
Hoy se festeja el día del soltero.
Como para ganarle la pulseada a Cupido, los que andamos sin compañía quisimos anticiparnos a la celebración de San Valentín y priorizarnos al menos en el calendario.
Y digo "al menos", porque no logramos imponernos en cuestiones de marketing. Hay tarjetas cursis y emotivas en las librerías, hay promociones de cenas con violines o escapadas a lugares ultra romanticones, bombones en forma de corazones y ramos de flores dispuestos en llamativos envoltorios rojos. Pero no hay descuentos en packs de champagne con una sola copa como para brindar por andar suelto, ni carteles en la vía pública que nos feliciten por no tener pareja.
Es difícil pensar que una imprenta pueda invertir en diseñar tarjetas para autoregalarse que digan algo así como " Con amor para mí, de yo misma".
Definitivamente, el amor está sobrevaluado.
O mal entendido.
O mal aplicado.
Cinco años atrás, si alguien me hubiera pedido una definición del amor, hubiera respondido con alguna frase melosa, bastante lacrimógena y que me remontara a los cuentos de hadas de finales felices.
Mi concepción del amor sufrió grandes mutaciones y alguna que otra amputación.
Recorté las enormes expectativas que colgaban de cada encuentro con un posible consorte. Me atreví a verlos como probables lacayos, sin que mi mente les añadiera atributos por el mero hecho de querer soñar.
Entendí que no hay sapos ni príncipes. Que lo que en realidad existe es una innumerable variedad de hombres que hacen lo posible por estar a la altura de las circunstancias. Algunos lo logran, otros no.
Me volvi realista.
Tomar contacto con la realidad puede ser todo un hallazgo que te obligue golpearte la cabeza con el puño y preguntarte: ¿por qué no me di cuenta antes?
Claras señales que pasé por alto y que derivaron en una desilusión.
Mensajes que no quise descifrar porque era menos arriesgado sostener que soltar, y volver a estar sola. Como si la soledad fuera un monstruo maloliente con ganas de acecharme en cada esquina y me conviertiera en un avioncito de papel sin rumbo, vulnerable y frágil.
Hoy creo en un amor que proporcione cerebro y corazón.
Que no se lance al vacío sin red. Que no enarbole la bandera "del amor todo lo puede". Que no proyecte con un otro lo que el otro ni siquiera se detuvo a pensar.
Tomo las promesas de eternidad como una declaración del momento, con altas probabilidades de que duren mucho menos que lo que proponen.
Descreo del amor a primera vista porque es imposible conocer al alguien al primer pestañeo.
Desarrollé el olfato y el séptimo sentido, y puedo arriesgar (con altas probabilidades de acierto), el futuro de una incipiente relación de la gente que me rodea.
No soy pitonisa, pero me volví sensata, y eso me da la posibilidad de ver los errores que mil veces cometí en mi propia vida amorosa ...pero en el amor ajeno.
Para disgusto de algunas amigas, soy la que debería decir: "Yo te avisé", pero prefiere callarse y dejar que a ellas les llegue el tiempo de aceptar la soltería y la saludable soledad, y el aprendizaje que viene por añadidura.
Las cuestiones del amor son simples y complejas al mismo tiempo. De igual manera que pueden serlo las partes componentes de la relación.
Simple es el hecho de mirar lo que está sobre la mesa. No hay demasiada vuelta que darle a un vínculo en la que una es la parte activa que tira del carro y el otro sólo se deja llevar. No hay fórmula secreta por descifrar cuando el silencio se adueña de los espacios en que deberían brotar las palabras. Ni demasiado que conjeturar ante aquél que pide un tiempo como si el romance se tratara de un partido de basquet o se pudiera pausar y dar
play a su antojo.
Complejo es encontrar aquél que no emita señales que nos inviten a irnos antes que se produzca el sismo. Aquél que encastre como la última pieza del rompecabezas. El que tenga ganas y no miedo, el que comparta la idea de que el amor es un divino complemento y no una habitación sin ventanas condenada a asfixiarnos.
Hoy festejo el día de los que están solos y felices. De los que no consumen pañuelitos descartables al por mayor, ni se desgarran el alma escuchando a Sabina. De aquellos que no están pendientes de un llamado, ni postergan su vida a la espera de que un fulano o fulana regrese al umbral pidiendo perdón.
Creo entonces en la flecha de Cupido que, con suerte, nos atraviese a los dos al únisono y nos permita aportar algo nuevo y bueno a nuestras vidas.
Y en el mientras tanto, me permito tamizar lo probable de lo imposible y estar cada día más convencida de que el sufrimiento no tiene nada que ver con el amor.
¡Flechame!, pero sólo si estás dispuesto a que nos hagamos bien.