedor,
capaz de serrucharle el piso a cualquiera.
Llega apurado porque sabe que lo esperamos ansiosos
en el umbral de la puerta, con los bolsillos llenos
de esperanza y la mirada clavada en la ilusión.
No trae garantías ni avales
pero hay algo en él que nos hace creer que es el indicado,
el que irá a cumplir nuestros propios pactos internos,
el que renovará los plazos para esos cambios postergados
y el que nos indultará por los 12 meses transcurridos
sin gloria (pero con pena).


El nuevo tiene el vigor propio de la juventud,
el ímpetu intacto y el deseo sin corromper.
Considera que es capaz de destruir la monotonía de los lunes
e incrementar la alegría de los viernes.
Insinúa que habrá pocos bancos de niebla en un paisaje
principalmente despejado.
Advierte que los logros no serán gratuitos
y que de un mal trago obtendremos el zumo del aprendizaje
y la satisfacción del intento.
Cree que es de suma importancia estar ávidos y atentos,
dispuestos a que un día cualquiera la felicidad
nos quite la venda
y nos mire a los ojos hasta encandilarnos.


Llega,
extiende su mano en un cálido saludo
y nos regala una frase para tatuar en la memoria,
para recordar en las 8760 horas que empiezan a correr
sin pausa desde mañana:
Es sabido que hay que vivir cada día como si fuera el último.
Lo que nos cuesta entender es que alguno de esos días
será realmente el último.


Así que a recibir este 2010 con la sangre alborotada,
el ánimo a ras del cielo
y la profunda promesa con nosotros mismos
de que no dejaremos pasar las oportunidades
que el año nos regale para ser feliz.


Y después, que sea lo que sea.
O lo que deba ser.



¡Feliz año, adorados amigos del espacio virtual y real!






jueves, 24 de diciembre de 2009

Todo llega







Cantando bajito y con paso lento se fue acercando la Navidad.
Atravesó las hojas del calendario, se paseó por la cuatro estaciones y llegó, algo cansada, pero conservando el mismo espíritu alegre de siempre.

Una Navidad que me obliga a tomar conciencia de que este año duro, cruel y teñido de angustia, se va colgado de alguna bengala hasta perderse entre las luces multicolores.

Acá abajo queda el aprendizaje. Queda la sensación de haber dado batalla a diez meses de incertidumbre, de letargo impuesto por la vida.
Un 2009 que pasa a ocupar un lugar en el cementerio del pasado, enterrado junto a las miserias fortuitas que me tocó vivir y a la gente que hoy ya no tiene ni rostro, ni nombre, ni lugar en mi memoria.

Abajo, en mi pequeño mundo cotidiano, queda una colección de afectos con olor a nuevo y otros tantos añejados por el paso del tiempo que se convierten en reliquias de inmenso valor.
Queda también un lugar de privilegio para mi vocación y otro de estreno para mi nuevo trabajo.

Y por sobre todo queda la esperanza intacta y reluciente de saber que así como llegó la Nochebuena llegará un nuevo año con 365 páginas para colorear.

Todo llega, vale la pena esperar.



Que tengan la mejor de la Navidades y que el 2010 los lleve de paseo por los caminos de la felicidad.


Desde, y con el corazón: ¡Feliz TODO para ustedes!


domingo, 13 de diciembre de 2009

La secreta diversión femenina


El viernes tuve la oportunidad de ir al Night Golf Series que se organizó en el Pilar Golf Club donde hubo un increíble desfile del diseñador Rubén Fernandez. Aquellos que no estaban tan interesados en contemplar la colección y babearse con vestidos inaccesibles podían abalanzarse sobre la abundante parrillada de campo o deleitarse con un espectáculo de malabaristas al aire libre que, por suerte, tenían bastante más talento que los que se paran junto al semáforo.

El evento estaba organizado por Clear que presentaba un nuevo shampoo anticaspa que, además de de las virtudes habituales, tiene la particularidad de dejar el pelo tan brillante como si lo hubiéramos lustrado a mano ( y esto lo afirmo porque ¡es el shampoo que uso!).

Por supuesto que para la ocasión habían contratado a súper modelos, con cabellos tan largos como Rapunzel*, que parecían recién saliditas de la publicidad. Así que nuestros acompañantes masculinos contentísimos con el paisaje que ofrecía, de un lado la pasarela llena de un metro ochenta de torneadas piernas y, del otro, el stand de Clear con promotoras curvilíneas enfundadas en trajecito negro.

Voy a confesar que a partir de que asomara la primera cana y los glúteos comenzaran a respetar al pie de la letra la ley de gravedad, me he sorprendido a mí misma con ganas de hacerle vudú a alguna adolescente en minifalda, con piernas estilizadas y ...¡sin tacos!, o que mi vocecita interior ha pronunciado la frase "como te abollaría con el ciclomotor"ante una de esas mujercitas despampanantes que abofetean nuestra autoestima ( y la dejan chiquita así).

Comprobé que es en esas ocasiones cuando las mujeres más nos divertimos. No podemos resistirnos a un menú que ofrece un lugar súper top, gente famosa, rica comida, hombres al acecho y un montón de mujeres sueltas dispuestas a pavonearse por el salón como perro de raza en exhibición. De pronto, se nos asoman los colmillos, intercambiamos una mirada cómplice con nuestra compañera/compinche del trabajo y la lengua empieza a serpentear entre chimentos y críticas.
Si hacemos un rápido paneo hacia los costados y encontramos otro grupo de mujeres en pleno revoleo de ojos y sutil mano en la boca para impedir que algún astuto interprete lo que dicen sus labios, seguramente estarán haciendo lo mismo que todas: descuartizando sin piedad a la promotora o tejiendo conjeturas sobre "cómo puede ser que ese morocho esté con esa feucha".


Nos divierte criticar despiadadamente a los extraños, suponer sobre su vida privada y condenarlos por cosas que no hicieron ni tal vez hagan jamás. Nos potencia nuestra amiga cuando dice " mirá lo que se puso esa" o "ahí llegó la ex de fulano. ¿Viste?, es mucho más linda que la pareja actual". Somos poseídas por los elfos de las revistas de moda y contagiadas por el bacilo de la frivolidad que nos obliga a desenroscar los pensamientos más crueles y a dejarlos libres sabiendo que nadie nos va a censurar.

Pero el hechizo que nos convirtió en las brujas más malvadas desaparece cuando esa promotora a la que le pusimos botox y le sacamos arrugas a nuestro antojo, y de la que criticamos hasta el color del esmalte de uñas, nos dice: "Chicas, lleven el set de productos nuevos para probar" y nos estira su mano bronceada con una hermosa bolsita llena de envases de shampoo y crema de enjuague mientras nos sonríe. Sí, nos sonríe sin ningún resentimiento porque seguramente se dio cuenta que somos un poco malitas, pero tampoco para tanto.






*Rapunzel es un cuento de hadas de la colección de los hermanos Grimm en el que la protagonista dejó crecer su pelo para que el príncipe pudiera trepar por su extensa trenza hasta llegar a rescatarla de la torre en que estaba encerrada.















miércoles, 9 de diciembre de 2009

SPN (Síndrome pre- navideño)



Las señales son notorias: repulsión a los adornos multicolores en las góndolas de los supermercados, profundas nauseas al ver la hilera de pan dulces exhibidos en la panadería y rechazo absoluto al rojo y al verde. El síndrome pre-navideño llegó y la gente va siendo poseída del virus del villancico.

Ya les conté el fastidio que me generan las Fiestas. Desde que me di cuenta que cada año se achicaba el número de comensales para la Nochebuena, el único agradable momento de la velada era el final, cuando por fin cerraba los ojos para sumergirme en esa dosis de olvido que me regalaba el sueño.
Siempre deseé que los últimos días del año se pasaran rápido, que se fueran con la primera bengala y el corcho reventando contra el árbol. Inevitablemente, siempre la Navidad me ganó el mano a mano.


Hoy, fiel a la tradición aunque a desgano, saqué del fondo del placard el pequeño arbusto que oficia de pino navideño. De tantas mudanzas que sufrió, tiene las ramas peladas y la mitad de adornos. Ni hablar de la estrella que hace tiempo abandonó la cumbre.
Del pesebre sólo queda María con el niñito Jesús y una oveja que, si José no vuelve pronto con víveres, imagino que será carneada para el 25.

Ante semejante panorama y escasez de ornamentos decorativos, me di cuenta que podía optar por darle cuerda al desánimo o cambiar el chip y poner en ON el optimismo.
Así que improvisé un pesebre bizarro reemplazando la figura de José por un muñequito de cotillón y puse un ángel en la punta del árbol. Crucé dos guirnaldas enormes por el living, (rojas y verdes, por supuesto) y puse un Papá Noel medio despeinado en la puerta de casa.

Ya prometí que mañana mismo compro lucecitas blancas para el balcón ...
porque esta puta y bendita Navidad no va a lograr ganarme la pulseada.





Papá Noel: ¡Te gano por knock out!

sábado, 5 de diciembre de 2009

Como trabajar 72 hs por semana sin perder la sonrisa


Como no era suficiente el volumen de trabajo del último tiempo, se sumaron tres enormes eventos: un lanzamiento, un casamiento y un cumpleaños, nada menos que del director de la compañía.
¿ A quién se le ocurre casarse y/o cumplir años en los últimos meses del año sólo para complicarme la vida? ¿¿¿Ehh?? ¿¿¿ A quién???

Hace 20 días que me la paso corriendo de un lado a otro, boqueando como un pescado en la espera de un semáforo en rojo mientras miro el reloj que me clava las agujas en medio de la frente al grito de ¡tarde!
Llego a la oficina, después de haber hecho una larga fila en el Pago Fácil para abonar las facturas personales de mi jefe, después de haber ajustado los detalles del catering para lamegafiestadecumpleañosdelpresidentedelacompañía, después de haberme peleado por conseguir un taxi en pleno diluvio para comprar 250 perchas que decorarán el guardarropas (ya que con el calor que hace a nadie se le va a ocurrir colgar ni un mísero chaleco), después de ocuparme de comprarle una tarta en "ese lugar donde las hacen ricas y que sólo puede ser de zapallitos o atún y que debe estar lista para cuando llegue"), después de guiarlo por celular durante 35 minutos para que pueda salir de la ruta 202 y dirigirse al Tigre sin tener que pedir al 911 que vayan a rescatarlo porque "se perdió" (?), después de atender 23 veces el portero eléctrico porque a un adolescente que adolece de neuronas se le ocurrió divertirse jugando al ring-raje con el timbre del 6to B, después de enviar las invitaciones (250) por mail, de haber revisado la agenda del día y sentir que se me anudan las tripas al ver todo lo que me queda por hacer, de decidir si es mejor poner velas blancas con flores rojas o una mezcla de piedras y hojas verdes como decoración "zen", de aclarar que la torta tenga mucha, pero mucha crema porque de lo contrario rodarán cabezas y de ingeniarme para comer a las cuatro de la tarde una hoja de lechuga, medio tomate cortado a los apurones y un tercio de pechuga de pollo sin calentar, sentada frente al monitor, mientras con el hombro sostengo el teléfono y confirmo con el disc- jockey que no se le ocurra pasar reggaeton...llega mi jefe a la oficina, me mira y me dice:

- ¿Sabés qué? Prefiría que comieras antes de que yo llegue...


Hice un silencio. Juro que me dio miedo que de tanto que gritaba mi vocecita interior profiriendo insultos pudiera escucharme.
Solté el tenedor, tomé un trago de agua para que pudiera bajar la insípida lechuga y le dije:

- Si querés me inyecto suero, así ni siquiera me levanto de la silla.


Claro que como se lo dije con una enorme sonrisa todavía cree que soy feliz.



( Y sí, la verdad es que a pesar de todo lo soy)

lunes, 30 de noviembre de 2009

Insomnio


Hay noches como esta en que el tiempo se detiene y noviembre se hace eterno...
Es entonces cuando me arranco del pecho el ramillete de jazmines que cultivé en tu espera y afilo las tijeras para recortarte de ese espacio que dejé para vos.

Me concentro en esa rara sensación que me regala tu ausencia mientras pinto con crayones tu bendita presencia.
Doy vuelta las páginas de una novela de amor en busca de alguna receta infalible para solitarios corazones. Me impregno de letras ajenas, de finales felices que robo a escondidas y los hago míos al menos por un rato.

Te hablo sin que me oigas ni puedas responderme.
Te susurro desde ese lugar desconocido al que llamamos alma y tarareo canciones que viajen con el viento.
Me emborracho con la idea de enamorarme de vos. Sólo de vos. Y brindo en el aire por los dos.


Descubrí que por quererte estoy condenada a desvelarme cada madrugada y a tejer ilusiones que vuelvo a destejer cuando amanece. Que también soy capaz de borrar las huellas de los amores que no fueron para que cuando llegues me imagines sin pasado. Que puedo construir un puente que te acerque para que ya no tengas excusas para no verme.

Conservo intacta la esperanza y, por si venís, coloreo mis mejillas frente al espejo y adorno con flores mi pelo. Sacudo mis penas, plancho desengaños y remiendo los vestidos cargados de adioses. Tramo un lazo de resistentes hilos que te anude a mi cuerpo y una declaración de amor que fulmine tus dudas. Elijo la ropa que pienso que va a gustarte y me sonrojo al pensar que tal vez prefieras mi desnudez.


Sólo por si venís es que hago que valga la pena pasar las hojas del almanaque en medio de la monotonía de los días. Porque tal vez, cuando estés de pie frente a mi puerta, comprenda que cada segundo de este maldito insomnio valieron la pena.


miércoles, 25 de noviembre de 2009

Declaración de amor



Mi vida se vio alterada estos últimos días y sólo hay un culpable.

Duermo poco, me despierto sobresaltada por las noches y tengo que camuflar mis ojeras por la mañana. Tengo el pulso más acelerado que lo normal, me volví monotemática y no tengo tiempo disponible para otra cosa que no sea ÉL.
Ya no puedo concentrarme en un buen libro porque mi mente se dispersa, los gatos comen cuando tengo tiempo para alimentarlos y mis amigas me recuerdan a través de una foto que inmortaliza el último encuentro.

Él me absorbe y me demanda.
Si no estoy a su lado enloquece y se transforma en un pequeño ser desorientado que no sabe qué hacer ante mi ausencia. Me llama cien veces veces por día y a cualquier hora, y se enoja ferozmente si demoro en atender su llamada.
Ha llegado a privarme del almuerzo con tal de que permanezca sentada a su lado y me ha gritado como un chico encaprichado desde la puerta del baño para pedirme que salga.
Es incapaz de hacer algo sin mi ayuda (lo que incluye sugerirle la ropa por la mañana, el menú para el almuerzo y la dosis que debe tomar de su medicación ).

Cuando reclama mi presencia, su impaciencia es tal que me obliga a correr a su encuentro dejando un estela de humo blanco tras mis pasos como si fuera el mismísimo Correcaminos.
Estoy agotada. Su dependencia me asfixia.

Añoro esa media hora que dura un baño de inmersión y ese tiempito para pintarme y despintarme las uñas al ritmo de alguna canción.
Reclamo poder cocinar la carne que tirita en la soledad del freezer y de esas naranjas que esperan en vano que alguien las exprima.
Pido que el Mago de los Cucús le agregue un pájaro vago a mi reloj que le regale algunos minutitos de yapa a mi día como para fumar un cigarrillo descalza en el balcón, sin hacer nada.
Anhelo que Él pueda superar su Blondoadicción y me permita recuperar esa porción de mi vida que estoy viendo pasar por el costado.



Él, no es otro que mi jefe.
Él, ayer me dejo salir dos horas antes por un trámite personal, (después de acumular 4 horas extras por día...)
Él, me llamó mientras yo estaba haciendo mi trámite para decirme: " No puedo estar sin vos, estoy perdido, te necesito conmigo." (esto es literal)


Lo que a simple vista parece una declaración de amor no es más que una condena que se traduce a : nuncamastedejoirantes, olvidatedetomartevacacionesydetenerunavidafueradeestaoficina.


Definitivamente, hay amores que matan.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Todo gracias a que tengo un blog



El día en que decidí abrir un blog sentí que estaba frente a un montón de hojas en blanco en las que podía hacer catarsis. Omití pensar en que hubiera un par de ojos al otro lado del monitor dispuestos a leer lo que yo escribiera y me senté a "vomitar" presente y pasado sin camuflar defectos ni agigantar virtudes. Sin filtro.

Descubrí que cada letra que colgaba en este lugar me alivianaba, aunque el costo de sentirme más ligera fuera proporcional al grado de exposición al que me sometía.
Tener un blog era algo así como andar desnuda en mi propia casa hasta descubrir unos prismáticos apuntándome desde la casa de enfrente que me obligaban a esconderme detrás de la cortina.
Con el paso del tiempo, a mi casita virtual comenzaron a llegar visitas. Tomamos café, nos contamos anécdotas y compartimos experiencias que nos acercaban aún sin conocernos.
Ser blogger tenía una ventaja inusual, una yapa, un plus. Uno podía conocer nuevos amigos sin que importara que vivieran lejos o cerca, que fueran altos o bajos, adolescentes o entrados en años. La apariencia quedaba de lado y prevalecía lo que uno era y transmitía a través de un puñado de letras.

Así fue como a lo largo de este año y medio, y de las casi 600 entradas, coseché grandes (enormes) amigos y amigas, a los que tuve la suerte de conocer personalmente y darles un abrazo. Entre ellos, se encuentran dos amigas internacionales que pisaron suelo argentino la semana pasada, las queridas Lata y Krisna. Desde México y Chile llegaron dispuestas a que las llevara de paseo los días que estuvieran de visita. Fui turista en mi propia tierra durante una semana. Me agoté de tanto caminar por culpa de esos recorridos interminables que se me ocurrió diseñar para que aprovecharan el tiempo al máximo. San Telmo, Recoleta, Puerto Madero, Palermo y muchos museos, fueron testigos de nuestro encuentro blogger y de una amistad sin fronteras que seguirá a través de mails hasta que podamos volver a vernos.

Hoy, agradezco el día que decidí sentarme frente al monitor con la idea de contar parte de mi vida, porque, sin saberlo, estaba contribuyendo a que esa misma historia se llenara de nuevos personajes.

A todos los que tuve ( y tengo) la suerte de conocer: Gracias.

A todos los que están por llegar: Bienvenidos.

A vos: no tardes.

Kris, Mafalda y Lata, en San Telmo




domingo, 8 de noviembre de 2009

Piropos



En el piso de abajo vive un soltero de unos cuarenta años (que no me atrae ni un poquitito "así", aclaro).
En medio de mi crisis de los meses pasados, varias veces me lo crucé en el supermercado de la esquina mientras yo paseaba mi depresiva humanidad enfundada en calzas desteñidas y pelo recogido con mínimo esmero. Así y todo, cada vez que nos encontrábamos frente a la góndola de los productos de limpieza, me saludaba muy sonriente.

En una oportunidad, el encuentro se produjo en el sector de fiambrería:

- ¿Qué vas a cocinar hoy? - me preguntó rompiendo el hielo.

- Hmm - dudé- tenía pensado hacer una pizza pero la panadería de al lado debe estar cerrando y no voy a llegar a comprar la masa. Supongo que tendré que improvisar algo con el queso.

Se rió y fue hacia la caja para pagar sus compras. A los dos minutos, mientras yo hacía la fila para abonar lo mío, lo vi entrar, agitado:

- Apurate - me dijo -, le dije a la panadera que te espere y que te vaya envolviendo una prepizza.


Me sorprendió tanta amabilidad, pero supuse que era normal entre buenos vecinos.


El jueves amanecí con un excesivo buen humor. No sé si por causa de ese veranito anticipado o porque de a ratos la felicidad se convierte en mi mejor amiga pero tuve ganas de arreglarme un poco más que lo usual. Pelo extremadamente lacio, ropa clara y una sonrisa indeleble. Así salí.
Al abrir la puerta de calle me encontré con mi vecino que, sorprendido de verme fuera del atuendo de jogging y remera tres talles más grandes, exclamó:

- Uopa, uopa...¡pero qué mona!

Dije un tímido gracias frente a la curiosidad de Elvira, la portera, que con un ojo vigilaba el balde y con el otro registraba la escena.

Mi vecino dio dos pasos y volvió:

- En serio - pausa- que estás muy linda.


Caminé a la estación pensando en lo bien que nos hacen los elogios. Esa pequeña palabrita que puede modificarnos el ánimo, acariciar nuestra autoestima, recordarnos que el esfuerzo - mucho o poco - valió la pena.
En mi caso, el esfuerzo significó atravesar nueve meses de abandono, de desinterés total hacia ese mundo que latía del otro lado de mis paredes llenas de angustia y desilusión.

El pequeño piropo matutino fue una bienvenida a ese lugar del que me había alejado. Fue volver a conectarme con mi parte perdida, aquella que todavía puede conquistar un halago e irradiar un poquito de esa luz que sigue encendida en mi interior.

Aún cuando todo parezca estar en la más negra oscuridad.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Entre pinzas y ruleros



Hace poco conté que además de mi trabajo de lunes a viernes (con el que estoy completamente feliz), había conseguido uno para los fines de semana como encargada de una peluquería. Si bien no me apasionaba la idea (¿a quién podría apasionarle estar detrás de la caja cobrando brushings y tinturas?), me servía para hacer unos pesos extras.

Así que dediqué cinco horas de un martes a la "capacitación" en la que la encargada de turno me mostró donde se guardaba el shampoo, me explicó los atributos de las distintas ampollas capilares y me presentó al personal.

El sábado siguiente, a las 9 de la mañana y bajo un sol enorme, me ubiqué en mi nuevo puesto de trabajo.
En las doce horas de jornada (sí, doce), vi pasar todo tipo de especímenes por el salón y presencié los siguientes diálogos:


peluquera1: ¿Se va a lavar, señora?

señora de barrio, desaliñada: No, ya me lo lavé el lunes.



depiladora: ¿Qué te vas a hacer?

hombre de unos 30 años (metrosexual): Depilación completa.



Me pasé el día contemplando la escena de una interminable película clase B. Hombres que pedían servicio de manicuría, la quinceañera reclamando que le echaran spray con brillitos por todo el pelo, las tres amigas que cayeron a último momento para que les plancharan el pelo antes de irse a bailar a la matineé.

Entre medio, serví café a los que esperaban para ser atendidos, barrí pelos de todos los colores para que no se amontonaran a los pies de la gente, cobré, tomé turnos, expliqué las bondades de un shampoo carísimo y comí un sandwich sentada en la escalera en los cinco minutos que tuve disponibles.

Al llegar la noche, mientras agarraba mis cosas para irme a casa, dormir y volver al día siguiente, reclamé la plata de la jornada.


- Ah, esperá que consulto con la dueña- me respondió la encargada "oficial" mientras la llamaba por el handy.

Pero la dueña quiso hablar conmigo.

dueña: Mirá, esta jornada de hoy era de capacitación, así que no corresponde que te pague nada.

blonda: ¿¿¿ Queeeeeé???

dueña: Recién el fin de semana que viene vas a tener el conocimiento general del negocio como para que deba hacerse efectivo el pago.

blonda: Ajá, ¿vos me querés decir que las cinco horas del martes, más las doce de hoy, son una contribución que yo debo hacer para la fundación de ruleros que vos manejás?

dueña: No, no, creo que es lo justo.

blonda: Mirá, querida, acá lo único justo es que al trabajador se le pague por su trabajo. Creo que teniendo tres peluquerías deberías saberlo bien. Además, hablamos miles de veces por teléfono para acordar el pago, así que, en todo caso, bien podrías haberme dicho que debía regalarte un sábado de sol y yo tenía la opción de decidir si aceptar o no.

dueña: Bueno, si querés te pago la mitad.

blonda: ¿Por qué debería aceptar que me pagues la mitad si yo trabajé un día entero?

dueña: ...

blonda: Hagamos una cosa, pagame lo que me corresponde o andá llamando a la policía para que me saquen de este "sucucho"por la fuerza.


A los cinco minutos, la encargada me estaba pagando lo que me correspondía más la comisión por haber vendido dos productos para cabellos teñidos.

La encargada me abrió la puerta, me sonrió y me dijo: Hasta mañana.


Pero jamás volví.



martes, 27 de octubre de 2009

Bocanada de amor


Son épocas. Momentos en que uno se sienta a contemplar lo que dejó el vendaval y se entretiene juntando las partes de ese todo que supimos ser.
Y de pronto nos vemos modificados, frente a ese espejo imaginario que nos regala el paso del tiempo y en el que nos obliga a mirarnos de vez en cuando para que podamos maquillarnos las ganas y retocar los errores.


Otra vez volvió el apetito, el deseo irremediable de enamorarme, de abandonar la entrañable soledad que me acurrucó en el invierno y de la que me hice tan amiga que me cuesta abadonarla.

Ando necesitando esos abrazos que trituran los huesos y las penas de la jornada con igual intensidad, que devuelven la sonrisa perdida en un vagón de subte, que sacuden el cansancio de los lunes.


Estuve planchando las viejas arrugas del corazón y mintiéndole al óido, prometiéndole que el próximo que llegara se ocuparía de regarle las arterias para que nunca más tuviera que pasar por la sala de terapia intensiva. Le dije, además, que volvería a latir lleno de asombro frente a un ramo de jazmines, un par de velas encendidas o un beso robado bajo el sol de verano.

No sabe si creerme. Supongo que a esta altura entiende que no puedo garantizarle cuidados de un tercero y que a veces con mi sola voluntad no alcanza.

Calculo que apenas lo vea llegar cambiará de idea, se volverá confiado y vulnerable, como siempre, y que rezará cuando yo no lo vea, pidiéndole a su propio Dios que aquél que vino quiera quedarse, que yo no lo eche, que nadie se canse.


Deben ser los primeros acordes del verano los que me provocan esta sensación de andar extrañando ese ascensor que sube y baja por el estómago ante la mera presencia de alguien amado.
Tal vez sea la calma de mi propio mar, antes revuelto, la que me permite mirar otra vez más allá de mis pupilas empañadas.
Quizás sólo se trate de unas ganas locas de lanzarme por ese tobogán de sensaciones que sólo genera el amor.

Hoy extraño ese mordizco en el aire plagado de magia , esa bocanada de amor que colma el espíritu y llena los pulmones de esperanza .

Hoy añoro esa presencia de alguien que aún no conozco, pero que sin embargo me suena tan familiar...

jueves, 22 de octubre de 2009

Ocupas de la felicidad ajena



El ocupa de felicidades ajenas es un microbio con forma de ser humano que busca apoderarse de los umbrales para ir ganando territorio en el interior de nuestro mundo de cuatro paredes sin vista al mar.
Son seres que pueden esconderse en nuestro círculo cercano, en nuestra propia familia o detrás de un monitor. Seres anónimos o con DNI que, cansados de su propio fracaso, buscan inmiscuirse en nuestra zona para despilfarrar el resentimiento que llevan dentro.

Si atravesamos una mala época, se regocijan y muestran los dientes en una amplia sonrisa.
Si logramos asomar la cabeza otra vez, encuentran un motivo para intentar derribar nuestra pequeña conquista.

Personas de sangre verde, teñida de ira, que buscan atentar contra cualquiera con la simple intención de menguar su propio descontento.
Amebas. Escoria contaminante de nuestras alegrías. Sicarios verbales que creen que con sus palabras pueden degradarnos y volvernos vulnerables.


Ocupas de vidas ajenas que prefieren apoyar su frente en la ventana del vecino en lugar de contemplar sus propias miserias.
Críticos de estirpe, incapaces de tolerar un juicio sobre su propio comportamiento, pero portadores de un dedo acusador con el que condenan de igual forma nuestro éxito y nuestro fracaso.

Parásitos atestados de rencor. Caldo de cultivo para sus propios desechos que se multiplicarán por millones y se irán colando por debajo de la puerta de sus vecinos.
Obreros de la maldad que caminan con un soplete en la mano en busca del momento oportuno para quemar nuestra piel.


Ocupas.
Gente sin propósitos, privados de la capacidad de ver en el otro a alguien que no es necesariamente un blanco para sus dardos llenos de veneno.
Agricultores de huertas ajenas, cansados de contemplar el desierto que los rodea...



Por suerte, también existe mucha gente de la buena, como el querido Etienne, quien en su fugaz paso por Buenos Aires se tomó un taxi desde al aeropuerto hasta mi oficina para que pudiéramos conocernos en ese tiempito entre las conexiones de los vuelos.
¡Gracias Etienne y hasta la próxima! =)

sábado, 17 de octubre de 2009

Crónicas de oficina



La imagen que elegí no es exagerada. Si alguien hubiera inventado un inodoro portátil para oficinistas sin tiempo que perder hubiera sido un éxito, y yo la primera en comprar uno.

Tengo horario de ingreso, pero no de egreso. El horario de almuerzo no existe y lo máximo que pruebo es una taza de café, casi fría.

¿Si me quejo? No, para nada.
Soy feliz. Adoro mi trabajo, a mi jefe y a mis dos compañeros.

Mi jefe ( a quien paso a llamar J) es una persona sumamente obsesiva, despistada y desorganizada. En consecuencia, yo hago casi todo por él, hasta recordarle que compre una exprimidora o que vaya al dentista.
J vive acelerado y por ósmosis, yo también. Pero las corridas de estos quince días representaron que el lunes cayera a mi escritorio con un paquetito.

- Esto es para vos, porque estoy sumamente conforme con tu trabajo - me dijo.

Dentro de la bolsa naranja, un hermoso celular al que todavía no pude ponerle crédito pero que lo uso para musicalizar mis días.

Ya tuve la suerte, en algunos casos, de ver a personajes de la farándula o de hablar por teléfono con otros. Algunos amables, otros subidos a la cima de la fama desde la que no pueden mirar a alguien que no esté a su altura, algunos que llegaron en un estado mezcla de alcohol y estupefacientes en pleno mediodía...
Una variedad de lo más exótica que me hace pensar en lo ajeno que me resulta ese submundo de gente tibia y altiva.

Ya dije que estoy feliz. Lo repito.
Estoy contenta y agradecida. Hago lo que me gusta, con gente que valora mi trabajo, mis ideas y mis ganas.

Y hablando de ideas ya está en elaboración la nota para la revista, que será una mezcla de cine con viajes, dos cosas que particularmente me gustan.
Cuando esté publicada les paso el link para que puedan leerla en la web.


De paso aprovecho el post para pedir disculpas por no estar visitando los blogs, pero llego tarde, muerta de hambre y sueño en iguales proporciones. Cuando me acostumbre al nuevo ritmo, prometo ponerme al día.

Y gracias Willow por acordarte de mí al momento de recomendar a alguien para este trabajo. No hay un solo día en que no venga a mi mente un GRACIAS gigante, por devolverme la sonrisa.


Feliz día para mañana a todas las que son madres, a las que van camino a serlo y a las que aún no saben que lo son.





martes, 6 de octubre de 2009

Maradona por un rato


Mucho antes de ser Maradona fue un pibe de barrio peloteando en un potrero con una sola cosa en su cabeza: jugar al fútbol.
En una cancha con arco improvisado, que se embarraba cuando llovía, Diego hacía lo que sabía y lo que lo gustaba.
Tal vez ese día de diciembre en que se probó en Cebollitas, allá por el año 70 ni siquiera se atrevió a imaginar que alguna vez las voces de un estadio corearían su nombre.
Pero siguió el rumbo que le marcaba su pasión y un día debutó en primera y fue el primer paso en la escalera a la gloria.


Maradona no había ido a la facultad para estudiar la técnica de la gambeta, ni como hacerle un gol inolvidable a los ingleses. Él se guió por su deseo y la devoción por la pelota. Y eso le bastó para seguir...hasta llegar.


Los que me conocen saben que existe una única pasión que late en mi cuerpo con más fuerza que el propio corazón. Podrán decir que no miento cuando digo que si no escribo me falta todo, que pierde sentido lo que veo, escucho y siento si no tengo un papel a mano donde contarlo.
Hace algunos meses decidí que quería tomarme el asunto un poco más en serio y me choqué con una triste realidad. No era fácil que alguien del medio dedicara tiempo a leer algo escrito desde la propia motivación si faltaba el título de periodista. A mi me faltaba. No soy periodista, yo sólo escribo porque me nace y porque no encuentro algo que defina mejor mi vocación.
Pero eso no alcanzaba, al menos para algunos.

Insistí, una y otra vez. Golpeé una puerta, dos y tres.
Y por fin hoy me abrieron.


Alguien detrás de un escritorio me dijo:

- Me encantó tu material, podés empezar a publicar tus notas para la edición de diciembre.

Esa persona era el editor de una revista a quien le envié lo que yo, sin ser periodista, escribo. Esa persona hoy me dio la oportunidad que esperaba, la de ver mis letras impresas en un papel brillante, con olor a tinta y rodeadas de fotos que yo misma elija. Mi nombre al costado de un texto que hable de esos lugares del mundo que quiero conocer y que llegará a las manos de gente con ganas de viajar a través de mis palabras.
Esa persona hoy me dio un motivo gigante para descorchar el champagne que hace casi dos años se enfría en la heladera a la espera de una razón que merezca un festejo.


Después de haber pasado largos meses de color gris, esta tarde la felicidad me chocó de frente y sin aviso.
Tengo el alma abierta a la mitad, desbordando de alegría. Mi mente está ocupada con una sola idea, la de agradecer infinitamente a Dios, a la vida, al destino o a quien haya sido el culpable de devolverme la alegría y de que, al menos por un rato, me sienta un poquito Maradona.






jueves, 1 de octubre de 2009

La dulce espera


Hace nueve meses que me quedé sin trabajo.
Nueve lunas a las que vi desde la ventana del living sólo los días en que el humor me lo permitió.
Doscientos setenta días en los que muchas veces tuve ganas de rendirme y otros tantos en que me enojé conmigo por sentirme vencida.

Nueve meses que fueron gestando el embrión de mi nuevo yo:Una persona que quiere guardar en la memoria el recuerdo de cada momento en que me sentí avergonzada ante un mundo que no entendía que mi billetera estuviera vacía mientras usaba ropa de marca y botas de cuero, ni que por las noches soñara que comía chocolate y tomaba gaseosa como en los viejos tiempos.
Una persona que cambió las prioridades y que reubicó los afectos imprescindibles de su vida para también descartar los que sólo demostraron ser capaces de generar una enorme ausencia en un espacio necesitado de presencias.
Alguien con el espíritu renovado y la esperanza intacta, con la fe más ferviente que nunca, que cree en los milagros de la vida y en los pequeños/grandes gestos de la gente.


Una metamorfosis necesaria para transformar los brazos en remos y las lágrimas en energía.
Dulce ( y larga) espera, para dar a luz a una nueva oportunidad, que comenzó ayer, cuando por fin pude parir a esta nueva empleada en la que de pronto me convertí.

Gracias a que Willowcita se acordó de mí cuando se enteró que había una vacante en una empresa, hoy tengo trabajo.
Y además, no es un trabajo cualquiera. Es un trabajo en una agencia de Relaciones Públicas (¡oh, casualidad, lo que yo estudié!), en un lugar increíble y con gente genial.
¿Podía pedir algo más? Ah, sí sí, podía. Un segundo trabajo que conseguí como encargada de un salón de belleza para los días domingos y feriados.
¿ Y algo más? Sí, claro, que cuando llamé al banco para decirles que había pensado en vender el departamento para cancelar la hipoteca, aunque eso significara achicarme a un monoambiente, el oficial de Casa Matriz me respondiera: " Tranquila, que como fuiste empleada, tu caso ni siquiera pasó a legales. Apenas resuelvas qué hacer avisanos, que en todo caso vemos de refinanciar la deuda en cuotas súper accesibles."

Así que después de la mala racha con que empecé el 2009, y que fue el preludio de una seguidilla de desaciertos y de desconciertos, la rama se endereza lentamente para poder acercarse otra vez al sol.

Recuperé la dignidad que da el levantarse cada mañana para ir a trabajar y no me quejo ni del subte atestado de gente, ni del frío, ni de la suela gastada de mis zapatos.

Poco a poco, este año "para el olvido" se ira convirtiendo en la fotografía de un tiempo que siempre deberé recordar.
Y en el fondo terminaré agradeciendo este desafío del que pude aprender que siempre, mientras exista esperanza, se puede volver a empezar.




Gracias a todos los que me saludaron por mi cumpleaños y a los que siempre estuvieron del otro lado para contenerme y darme aliento.
Y a mis amigas DEL ALMA.
Con todos ustedes, y con ellas, hago un nuevo brindis virtual. ¡Salú!



Este es mi nuevo lugar de trabajo :)

viernes, 25 de septiembre de 2009

36 deseos y un festejo


Treinta y seis años.
Treinta y seis velitas imaginarias que me permito soplar para pedir mis deseos:

1- Que pueda mantener mi capacidad de tolerar lo que a veces parece intolerable.
2- Que la flexibilidad para entender las acciones más hirientes de la gente me siga acompañando.
3- Que la vida me siga prestando las tijeras para cortar los hilos de las máscaras que muchos utilizan y así poder develar el verdadero rostro de algunas personas de sonrisa traicionera.
4- Que los amores que aparezcan prosperen y que, si no lo hacen, al menos no se roben lo que me queda de lágrimas y se conviertan en una grato recuerdo.
5- Que me sobren letras y me falten penas.
6- Que se hagan carne los remos de estos últimos meses y me permitan llegar siempre a la orilla.
7- Que encuentre la forma de agradecer el afecto y el apoyo incondicional de los amigos de siempre y de aquella gente sin rostro que supo darme aliento en los peores momentos.
8- Que pueda conservar la paz interior que logré alcanzar este último mes.
9- Que pueda descubrir la fórmula para prolongar los momentos de felicidad.
10-Que lo efímero se convierta en duradero, lo incierto en probable y lo idílico en realidad concreta.
11- Que los próximos meses puedan compensar la balanza del primer semestre.
12- Que lo aprendido me sirva para reescribir mi manual de uso personal.
13- Que el sexto sentido no me abandone.
14- Que las canas vayan acompañadas de madurez.
15- Que el mal trigo permanezca lejos de mi pequeño campito.
16- Que pueda erradicar los "por qué" que rondan la imagen de mi viejo.
17- Que encuentre la forma de decirle gracias a mi vieja.
18- Que asimile que los padres siempre serán imperfectos porque son humanos.
19- Que pueda digerir las desilusiones con un té de esperanza.
20- Que las heridas propias se hagan cáscara y dejen una pequeña marca que se llame experiencia.
21- Que siempre haya una voz necesitando mi oído y una mano dispuesta a darme una palmadita en el hombro.
22- Que al cerrar los ojos pueda evocar canciones y paisajes transitados.
23- Que nadie pueda robarme nunca la capacidad de creer que mañana puede ser mejor.
24- Que los afectos que me rodean no sean estacionales.
25- Que la frivolidad y la envidia me sean palabras ajenas.
26- Que mi espíritu sea siempre nómade y mis pies fieles a su tierra.
27- Que los atardeceres, las notas de un piano y los finales felices me sigan emocionando.
28- Que el futuro me devuelva la posibilidad de sonreír en medio de la rutina laboral.
29- Que de ser posible, el trabajo se convierta en pasión y la pasión en trabajo.
30- Que la lluvia me moje la cara pero no destiña mi alma.
31- Que pueda distinguir que aquello que a veces se asemeja al desierto no es más que el camino al oasis.
32- Que pueda prescindir de muchas cosas, pero jamás del amor.
33- Que deba negociar otras tantas, pero jamás la libertad.
34- Que siempre me acompañen un buen libro, una buena película y un amigo con quien comentarlos.
35- Que la imaginación nunca se quede en pausa, ni la voz muda.
36- Que pueda seguir aprendiendo de lo bueno, desechando lo malo y recordando lo vivido.


Soplo las velitas y hago un brindis a través del monitor con esos amigos que me regaló este blog.
Con ustedes comparto mis deseos y la profunda satisfacción de saber que de los peores momentos es posible levantarse. Aún cuando todo parezca estar en nuestra contra y debamos pelear contra los molinos de viento, siempre hay un motivo que nos impulsa a seguir sin perder la capacidad de sonreír.



Gracias a mis amigas de fierro - y del alma - que organizaron una cena para esta noche.
Por estar SIEMPRE y por tener la suerte de querernos TANTO.




martes, 22 de septiembre de 2009

Con una flor en el ojal



Llegó la primavera.
Tiempo de ir despidiéndonos de los abrigos hasta el próximo año y de dejar al descubierto los hombros blancos y los cuerpos saturados de calorías acumuladas durante la época invernal.

Hora de soltarse el pelo y salir al encuentro de ese amor que prometió nacer en Octubre.
Parados en una esquina, deshojando una margarita, esperaremos que el romance se ocupe de reconocernos y que no le importe nuestra palidez ni los pies cansados de tanto transitar estaciones acumulando desengaños.

Cuando el reloj marque el final de nuestra tolerancia y una nueva hoja del almanaque pase veloz por nuestro costado, renovaremos la ilusión llegando enero y su sol de verano.
Culparemos al mar por no habernos regalado una compañía para la noches de calor y porque no podremos estrenar el vestido que compramos para arrancarle suspiros a ese desconocido que de tanto imaginar ya conocemos.

Cuántas primaveras y veranos pasamos enhebrando ilusiones y descosiendo fracasos.
Cuántos amores habrán quedado debajo de un jacarandá apenas florecido y se habrán congelado con la escarcha de julio sin que pudiéramos darnos cuenta.


Saltamos de querer en querer, dejando atrás una hilera de nombres con gusto a recuerdo, reemplazando al ideal por el posible, al infalible por el más humano.
Aprendemos a menguar la ansiedad y a convencernos de que todavía podemos enamorarnos.
Que no hay dos sin tres, ni veinte sin veintiuno. Que en algún lado está, preguntándose si demoraremos mucho en maquillarnos y salir a su encuentro, esperando en una esquina de la vida, con una flor en el ojal.


Ojalá sea en primavera.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Cara de libro




Sigo sin entender al "cara de libro", feisbuc para los amigos.
Maldita creación para algunos, bendición para otros a los que les permitió reencontrarse con el amiguito de cuando era boy scout o descubrir que el ex novio está soltero otra vez y anda a la pesca.

Todo lo que se cruce por nuestra cabeza ya tiene un grupo creado al que uno puede adherirse como socio vitalicio con solo hacer un click: "Amamos caminar por la vereda de la sombra", "Nos gustan los petisos", "Mi celular se quedó sin batería" u "Odio tener que depilarme", son algunos de los millones de clanes a los que uno puede pertenecer.

Ni hablar de los que abusan de la función que nos regala el avance de la tecnología y que se la pasan actualizando el estado desde su celular para comentarnos el minuto a minuto de su vida al mejor estilo "Gran Hermano": "Mi jefe no llegó así que me voy a fumar un pucho", " Está por llover", "Me cayeron mal las milanesas", " Me voy corriendo al supermercado y de ahí a pilates".
Con una mano en el corazón, ¿a quién le importa lo que está haciendo una persona a la que tal vez solo conocemos por la foto que puso en el perfil? Ah, claro, es que son "amigos", porque parece que la amistad de feisbuc es una amistad distinta a la que estamos acostumbrados. Ser amigo en el cara de libro es poner un "me gusta" a cada cosa que el otro dijo o hizo y después salir a robarle contactos para sumar a los propios y tener más amigos que Roberto Carlos.

Pero si hay algo que me pone loca es ver la cantidad de tests ideados por cualquiera con veinte minutos de ocio en su vida, llenos de faltas de ortografía, que preguntan desde el color preferido hasta con qué arma serías capaz de matar a un delincuente, para entregar como resultado que tu vocación oculta es la Ingeniería Agrónoma.

Si alguien anda necesitando saber que opinan Susana Gimenez, Sócrates o Ernesto Sábato, no tienen más que fijarse en la aplicación correspondiente que ellos enseguida les dirán una frase oportuna para cada momento de la vida (?).

A la hora de saber el futuro, nada de ir a consultar a una tarotista o tirarse las runas. Para qué si existe feisbuc. Con solo abrir una empanada, una galletita de la fortuna o la bola adivinadora, nuestro porvenir quedará en evidencia ante nuestros ojos y el de todos los contactos que gustosos leerán: "Dejá de comer que se acerca el verano" o " Sólo te busca para usarte, gil".

¿Quieren saber que raza de perro serían, qué heroína de comic hubieran sido o qué parte de la vaca es la que mejor se identifica con ustedes? ¡Feisbuc!
¿Les interesa plantar naranjos y radichetas en una huerta, manejar un restaurante o alimentar y vestir a una mascota como el antiguo Tamagotchi? ¡Feisbuc!

Es lindo poder subir un video, una imagen que nos gusta y queremos compartirla o simplemente hablar con amigos, ¿pero hay necesidad de mandar setenta y dos mates virtuales, veinte bolas de nieve y cuarenta y tres daiquiris?

Antes, cuando conocíamos a alguien, le pedíamos el teléfono particular. Después fue el tiempo del ICQ y el celular hasta que llegó el Messenger y su fastidioso zumbido. Ahora la primera pregunta es ¿tenés feisbuc?, para salir corriendo a revisar las fotos subidas y curiosear quien le escribe en el muro y quien no.


Supongo que la privacidad, en los tiempos modernos, se habrá ido al arcón de los recuerdos junto con las cartas de puño y letra llenas de estampillas...








domingo, 13 de septiembre de 2009

F5



Tengo el dedo índice inservible, a punto de ser enyesado.

Hace más o menos dos meses que espero respuestas vía mail sobre posibles trabajos, lo que me convirtió en una devota de la tecla F5.
Como una autómata refresco la página de mi correo al menos una vez cada diez minutos, con la esperanza de que el nuevo mail que aparezca en la bandeja de entrada no lleve en su asunto la leyenda " Nuevos cursos de bonsai " o " Completá tus datos y ganá una semana en Las Toninas".

Es difícil moderar la ansiedad y adaptarse a los tiempos de esos señores y señoras que tienen una sobrecargada jornada laboral, que sentados detrás de un escritorio chequean su cuenta bancaria on line, mientras toman un café entre reunión y reunión y que demoran dos semanas en contestarle unas líneas a esta desocupada que muere de ganas de trabajar.
Ya no pido que digan SI, tan sólo rezo para que contesten y terminen con la agonía de la incertidumbre.

Descubrí que una buena receta contra la ansiedad y la compulsión de apretar F5 es dormir. Entonces me paso las madrugadas desvelada - hora en que nadie en su sano juicio va a contestar un mail relevante - y me acuesto con el canto de los pájaros y el ruido de los vecinos baldeando la vereda. Cuando me levanto, renuevo las esperanzas de que exista una respuesta, de que alguien, desde una oficina del microcentro, se haya acordado de mí. Desayuno una nueva desilusión frente a la pantalla y ceno sin ganas lo poco que hay en la heladera.

En esas largas noches de silencio y desgano, rezo para que la buena racha reconozca el camino a mi casa y que esos hombres y mujeres que me deben una respuesta tengan un momento de lucidez que les permita recordar que existe una palabra en desuso llamada respeto.

Lo pido con esperanza y con el poquito de fuerza que me queda.

lunes, 7 de septiembre de 2009

El loquito del Tiramisú (versión reloaded)


Hace unos seis años, en la época en que frecuentaba algunos portales de encuentros, descubrí lo que parecía ser un pez gordo que asomaba dispuesto a morder el anzuelo. El apodo que él usaba era Kubrick, por lo que sospeché que debía tener un excelente gusto en materia de cine. Su nombre real era Sebastián. Treinta y un años, vivía solo, más allá de una gatita de cuatro meses que había recogido de la calle. Trabajaba en su propia empresa junto a su mamá y su tía. Parecía dulce, hogareño, de hábitos tranquilos y con ganas de enamorarse.

Entusiasmada me detuve para ver su foto. No había. En su lugar, una de su gata, la que era reemplazada de vez en cuando por una de "La naranja mecánica". A modo casi de juego, le pedí que me diera una pista de cómo era físicamente:

- Pelo lacio, castaño, ojos marrones, estatura media - escribió.

- ¿Pero eso no me dice mucho? ¿A quién te pareces? Uno siempre tiene un estilo similar al de alguien conocido – sugerí.

- A Antonio Birabent – respondió.

Si había algún famoso argentino que me pareciera atractivo, ese era Antonio Birabent. Un motivo más para que Sebastián me generara entusiasmo.

Me encantaba escribirme con él. Me contaba anécdotas de su familia, de su infancia y hasta compartía detalles cotidianos, como la descripción de su trabajo o de su departamento. Dos ambientes en color celeste, marcos de puertas y ventanas en violeta, un sillón verde en el living y un inmenso espejo en la pared principal. Un excéntrico o un daltónico –pensé.

Una cosa llevó a la otra y finalmente se animó a pedirme el número de mi celular.

Desde ese momento, los mensajes de texto se hicieron habituales, hasta llegar a saturar la memoria del pobre teléfono. Cuando tuvo el de mi casa, me llamaba por las noches y llegábamos a hablar durante tres horas, mientras yo lo imaginaba sentado en su exótico living, con su parecido a Birabent, tomando una cerveza junto a su gata.

Era un delirio sentir atracción por un desconocido, pero sin embargo eso era lo que él me producía.

Estuvimos hablando por teléfono y enviándonos mensajes de texto durante una semana, hasta que propuso que nos viéramos el domingo.

- ¿Querés traer el postre y yo cocino? – sugirió.

- Yo pensé que nos íbamos a encontrar en algún bar – dije, convencida de que no era buena idea aceptar ir a la casa de un desconocido.

- Con la gente y el ruido de un bar no creo que podamos estar cómodos – dijo intentando convencerme – Cocino algo rico, escuchamos música. ¿Qué te parece?

- Bueno, yo preparo un tiramisú. ¿A qué hora voy? – pregunté.

- A las nueve estaría bien – contestó.

- Buenísimo – dije sin creer que la idea fuera del todo buena.


A la noche, en lugar de salir, me dispuse a preparar el postre para que estuviera bien frío para el día siguiente. Antes de acostarme, y de puro precavida, busqué en la guía de calles la dirección de su casa. Cuando la encontré me di cuenta que quedaba demasiado lejos y que la zona era poco recomendable.

Con esa mezcla de expectativa y duda, me dormí.

Los preparativos comenzaron a las seis de la tarde. Baño de crema, esmalte en uñas de pies y manos, bucles bien modelados, ropa adecuada. El tiramisú había quedado igual que en los libros de Maru Botana. Sólo faltaba que me pusiera en camino.

Después de treinta y cinco pesos de taxi y media hora de recorrido, llegué a destino con un imperceptible temblequeo producto de la ansiedad.

- Bajo a abrirte – contestó apenas toqué timbre.

El temblor de mis manos se había incrementado considerablemente poniendo en riesgo la integridad del postre. Vi la luz del ascensor que indicaba su recorrido descendente por los pisos. Tercero, segundo, primero, planta baja.

El tiempo pareció detenerse en el instante previo a que abriera la puerta. Imaginé a Sebastián saliendo del ascensor, nuestras miradas cruzándose a lo lejos y el amor flotando en el aire como en las películas. Finalmente la puerta se abrió y pude ver como el príncipe azul se convertía en el sapo más horrible. Tan espantoso, que no me hubiera atrevido a besarlo ni aunque viniera con la garantía escrita de que el batracio se convertiría en Brad Pitt.

Tenía el pelo oscuro, largo por la cintura, atado en una colita que disimulaba una semana sin ser lavado. Llevaba puesto un jean y una remera azul marino con manchas que, imaginé, serían un recuerdo del tuco del mediodía en familia. Lo único normal eran sus zapatillas negras.

Lo primero que pensé fue quién podía haberle dicho que se parecía a Birabent y la demanda que el actor le hubiera iniciado de llegar a enterarse de semejante burla. Hubiera querido revolear el tiramisú y salir corriendo en sentido contrario al tránsito, sin mirar atrás para no descubrir que me seguía. Pero ahí me quedé, parada sin decir nada, como muerta.

Me dio asco cuando acercó su mejilla para saludarme y me mostró los dientes en una efusiva sonrisa. Intenté disimular mi desagrado lo más que pude, pero era notorio que él percibía mi descontento.

Hubiera podido mentirle, decirle que yo esperaba a una amiga del segundo piso, pero recordé que él había visto varias fotos mías y no me quedó otra alternativa que devolverle el saludo.

Sentí una inmensa desilusión y me compadecí de mi propia ingenuidad por haber creído que alguien podía ser sincero detrás de un monitor. Todos mis castillos de arena habían sido arrastrados por un violento tsunami en menos de diez minutos.

Subimos casi sin hablarnos. Volví a abrir la boca cuando ingresamos a su departamento y descubrí que de vanguardista no tenía ni la ve corta. Las paredes eran grises, con los marcos en un tristísimo marrón. El espejo que cubría la pared principal del living, no era moderno, salvo que la rajadura que lo atravesaba en la mitad se considerara arte contemporáneo. El sillón era de pana verde oscuro y, por algunos sectores, se escapaba parte del relleno. Sentí nauseas. Caminé hacia la cocina para apoyar el postre sobre la mesada, simplemente con la intención de hacer algo que llenara el vacío del silencio.

- Lo guardo en la heladera hasta después de cenar – dijo a mis espaldas.

- No me siento muy bien, no voy a comer – mentí. Lo que en realidad tenía era miedo de que quisiera envenenarme como Yiya Murano.

- Pero estuve cocinando para vos – agregó apenado.

- Bueno, lo guardás en un recipiente para comer mañana.- dije

Entendí que mi comentario no le había resultado agradable cuando dejó de sonreír y vi como tiraba el tiramisú al basura.

- Si no hay cena, no hay postre - dijo con cara de pocos amigos.

- Es que me siento mal. Necesitaría tomar algún remedio para el estómago – dije mordiendo mi labio inferior, simulando malestar.

- ¿Justo ahora te sentís mal? Hubiéramos cambiado de día si estabas así – dijo molesto.

Hizo silencio unos minutos en los que su rostro se fue transformando en cámara lenta. No había rastro de sonrisas ni de amabilidad de anfitrión. Así que decidí alejarme de su presencia y me senté en el living, junto a una mesa de vidrio, tan fea como todo el resto.

-¿No era que no veías la hora de conocerme? Acá estoy, pero ni me mirás - dijo perdiendo la paciencia.

- Es que me siento mal – repetí por tercera vez en la noche.

- Escuchame, nena dijo enojado, logrando que el “nena” sonara realmente mal- ¿Te creíste que soy tarado?

- No, para nada – murmuré.

-¿Te pensás que no me doy cuenta que sos igual a todas? – subía el tono al llegar a la última palabra.

Cuando dijo esto me detuve a imaginar cuántas otras habrían caído en el cuento de Birabent con departamento extravagante y se habrían ido si cenar.

-¿Sabés qué? – dijo gritando como un loco - ¡Sos una mentirosa! ¡Eso es lo que sos!

- No digas eso, sólo me siento mal – intenté convencerlo.

- ¡Basta de mentirme! – seguía gritando mientras caminaba en dirección a la puerta de entrada, echaba llave y la guardaba en el bolsillo trasero de su pantalón. - Esta no te la vas a llevar de arriba.

Por primera vez en la noche, pasé de sentir rechazo a sentir miedo. La situación comenzaba a escaparse de mis manos y sólo tenía dos opciones posibles. La primera era tratar de convencerlo, a base de mentiras, de que yo no le estaba haciendo una broma y que mi dolor estomacal me impedía disfrutar de su grata compañía. La segunda era pedir auxilio.

Me acordé de pronto que Sebastián era un desconocido, que podía encontrarme frente a un psicópata o un asesino serial. Que tal vez en un descuido de mi parte él podía acercarse con un cuchillo de cocina, seccionarme en partes y convertirme en alimento balanceado para su gata. Sólo con suerte, yo podía llegar a defenderme clavándole un taco en la mancha de tuco.
Recordé las historias de Perry Mason y lo único que se me ocurrió fue colocar mis manos sobre el cristal de la mesa, intentando presionar con fuerza para que mis huellas digitales quedaran impresas. Pensé que en caso de terminar descuartizada o irreconocible, la policía podría determinar mi identidad gracias al método. Así que apoyé mis dedos, uno por uno, como si estuviera realizando el trámite del DNI, mientras él continuaba gritando, cada vez con mayor intensidad.


- ¡Sos una basura! ¡La más porquería de todas!


Afuera todo era silencio. Ni un solo vecino que se animara a tocar timbre motivado por los gritos y los golpes de puño contra las paredes.


-¡Ojalá te mueras, basura! – gritó


Ya no hablaba, ni me movía. Apenas si me animaba a respirar.
Sebastián continuaba golpeando con furia lo que encontraba a su paso, sin dejar de insultarme.

- Pedime un taxi por favor – mi frase sonó rara en medio de la escena.

- ¿Qué te pida un taxi? Vos no te vas a ningún lado, ¿escuchaste? – dijo clavándome la mirada Esta no te la vas a llevar de arriba.

- No seas tonto, no me siento bien. Pedime un taxi por favor – insistí.

- ¿Además de idiota me viste cara de mayordomo? – preguntó. Podría haberle dicho que le había visto cara de cualquier cosa menos de Birabent, pero preferí callarme y rogar que me pidiera un taxi que me sacara de ahí.

Hablaba solo, gritaba, pateaba los muebles. Iba y venía del sillón hacia la puerta de entrada.

Mezclaba insultos hacia mí con otros tantos hacia la computadora que le había hecho conocerme. Yo rezaba. Supe que mis plegarias habían causado efecto cuando lo vi colocar la llave en la cerradura.

- ¿Querías irte? Tenés la puerta abierta, basura – dijo.

Mis piernas no corrían lo suficientemente rápido como hubiera querido. Sebastián seguía gritando aún en el pasillo, mientras esperábamos que llegara el ascensor. Apenas subimos trabó la puerta con tanta violencia que me obligó a cerrar instintivamente los ojos a la espera de un golpe en la cara que afortunadamente nunca llegó. Ya en la planta baja me hizo señas de que caminara hacia la salida.

- ¡Andate de una vez!

El golpe de la puerta al cerrarse fue lo último que oí antes de pisar la calle apenas iluminada. Huí como un prófugo en plena noche, ansiosa de llegar a una avenida que me permitiera tomar un taxi que me devolviera a la tranquilidad de mi casa, de la que no debí haber salido.

Sentada en el asiento trasero de un viejo Peugeot, lo maldije por los setenta pesos de taxi y el tiramisú que me hubiera servido para pegarme un atracón de esos que curan algunas desilusiones.

Esta historia, en una versión más corta, la había contado al principio del blog. Decidí volver a postearla cuando la semana pasada llegaron dos mails a mi casilla, de dos chicas diferentes, que habían decidido consultarme por este loquito después de haber encontrado mi blog al googlear "Kubrick". A una de ellas recién está intentando conquistarla. A la otra, ya empezó a amenazarla. Así que de algún modo espero que mi relato sirva para que nadie más tenga que pasar por la misma situación que yo y que estén alertas a la hora de conocer a alguien virtualmente. Por más que lo cuente con algo de humor, no es nada gracioso sentirse acosada por un extraño.

¡Buena semana para todos y disculpen mi ausencia por sus blogs! (ya me estoy poniendo al día)