Recent Posts

Mostrando entradas con la etiqueta mamá Blonda. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta mamá Blonda. Mostrar todas las entradas

domingo, 17 de octubre de 2010

Mamás y mamitas


Quiero improvisar un pequeño homenaje a las madres en su día.

A la de la foto, que no es otra que la mía. La que fue, es y será una mamá enorme. La que supo ser siempre un poco padre, un poco médica y un poco ángel guardián.
La que está disponible a toda hora, cualquier día. La que muchas veces me enoja. A la que por momentos no entiendo pero acepto. La que me cuestiona, me corrige, me advierte, y siempre me perdona. A la que indudablemente adoro.

A las madres que adoptaron el hijo de una mujer que no supo o no pudo ser mamá.

A las que aún no son madres y pretenden serlo algún día.

A las mujeres en general, por desplegar ese instinto maternal con las amigas, los novios, los maridos.

A mis amigas de la vida real que tienen hijos a los que amo por ser una hermosa prolongación de ellas mismas.

Y en especial, a mi amiga del alma.
Por esa panza de cuatro meses que es el mayor logro de su vida.
Por ese hijo que nacerá en verano y que la colmará de plenitud.
Por la alegría que explotó en llanto cuando me regaló la noticia.
Por contagiarme la misma felicidad que ella siente, cada día.


A todas las mamás, las presentes, las ausentes, las futuras: ¡Feliz día!
Y a la mía: Gracias, por ayudarme a llegar hasta acá.

viernes, 9 de abril de 2010

Robin Hood



Desde el lunes que estoy en cama con lo que empezó siendo una gripe y terminó convirtiéndose en una espantosa bronquitis.
Esa situación, que en otras épocas hubiera significado una semana de reposo con el aparejado alquiler de varias películas que mataran el tiempo, se convirtió en una puerta hacia el espacio desconocido ( pero sí sospechado o intuido).

Me encontré de pronto ante la confirmación de los hechos que salieron a la luz todos juntos y se pavonearon frente a mis ojos pidiendo que les prestara debida atención:

1 - Estaba en negro y en consecuencia sin una obra social que me permitiera llamar a un médico para una visita domiciliaria. Así que tuve que vestirme y salir con fiebre en busca de un hospital público, no sólo para que me diagnostiquen sino para que me dieran un certificado médico... Imposible. Un cartel que colgaba junto al letrero de GUARDIA, advertía que no se entregaban certificados de esa índole sin excepción. Esto último escrito en negrita, lo que me hizo imaginar a otros tantos como yo implorándole al médico de turno para que escribiera, en un recetario auspiciado por un antireumático, la cantidad de días de reposo que correspondían según el cuadro, para no perder el trabajo...en el que también estarían en negro!
Así que me volví a mi casa, silbando bajito y tosiendo fuerte, a revolver toda internet en busca de algún médico particular que cobrara "poquito". Pero los médicos no cobran poquito, salvo unos que se anuncian en una página con un celular que no se sabe si son médicos o maestros pizzeros desocupados, a quienes se supone que uno debería permitir el acceso a su casa y a su cuerpito para ser revisada.
Finalmente, la empresa ofreció pagarme por un médico como la gente que "me recetara algo bien fuerte que me devolviera a la oficina al día siguiente" (textuales palabras de mijefequenopuedevivirsinmi).

2 - Durante los días de licencia por enfermedad se supone que uno debe dedicarse a guardar reposo para mejorarse. No fue mi caso. Lo único que guardé fueron los 37 mails que me mandó en su correspondiente carpeta. Cada mail indicaba al menos cinco tareas que, entre otras cosas, representaban llamados a celular desde la línea de mi casa (que él no paga), expresaban órdenes al estilo: Comunicate ya mismo con Mengano, o manifestaban una emergencia de índole: "¿dónde hay más sobres blancos?".
Lo más indignante fue una llamada matutina que se produjo en el día de hoy en la que me sentenciaba a la hoguera por olvidarme de incluir en su agenda que hoy había un gil que tocaba el bongó en Palermo (por así decir). Ante mi aclaración de que era el primer olvido que tenía en siete meses, me respondió con algo de lo que mi mente sólo registró un " falta de voluntad".
De más está aclararles que esas tres palabritas hicieron que la línea de mercurio del termómetro se reventara en el auricular del teléfono y que yo le vomitara a través del cable una docena de cosas que tenía anidadas en el esófago.
Para una empleada que atendió sus llamados en la mesa navideña, que hizo trabajo los domingos sin cobrar una hora extra, que cumplió rol de secretaria, mano derecha (e izquierda), diseñadora, contadora,organizadora de eventos, redactora, sirve café y pasa plumero, lo más doloroso es que alguien use el término: falta de voluntad.

3- Ante mi reclamo, acordó que respetaría mi horario y una serie de bla blás. Pero a las 21.30 hs un mail de tres carillas llegó a mi correo con trabajo para hacer (en mi licencia por enfermedad), lo que me obligó a refregar mis dos ojos al mismo tiempo para comprobar si lo que veía era producto de un repentino estrabismo.
Al llegar al final del mail remataba su texto con una advertencia de que no volviera a equivocarme y un saludo final que decía: Espero que te haya quedado claro.

Cuando le conté esta serie de episodios desafortunados a mamá Blonda me dijo:

- Tenés que entender que no sos Robin Hood. La gente no va a cambiar en la forma de tratar al prójimo porque vos vayas por la vida con el arco y la flecha impartiendo justicia. El mundo es así. Todo está al revés y no podés corregirlo.


De la sumatoria de 1, 2 y 3 , sólo me queda un triple cero ( y unas ganas así de grandes de cortarlo en rebanadas y freezarlo para hacer milanesas).
De la atinada comparación con Robin Hood sólo me queda reconocer que es cierta y que por eso disfruto cuando , cada tanto, me encuentro con gente que no me obliga a medir mi puntería con la flecha...

En consecuencia ( y añadido a otras circunstancias personales que no voy a enumerar hoy), siento que estoy de pie frente a la línea que divide este momento de saturación y queja, de un rotundo cambio.
Una metamorfosis que intentó completarse en el 2009 y que sin duda se dará este año.

Vuelvo a confirmar que la vida siempre se encarga de devolvernos al lugar del que no debíamos habernos apartado nunca. A veces no utiliza métodos tradicionales, otros lo hace de manera cruel y dejándonos con apenas un hilo de aliento para seguir caminando, pero siempre se ocupa de que retomemos el rumbo que nos conduce a la felicidad y a esa sensación de panza llena que se palpa cuando uno se atreve a correr el riesgo para alcanzar la meta.

Como esta versión clase B de Robin Hood ( que vengo a ser yo), se cansó de quejarse y de aguantar en proporciones iguales, está desenfundando la flecha y midiendo la distancia del próximo disparo.

Y espera dar en el blanco.


domingo, 31 de enero de 2010

Madre hay una sola



Muy pocas veces hablé de mi mamá en el blog. Probablemente porque para hablar de ella necesitaría un espacio aparte.
Mamá Blonda es la fusión de la típica madre orquesta y la "mamma" de las viejas películas italianas (fiel a sus orígenes). De esas que saben coser, bordar, cocinar todo casero y lavar la ropa a mano.
Siempre trabajó para que me faltara lo menos posible y, en medio de su jornada laboral, se hacía tiempo para llamarme tres o cuatro veces para saber si había comido, si estaba haciendo la tarea o si necesitaba algo. Desempeñó el rol de madre y padre a la perfección y, como pudo, trató de cubrir todos los baches que la ausencia paterna dejaba en mi camino.

Cuando crecí, conservó su manía. Me demostró que además de ser de azúcar es de fierro. Que puedo llamarla aunque sean las 4 de la mañana por una pena del corazón y que, aún dormida, siempre va a consolarme. Es capaz de recorrer cien farmacias en plena noche para calmarme un dolor o de ayudarme como un peón en mi adicción a las mudanzas.
Ella siempre está disponible para mí. Siempre. No existe un "no puedo" o un "más tarde", como si en el manual de madre con el que ella estudió fuera motivo de aplazo el no dedicarse 100% a su hija.

Claro que tanta protección fue motivo de discordia ( y de terapia). ¿Qué necesidad había de recordarme cada noche que llevara un saquito por si refrescaba o de murmurar un "no vuelvas tarde" aún sabiendo que no iba a respetarlo? Sin dudas eso también estaba escrito en el manual.


El viernes pasado, en plena sensación térmica de treinta y siete grados, Mamá Blonda llegó a su casa después de 8 horas de trabajo y, cuando fue a encender el aire acondicionado, explotó.
Desesperada (porque si hay algo para lo que ella no escatima es para la exageración), me llamó para contarme la tragedia que estaba viviendo. Yo, transpirando en medio de un vagón sin aire del ferrocarril Mitre, traté de calmarla y de darle una solución que, al mismo tiempo que la sugería, se convertía en un problema para mí.

- Venite a casa, ma - le dije, rescatándola del calvario.

Y vino. Hecha una furia, insultando a San Pedro, al fabricante del aire acondicionado y al arquitecto al que no se le ocurrió diseñar que hubiera más ventanas en su casa.

Yo, repasando mentalmente la infinidad de favores que me hizo en su vida y tratando de ser una hija civilizada y cordial, arrastré un colchón hasta el living, le preparé la cama, le serví su bebida favorita y le pregunté si quería comer algo.

- Con tantos nervios ni hambre tengo.

- ¿Nerviosa por qué? Ya estás acá, con el aire acondicionado y en camisón. Dejame que te cocine algo.

- Nah, nah, dejá.

- Te preparo algo igual, livianito, dale.

Después de comer un sandwich de pollo a desgano, le pregunté si quería ver una película.
Como la debilidad por el cine es un bien de familia, accedió sin dudar demasiado.
Así que la dejé viendo una comedia en el living y me fui a dormir a mi cuarto con el ventilador.

A las tres horas, cuando yo estaba plácidamente dormida, entró hecha una loca a mi cuarto. Por la forma en que hablaba me imaginé que una dotación de bomberos estaría trepando por el balcón para rescatarnos del incendio o que estaríamos siendo invadidos por seres de otra galaxia con antenas verdes y todo.
Cuando logré entreabrir un ojo la vi junto a la puerta, vestida y con la cartera colgando de su hombro.

- ¿Qué pasa, te sentís mal? ¿Para que te vestiste? - le pregunté.

- Es que no sabés, me puse a escuchar la radio portátil que traje en la cartera(?) y enganché justo el noticiero que decía que en Temperley ya estaban cayendo piedras.

- Ajá, pero vos no vivís en Temperley, ma.

- No, claro, pero de Temperley a Devoto...¿cuánto puede tardar?

- Ni idea.

- Bueno, por eso, me voy a casa antes de que se largue la tormenta.

- Pero quedate acá.

- No, no, es que dejé el toldo de la terraza un poco bajo y no me quedo tranquila si no lo levanto.

- ...


Y se fue.
Vi desde el balcón como arrancaba el auto en medio de un viento fuerte que empezaba a levantarse. Me quedé contemplando un rato la nada y pensando que a sus recién cumplidos 67 años, con sus mañas, con sus obsesiones y su propensión a lo fatídico, realmente voy a extrañarla el día que no esté.

Madre hay una sola.
La mía vale por tres y ojalá nunca tuviera que faltarme.